La semilla del fracaso

Por Christian Echeverría

Hace aproximadamente un mes tomé la decisión de buscar mi porvenir en la Ciudad de Quetzaltenango. Una ciudad masónica. Hecha por y para el espíritu humano. Un intento de avanzada. Una piedra virtuosa, patricia, honesta y guatemalteca de civilización. Una aspiración de triunfo de la vida sobre la muerte y de cultura sobre barbarie. Uno de esos campos de batalla de las guerras donde se disputa el destino de una nación. Una batalla bien librada en la historia que está allí; inconclusa, perenne y paciente; esperando a que los quetzaltecos decidan asumirla de nuevo. Esperando a ser vista otra vez.

En los últimos días; camino entonces por sus calles de piedra, donde la vida es más lenta y barata. Por trabajo. Por algún nuevo amor. Por una nueva profesión, por nuevos amigos. Sin nada que dejar atrás; porque todo aquí, en la Ciudad de Guatemala; lo perdí ya. Voy por una vida nueva y buscando una patria.

Primero en un banco como vendedor. Luego como mesero en dos lujosos restaurantes. Uno de ellos, propiedad de un amigo de un amigo extranjero. Después, como reportero en un medio corporativo y luego como dependiente de librero. Cualquier cosa puede ser el porvenir. Como estudiante de una maestría en política y comunicación donde me busco matricular. Así me pierdo y me pierden entre mercados, callejuelas, transpirando ante el sol. Movilizándome en microbuses chiquitos que se escabullen por el entramado del pueblo y algunos bolsones urbanos. En Xela, el tiempo parece mi amigo. Llegué a parar a una casa rural convertida en pensión, donde convergemos unas cuantas personas interesantes: un amigo fotógrafo uruguayo de alta moda, buscándose negocios en Mesoamérica. Una amiga chapina maestra de inglés y mujer total. Una ingeniera gringa y su compatriota librero; y un viejo perro castrado, dócil, callejero de aliento podrido. Todos, compartimos techo, excusado, pan, luz e internet. Pero también fracasos, desamores, amor, soledad, estupidez, compulsión de poder y neurosis; en una pensión donde los fines de semana huele a cualquier clase de ardid pequeño-burgués, pero que los lunes en la mañana queda vacía temprano, porque todos sus ocupantes salimos a buscarnos el pan a Quetzaltenango. Somos viejos y jovencitos, y todos nos conocimos por facebook. Sin dudas que esto es la Nueva Era en los términos más concretos.

Pero todo el palabrerío anterior es en realidad una aspiración burguesa. Mea culpa. ¿Cómo estas luchas heroicas por el amor y el porvenir se traducen en un país esencialmente campesino como Guatemala? ¿Qué le sucede al campesino en la ciudad cuando es empujado allí desde el campo arrebatado? ¿Qué destino tiene el corazón de la mujer chapina teniéndonos a nosotros sus hombres compatriotas como torpes compañeros? ¿Cómo es que este pueblo ha aprendido a fracasar y a sentirse menos que el extranjero? ¿Será nuestro destino manifiesto? Las charlas y los ardides en esta pensión son infinitos gracias a Dios.

La psicología por ejemplo; la profesión que me prometió tanto en la Ciudad; resultó ser una señora burguesa, fuera de lugar en un feudo campesino como este. Por eso la psicología y el psicólogo están destinados al fracaso, porque el alma campesina no puede psicoanalizarse pues es demasiado simple: su felicidad depende de obtener más dinerito para comprarse otras cinco gallinitas, y su tragedia consiste en que las gallinitas se le salgan del corral o que el vecino campesino le corra el cerco (metáfora para el amor, la sociedad y la vida etc.). Sólo el burgués necesita ir al psicólogo, porque sólo el burgués es autocrítico y puede distinguirse a sí mismo de la realidad.

Por otro lado, las mujeres; o el matrimonio que me prometió tanto en la Ciudad; sumidas la mayoría en pequeños dramas semi-urbanos: una autoestima destruida sistemáticamente por el patriarcado colonial y una co-dependencia fomentada por nuestra inseguridad de machos. Porque no sabemos tocarlas. Porque los campesinos no saben hablar ni coger, según me dice mi amigo fotógrafo se le han quejado sus amantes chapinas. Que el campesino no tiene alma y por lo tanto nada que compartir. Solo despotismo y un único lenguaje de servidumbre y subalteridad hacia su compañera. Que por esto el fracaso de los matrimonios es inminente. Porque en el inconsciente de nuestras mujeres, les hemos inyectado esa semilla de la infelicidad. De la vejación. Del no querer ni creer que se tiene derecho a ser feliz. De allí la vocación de la mayoría de ellas a buscar un mercenario como pareja o un infante dependiente. Nunca un igual. Así es la mujer campesina. Ese es su drama.

Entonces, evidenciados algunos retos existenciales burgueses para el hombre y la mujer de Guatemala al emigrar a una nueva ciudad dentro de su patria o al buscarse una nueva vida: reemplazar la sumisión por la rebeldía como actitud básica ante la vida y la depredación por la ética en las relaciones humanas; la primera línea de resistencia tiene que ser arrancarnos del corazón, la mente y el inconsciente la semilla del fracaso maldito.

Artículo publicado anteriormente en Radio Ati.

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