Informe de justicia

Mario Roberto Morales
El 28 de diciembre pasado, el juez especial Miguel Vásquez procesó y ordenó el arresto de ocho exoficiales del Ejército chileno. A dos de ellos –los tenientes Hugo Sánchez Marmonti y Pedro Barrientos Núñez– en calidad de autores materiales de la tortura, mutilación y asesinato del cantautor Víctor Jara en septiembre de 1973, y a los otros seis como cómplices del hecho.

El crimen ocurrió cuatro días después del golpe de Estado que el Ejército y la Democracia Cristiana chilena perpetraron contra el gobierno democráticamente electo de Salvador Allende, con la ayuda de la CIA. El lugar del asesinato fue el Estadio Nacional de Chile, mismo que hoy lleva el nombre del artista y que sirvió de matadero durante los días que siguieron al golpe (vean la película Desaparecido (1982) de Costa Gavras, con Jack Lemmon y Sissy Spacek).

Cuarenta años después del cuartelazo, la justicia chilena alcanza a los culpables de uno de los miles de asesinatos que perpetró el régimen fascista de Pinochet, cuyas medidas castrenses se convirtieron en el orden social que sirvió de base para lo que el neoliberalismo llamó “el milagro chileno”, es decir, la puesta en práctica de las doctrinas de Hayek y Mises en la versión que de las mismas profesaba Milton Friedman, personaje que –junto a sus Chicago Boys– tuvo personalmente a su cargo el despegue de ese proyecto económico, el cual, cuando se hizo el plebiscito de 1988 que le dio la victoria al “No” y por eso Pinochet tuvo que retirarse del poder, basaba la prosperidad de Chile en un 40 por ciento de la población viviendo por debajo de la línea de pobreza (vean la película No (2012) de Jorge Larraín, candidata al Óscar como mejor película extranjera, con Gael García Bernal). En otras palabras, los índices macroeconómicos, esos que miden la prosperidad de los monopolios, se hacían pasar por la prosperidad de todo el país. Lo mismo que ocurre en Guatemala y otros países dominados por regímenes oligárquico-militares de orientación neoliberal-fascista.

Asesinado de 44 tiros, a Víctor Jara le cortaron primero los dedos de las manos porque tocaba la guitarra. Algo parecido le hicieron aquí a Otto René Castillo, a quien el mismo militar que perpetró el hecho contaba borracho en las cantinas que le sacó los ojos recitándole su verso a la patria: “Yo me quedaré ciego para que tengas ojos”, y le cortó la garganta declamando “Yo me quedaré sin voz para que tú cantes”. Los versos pertenecen a su poema Vamos patria a caminar. Y, como en el caso de Jara, los milicos mataron al hombre pero no pudieron acallar su voz.

Pedro Barrientos Núñez, uno de los dos asesinos materiales de Jara, reside en la Florida y ha negado haber conocido a su víctima. Pero el juez encargado del caso ya emitió una orden de captura internacional contra el
desobediente y mentiroso milico. Por su parte, sobrevivientes del estadio chileno han reconocido a otro de los detenidos, el exteniente Edwin Dimter, como “El Príncipe”, uno de los torturadores en aquel bestial operativo.

El cuerpo de Jara, cuyas canciones han sido interpretadas por Joan Manuel Serrat, Mercedes Sosa y Pablo Milanés, fue exhumado en 2009 y unas cincuenta cuadras repletas de chilenos le rindieron tributo en su funeral. Mucho más de lo que se puede decir de los milicos que lo mataron. A esa clase de justicia debemos aspirar aquí. Y ni a un palmo menos.

www.afuegolento.mexico.org


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