Antoni Domènech: “La humanidad es una sola, no un cúmulo de culturas cerradas”

Abel Sánchez, Jesús Adonis Martínez • La Habana, Cuba

La lucidez incisiva del filósofo Antoni Domènech, así como su humor punzante y espejuelillos redondos, hacen recordar, por un momento, a Pío Baroja. Pero Baroja era vasco y anarquista, mientras Domenech es marxista y catalán. De hecho, se considera un socialista sin partido y su principal clásico político, su Biblia de ateo, son los libros de Marx. De joven militó en la resistencia antifranquista, estudió Filosofía y derecho en la Universidad de Barcelona, es autor de numerosos libros sobre ciencias sociales y políticas, así como editor general de la revista de política internacional Sin Permiso. Domenech se considera socialista y partidario de la democracia a todos los niveles: ¿qué es el socialismo sino democracia económica?, se pregunta. Tal vez por eso fue invitado a venir a La Habana para participar en un debate sobre la libertad convocado por Alfredo Guevara como actividad colateral del 34 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.

Al hablar del devenir del socialismo originario de finales del siglo XIX y principios del XX, se plantean dos tendencias: una que derivó en la socialdemocracia, con un carácter más reformista, y por el otro, un socialismo revolucionario con una actitud más drástica en lo concerniente al cambio social y que luego se coaguló en lo que hoy se conoce como el “socialismo real”. ¿Dónde se ubica Ud., en el actual contexto europeo, teniendo en cuenta estos dos caminos que tomó el socialismo? Y más: ¿Desde dónde mira Ud. el mundo?

Empecemos diciendo que Lenin fue socialdemócrata la mayor parte de su vida y Rosa Luxemburgo lo fue hasta su muerte. Lenin, por motivos interesantes y justificados hasta cierto punto, consideró que no valía la pena seguir llamándose socialdemócrata luego de la gran traición de la socialdemocracia mayoritaria y ortodoxa. Es interesante percatarse de algo, antes de la Primera Guerra Mundial, nadie había concebido la idea de un socialismo estatista. La tradición marxista era profundamente antiestatista. Hubo algo que se llamó Socialismo de Estado vinculado con la llamada monarquía Guillermina. Algunos intelectuales alemanes tenían la idea de hacer una especie de socialismo estatista a partir de lo que Max Weber llamó “la burocracia más eficiente del mundo”, o sea, la monarquía Guillermina, capaz de controlar administrativamente el grueso de los resortes de la vida económica capitalista. La socialdemocracia, particularmente Rosa Luxemburgo, siempre fue especialmente crítica con esta concepción; decía que sería peor que el capitalismo de estilo liberal anglosajón, porque significaría la explotación de los trabajadores por los burgueses y, además, la explotación de un Estado autoritario.

Todo el mundo pensaba que los socialistas estatistas alemanes estaban locos, nadie pensaba que fuese posible una intervención burocrático-administrativa a gran escala en los resortes básicos de la asignación de los recursos económicos. La Primera Guerra Mundial fue muy aleccionadora, y las dos personas que sacaron más enseñanzas fueron Lenin y John Maynard Keynes. Este último, era un miembro inteligente del ala izquierda del Partido Liberal británico y Lenin era un marxista socialdemócrata muy ortodoxo que pensaba en la abolición del Estado. Como buen marxista ortodoxo creía que el Estado era un horror y que la dictadura del proletariado sería algo transitorio, imagen y semejanza de lo que fueron las dictaduras romanas: un dictador republicano que se hace con el control de la situación por unos meses en el periodo de guerra civil y luego devuelve el poder al pueblo. Por tanto, una dictadura republicana transitoria en la que el dictador tendría que rendir cuentas ante el Parlamento y el Senado luego de seis meses.

Sin embargo, en la Primera Guerra Mundial pasó algo formidable: una guerra que tenía que haber durado muy poco según las previsiones del Estado Mayor alemán —que era magnífico— se prolongó durante casi cuatro años porque el plan falló y, para colmo, terminó perdiéndola Alemania. A pesar de eso, todo el mundo quedó muy sorprendido de que un país como ese pudiera mantenerse en pie durante cuatro años en los dos frentes de guerra, con voluntad de combate y sin que se hundiese su economía. Durante el conflicto, se puso en práctica por primera vez la teoría de que era posible intervenir administrativa y burocráticamente en la economía a gran escala y sustituir los resortes del mercado de asignación de recursos básicos. Era verdad, como dijo Weber, que tenían la mejor burocracia del mundo. Eso impresionó a todo el mundo y muchos tomaron nota.

El primero fue Lenin, quien a partir de 1917, cuando ve que tiene alguna posibilidad de subir al poder, no lee otra cosa que a los economistas guillerminos. Keynes hizo lo mismo desde el otro lado del Canal, y fue el cerebro de uno de los grandes experimentos económicos de la historia. Tal vez, el mayor experimento económico en vivo que se haya hecho.
Pero después de casi un siglo de aquella Primera Guerra Mundial, las ideas de los dos no parecen estar vigentes en el mundo de hoy. Al menos, no como proyectos político-económicos vivos. ¿Qué ha pasado?

Bueno, yo no estaría tan seguro de eso. Cuando Lenin toma el poder, no lo hace pensando que los bolcheviques se van a perpetuar mucho tiempo. Nadie imaginaba en 1917 que los bolcheviques se iban a consolidar en el poder y comenzarían a construir el socialismo en un solo país. El cálculo de Lenin y Trotsky —que eran los dos grandes dirigentes bolcheviques, Stalin era un oscuro burócrata de provincia con cierto talento para la intriga— era que, inmediatamente después del fin de la guerra, cuando negocian la paz por separado en Brest-Litovsk con los alemanes, comenzarían revoluciones en cadena en Alemania e Italia, los laboristas tomarían el poder en Gran Bretaña, algo extraordinario ocurriría con la tercera república francesa… Ellos creían haber abierto el paso para la transición al socialismo en todos los grandes países industriales.

