Migraciones ambientales

Jorge Durand
La literatura sobre migración suele afirmar de manera categórica que la principal causa de la migración es la económica; le concede un segundo lugar al factor político, especialmente en el caso de los refugiados, y las causas sociales se han ganado un tercer lugar a partir de un intenso trabajo académico para poner en evidencia la relevancia de las redes sociales (no me refiero a Facebook) en los flujos migratorios, en especial para la persistencia e incremento de la corriente migratoria.

Pero cuando se estudia este fenómeno es indispensable ver la realidad desde distintos ángulos y perspectivas y la sobredeterminación de un solo factor o un enfoque disciplinar no ayuda a comprender la totalidad y la complejidad del proceso migratorio.

En la actualidad ha cobrado nueva vigencia el tema de la migración ambiental. Los biólogos y ecólogos se han visto forzados por la realidad a tomar en cuenta el fenómeno migratorio que incide de manera directa en el ambiente, sea para transformarlo o para abandonarlo y dejar que el tiempo se encargue del proceso de recuperación o reconversión.

Pero en realidad la relación entre migración y medio ambiente está asentada en la base, en el núcleo duro del fenómeno migratorio. Nada nuevo hay bajo el sol, porque sencillamente el hombre se mueve en el territorio desde sus más remotos orígenes y una de las causas primigenias es precisamente la ambiental.

Los migrantes por excelencia, las poblaciones nómadas, encuentran en el movimiento continuo su forma de sobrevivencia. Huyen de los climas extremosos durante el verano o el invierno y buscan las mejores condiciones para alimentarse y sobrevivir en ambientes diferentes. Su cuerpo se adapta y evoluciona para adecuarse a los cambios.

Las poblaciones que viven en los trópicos utilizan el sistema de “tumba, roza y quema”, que consiste en cortar los árboles y arbustos para delimitar una zona de cultivo, luego quemar para fertilizar y, finalmente, sembrar. Pero el sistema sólo sirve para sembrar y cosechar un par de veces. Luego hay que moverse a otra área y hacer lo mismo. Es la depredación del medio, que ellos mismos provocan, la que los obliga a emigrar y continuar con el proceso de depredación y de nomadismo.

La historia está llena de ejemplos de cómo llegan los inmigrantes a un nuevo territorio y luego tienen que salir a buscar nuevas zonas donde cultivar o adaptarse a nuevos contextos. Pero quizá el ejemplo mejor documentado sea el de lo llamados okies del Medio Oeste estadunidense que llegaron a las grandes praderas y con empeño y tesón de inmigrantes empezaron a cultivar y a cosechar en las “tierras de leche y miel”.

Eran campesinos de origen inglés, alemán o escandinavo que vinieron a América para seguir siendo campesinos. Unos vivían en sus propias tierras y otros trabajaban como aparceros. Sus ambiciones no iban más allá de los límites de la granja. Su modelo productivo autárquico les permitió sobrevivir a la crisis económica de 1929.

Pero no pudieron sobrevivir a la sequía que asoló la región a partir de 1931. Después de que arreciara la sequedad llegó el viento y se formaron gigantescas tormentas de polvo que arrasaron con lo campos. Al fenómeno le llamaron dust bowl, que en una traducción literal sería cuenca del polvo. A las tierras sobrexplotadas por los industriosos campesinos se les sumó la tala de árboles. Las grandes y verdes praderas se convirtieron en un desierto donde el viento se llevaba la capa fértil y el polvo impedía que creciera vegetación alguna. En 1934 una espesa nube de polvo arrasó con los cultivos del oeste de Texas, Oklahoma y Kansas.

Para sobrevivir los campesinos tuvieron que hipotecar sus tierras, que luego pasaron a ser propiedad de los bancos, y los aparceros no tuvieron otra alternativa que abandonar los campos. Entre 1935 y 1938 cerca de medio millón de okies tuvieron que emigrar a California, donde ya no había tierras disponibles, pero sí trabajo estacional durante las cosechas. Los granjeros se convirtieron en jornaleros y tuvieron que compartir su suerte con mexicanos y filipinos.

La larga marcha de los okies ha sido extensamente documentada. Pero destacan en el mar de información una novela, una fotografía y una película. La novela Las uvas de la ira de John Steinbeck tuvo su origen en siete reportajes publicados en The San Francisco News que le valieron el premio Pulitzer en 1940 y que fueron el material de base para la novela. Estos artículos se publicaron en español en el libro Los vagabundos de la cosecha y el título viene de una de sus entrevistas con el hijo de un inmigrante que afirmó: “Cuando nos necesitan nos llaman emigrantes y cuando les hemos recogido la cosecha somos vagabundos y tenemos que largarnos”.

La foto es de Dorothea Lange y se llama la Madre inmigrante, tomada en Nipomo, California, en 1936. Esta foto es quizá el ícono más representativo de la fotografía estadunidense con sentido social. Y como toda foto famosa está teñida de polémica. En sus notas Lange apuntó: “Siete niños hambrientos. El padre es de California. Sin un centavo en medio del campo porque la cosecha se ha echado a perder. Esta gente acaba de vender las llantas del coche para conseguir comida”. Al parecer la realidad era otra y la madre migrante era india cherokee (nativa de esas tierras devastadas), se llamaba Florence Owens y no había vendido nada. Un periodista develó otra historia tan trágica como diferente.

La película es de John Ford, se llama igual que la novela y fue protagonizada por Henry Fonda. Ganó dos Óscares en 1940 y es considerada como lo más representativo de las películas de realismo social estadunidense. Se cuenta que en 1965, pocos años después de haber recibido el Nobel por su novela, Steinbeck volvió a ver la película para ver cuánto había envejecido. Y concluyó: “Otra vez volvía a creer en la historia que había escrito”.

La actualidad de la novela de Steinbeck, la foto de Lange y la película de Ford nos remite no sólo al drama social aún vigente, sino a las causas de las migraciones del pasado y del presente.

Tomado de La Jornada

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