Guatemala y Honduras: ¿bantustanes para ricos?

José Steinsleger /I
Con mirada retronostálgica, aún es posible caminar por el centro de ciudad de México y los barrios “con historia” de Buenos Aires, Quito, Montevideo, La Paz, Río de Janeiro. En cambio, los de Lima, Bogotá, Santiago, Panamá, Caracas, apenas conservan vestigios de añejas lozanías urbanas.

Tampoco hay que idealizar, pues las “encantadoras” ciudades coloniales, virreinales y republicanas de América Latina trasuntan la historia de sus clases dominantes. En la primera mitad del siglo pasado, los urbanistas ya bosquejaban sus proyectos en función de la imparable producción de automóviles para uso particular, y hacia 1980, con la imposición del modelo neoliberal, empezaron a brotar espacios urbanos enemigos de lo público y de acceso restringido para el ciudadano corriente.

Hace unos días, por ejemplo, visité a un funcionario en un barrio exclusivo. Al entrar, un cartel colgado del grueso portón metálico: “Deténgase. Apague el motor. Encienda las luces. Identifíquese”. Y al salir, la inevitable bronca con un guardia malencarado que me ordenó abrir el baúl para cerciorarse de que no había secuestrado a mi anfitrión, con fines inconfesables.

En las antípodas de la utopía urbana anarcosocialista, la distopía anarcocapitalista empieza a concretar sus ideales: ciudades “sin Dios, Estado ni ley” y administradas por magnates que, en el caso de países como Guatemala y Honduras y así como sus abuelos, delegan en el Comando Sur la “resolución” de los problemas sociales del país. Y donde sus exclusivas y excluyentes “cartas constitucionales” se rigen invariablemente por un solo principio: “seguridad”.

¿Ciudades sin ciudadanos? Visitemos Paseo Cayalá, plástico y artificial remedo de urbe “colonial” situada a escasos kilómetros de la ciudad de Guatemala. Por ahora, Cayalá tiene 14 hectáreas. Según el corresponsal de Associated Press en Guatemala, la élite de Cayalá está compuesta por jóvenes profesionales y parejas recién casadas que viven detrás de grandes muros para sentirse “seguras” frente a la inaudita pobreza, delincuencia y criminalidad del país centroamericano.

El único acceso a Cayalá se realiza mediante un garaje subterráneo, donde los residentes y visitantes usan escaleras mecánicas decoradas al estilo art nouveau de las paradas del Metro de París. El cronista observó calles empedradas, clubes nocturnos, restaurantes, cafeterías, boutiques de lujo y policías con armas ocultas que se movilizan en patinetas motorizadas Segway.

En caso de una denuncia, la policía nacional de Guatemala necesita orden judicial para ingresar a la “ciudad”. Y todos los problemas son tratados por la asociación de propietarios, que discuten en un “edificio de columnas inspiradas en el Monumento a Abraham Lincoln de Washington y en el Partenón griego”.

Los constructores de Cayalá compraron la tierra en la década de 1980, época en que las matanzas y despojos de tierras de indígenas fueron más despiadadas que las narradas por el cronista Bernal Díaz del Castillo. Y luego de los “acuerdos de paz” con la guerrilla, las castas divinas de la oligarquía guatemalteca volvieron, por vía “democrática”, a los mejores años de la Mamita Yunai y la invasión yanqui de 1954.

Mientras, en la vecina Honduras (patria de Francisco Morazán), el espíritu del mercenario William Walter (“presidente” de Nicaragua en 1856-57) y del rey de la banana Sam Zemurray (1911) resucitaba en los políticos que en Tegucigalpa derrocaron al presidente Manuel Zelaya en septiembre de 2009.

Los arquitectos guatemaltecos y hondureños enrolados en el llamado “nuevo urbanismo” (que promueve la creación de barrios por donde se pueda caminar) hablan de impulsar “estilos de vida más cosmopolitas”.

¿Cuáles serían? ¿Los de Singapur, Hong Kong, Macao, Eurovegas, Jerusalén este? Porque en Estados Unidos y Europa existen férreos marcos regulatorios que desalientan las prácticas especulativas asociadas a la compraventa de tierras urbanas.

Los anarcocapitalistas pescan en los ríos revueltos de los estados débiles, o en países “asegurados” por el Pentágono que, como en el caso de Honduras, registran un largo y crónico historial de corrupción institucional, entreguismo y cesión de soberanía.

Y allí pusieron el ojo seudoempresas como Free Cities Group, de Paul Thiel (fundador de PayPal), la Future Cities Development Corporation, de Patri Friedman (nieto del gurú neoliberal Milton Friedman), o inversionistas virtuales, como el economista Paul Romer, quien después de fracasar en Madagascar y Mauritania consiguió que los políticos hondureños prestaran oídos a sus proyectos para construir charter cities (ciudades modelo).

Las distopías urbanas de las charter cities serían el revés de los “bantustanes” concebidos por los racistas de Sudáfrica y Namibia para los negros. Reservas con independencia nominal (Transkei, Venda, Ciskei), que alojaban y concentraban en su interior poblaciones étnicamente homogéneas, y que los sionistas de Israel prevén para los palestinos de Gaza y Cisjordania.

Tomado de la Jornada

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