Lo que no te cuentan

Fernando Escalante Gonzalbo

Algo hay de misterioso en la supervivencia del credo neoliberal. Habrá razones: buenas, malas y peores, pero resulta difícil entender la vitalidad de una doctrina económica, todo un modo de pensar esquemático, simplista, irreal, conceptualmente defectuoso, falto de fundamento, que ha tenido resultados desastrosos en todo el mundo a lo largo de treinta años. Y que ha culminado en la debacle de 2008, el naufragio de Europa, y esta especie de pantano, este amago de recesión permanente. Los economistas, los ministros de economía, los más notables en las clases conversadoras siguen repitiendo las mismas sandeces de los años ochenta, como si no hubiese pasado nada.

Sin duda, algo tiene que ver el poder de los banqueros, de los ejecutivos de las grandes corporaciones, esa pequeña colección de plutócratas que se ha beneficiado más allá del escándalo con la desregulación de los mercados financieros. De otro modo no podría explicarse que no se haya modificado prácticamente en nada la legislación financiera después de la crisis —y que las recetas que se imponen en los países centrales vayan siempre en contra de lo que pediría la simple sensatez.

Más allá de la política, estoy convencido de que un factor decisivo es la influencia de una generación, dos generaciones incluso de académicos, intelectuales, periodistas, que se educaron en el credo neoliberal, y que nunca han oído otra cosa. Aquello, a fines de los setenta, en los ochenta, era muy atractivo: la libertad, el mercado, los incentivos, tronar contra el Estado y festejar el egoísmo, y posar como rebeldes en defensa de los paraísos fiscales. Además, una receta servía para todo. Cualquier cosa podía equipararse a un mercado: las elecciones, la familia, la educación superior, todo, de modo que cualquier problema se resolvía con la cháchara de los incentivos, la libre competencia, la racionalidad. No dicen ahora otra cosa porque no pueden. Es parte del problema.
Es claro que habrá que reconstruir el lenguaje de la economía, y hacerlo razonable de nuevo. Pero seguramente tendremos que comenzar por desbaratar el pomposo sentido común neoliberal, hasta que se vuelva imposible. Ya hay varios intentos: Steve Keen, Lance Taylor, Jonathan Schlefer. Más ligero, más asequible, transparente, en tramos muy divertido, está el librito de Ha-Joon Chang, 23 cosas que no te cuentan sobre el capitalismo. Se refiere a las cosas más elementales, a las ideas básicas del modelo neoliberal. Es una lectura muy saludable.
No vale la pena enumerar aquí las 23 cosas, pero sí señalar algunas, sólo para molestar.
La primera cosa que no nos cuentan es que no existe el libre mercado. Todos los mercados tienen reglas, todos tienen límites, en todos interviene el Estado para prohibir, premiar y castigar. Y así tiene que ser. Por ejemplo, hay restricciones acerca de lo que se puede comprar y vender, y no se pueden vender drogas, ni votos, ni personas, ni órganos vitales ni muchas otras cosas. También hay reglas sobre quién y cómo puede producir medicinas, ladrillos o chorizos, quién puede atender enfermos y quién puede dar clases, cuándo se puede pescar camarón, y dónde se puede instalar un puesto de quesadillas y dónde una fábrica de pegamento. Y cada una de esas reglas perjudica a alguien, beneficia a alguien. La defensa gritona del libre mercado es siempre la defensa de un conjunto de intereses, en contra de otros intereses y otros derechos —no la operación de la Naturaleza, sino de la política.
Tampoco nos dicen que los seres humanos no son egoístas racionales en busca del máximo beneficio personal, a costa de lo que sea. Para empezar, ninguna organización podría funcionar si sus miembros estuviesen todos a la caza de cualquier oportunidad para sacar ventaja. Pero además está la historia entera de la antropología para mostrar que las motivaciones humanas son extraordinariamente variadas, complejas, equívocas y confusas, y que en todo caso hay que contar con la lealtad, la solidaridad, el afecto, el orgullo, el honor, y un etcétera interminable. Diseñar instituciones o leyes para egoístas feroces empieza por ser un disparate, y termina siendo suicida.

No nos dicen que la estabilidad macroeconómica no ha hecho a la economía más estable. Las políticas para reducir la inflación no han producido crecimiento. Y en la mayoría de los casos, la estabilidad de precios se ha conseguido a costa de hacer más precario el empleo y más volátil el mercado financiero, es decir, a costa de hacer más inestables las economías —y en particular la vida de los trabajadores.

Hay otras veinte cosas que no nos cuentan. Todas igualmente interesantes, y que en conjunto dicen algo muy simple: el mundo es más complicado de lo que imagina el modelo neoliberal. Y una discusión sobre economía es siempre una discusión moral.


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