Pero ese cálculo falló. En Italia, lejos de tomar el poder el movimiento obrero, este fue golpeado por el fascismo y Mussolini accedió al poder en 1922. En Alemania no hubo revolución, sino la República de Weimar, con los dos partidos socialdemócratas, el de derecha y el de izquierda, en el poder, pero sin voluntad de hacer ningún cambio revolucionario radical. En Austria pasó lo mismo. En Hungría hubo contrarrevolución. Cuando muere Lenin el capitalismo se ha estabilizado.

Por otra parte, aquella idea de Stalin de que se puede construir el socialismo en un solo país atrasadísimo industrialmente, no es marxista ni leninista. Lo que hizo Stalin fue un despotismo expropiador de las masas para industrializar el país y convertirse en una gran potencia capaz de resistir el bloqueo occidental. Este es el origen del “socialismo real”, el cual no tiene nada que ver con el marxismo originario, ni siquiera con Lenin.
Ahora bien, esa idea es interesante. ¿Qué queda de Lenin y de Keynes? No sé, pero una cosa que deben tener presente todos los jóvenes anticapitalistas es que no hay que creerse la mentira neoliberal de separar el Estado y el mercado. El mercado es algo muy complejo y no hay mercado sin Estado. Todos los mercados son creaciones políticas del Estado, particularmente en el capitalismo. Todos los mercados están regulados por leyes y las leyes las dicta la soberanía política, no hay mercados no regulados.

No obstante, podemos medir la cantidad de economía pública que hay en un país. En los tiempos de Lenin y Keynes, la porción de economía pública con relación al PIB en casi todos los países de Europa no llegaba al 15 porciento. En la Francia capitalista de hoy el 60 porciento de la economía es pública; en los EE.UU. de hoy el 40 porciento de la economía es pública; en España, el 45 porciento. El capitalismo ya no puede funcionar como lo hacía en 1914, sin un Estado capaz de intervenir administrativamente a gran escala. Eso es una mentira de los neoliberales.

De hecho, todos usamos el término neoliberalismo y ha tenido bastante fortuna, pero lo cierto es que se trata de un término muy confuso. Porque da a entender que el Estado se ha retirado de la economía y en realidad no ha hecho eso, basta con mirar las cifras para darse cuenta. ¿Cómo funciona, de verdad, una economía capitalista? No como dicen los neoliberales o los seudomarxistas. Pues una economía capitalista es dirigida siempre por la demanda efectiva, no por la oferta, para que una economía funcione tiene que haber un estímulo público de la demanda efectiva. Una parte de ese estímulo público consiste en organizar política y constitucionalmente la negociación sindical para que empresarios y trabajadores, cívicamente organizados, conciliaran salarios reales que crecieran al mismo ritmo que la productividad.

Esto fue lo que hizo la socialdemocracia procapitalista reformada después de la Segunda Guerra Mundial. Y funcionó bien por un tiempo, nunca el capitalismo fue tan estable como entre 1945 y 1980. Pero colapsó en la segunda mitad de los 70. La crisis del petróleo, el auge espectacular de los movimientos populares, de los sindicatos, los trabajadores, del movimiento popular vecinal, del anticolonialismo, del antimperialismo… En el 68 los capitalistas llegaron a creer que desaparecerían; fue un momento espectacular. Pero empezaron a reaccionar. El golpe en Chile fue un aviso clave. Tenían que cambiar la situación. Además, hubo una recesión económica muy seria, porque las potencias vencidas en la Segunda Guerra Mundial, Alemania y Japón, empezaron a convertirse en grandes potencias exportadoras que rebajaron la tasa de beneficios de las empresas norteamericanas. Eso provocó una crisis económica seria. Fue todo eso mezclado.

Entonces, a modo de reacción, después de muchos titubeos, todo acabó en el invento crucial del neoliberalismo: desacoplar la demanda efectiva de los salarios reales. ¿Cómo lo hicieron? Pues la genialidad del neoliberalismo consiste en lo siguiente: financiar la demanda efectiva y el consumo a partir de un fraude financiero a gran escala que permita dar un crédito muy barato. O sea, financiar la economía para que, sin aumentar los salarios reales, los trabajadores puedan comprarse coches, casas, etc. Con esto, lograron desplomar la mitad de la tasa de afiliación sindical; hubo un cambio antropológico de la clase obrera, en el sentido de que esta perdió su conciencia de clase.

Entonces, como todo el mundo puede comprarse una casa, los precios inmobiliarios suben; una vez que esto ocurre, la capacidad de crédito de cada cual aumenta. El truco básico del neoliberalismo, en Europa y América del Norte, ha sido sustituir el incremento del salario real por el crédito barato, y la hinchazón de burbujas inmobiliarias y financieras que van paralelas. Eso despolitizó a la clase trabajadora, la hizo más individualista, destruyó a las organizaciones obreras tradicionales: por ejemplo, los sindicatos, que aunque sean reformistas son bastiones hostiles al capitalismo.

Ahora bien, ¿cómo funciona esto? Es lo que en teoría económica llamamos un esquema de financiación piramidal. También se le llama un esquema Ponzi, por el caso real de un inmigrante italiano en EE.UU. que hizo fortuna gracias a este procedimiento: vivía en un barrio de trabajadores inmigrantes italianos y les dijo a sus vecinos que tenía una caja fuerte, que si depositaban el dinero en su caja les pagaría un interés mensual del 10 porciento. Así, un montón de gente fue fiándose del señor Ponzi y le dejó su dinero. Y se convirtió en millonario, porque todo el mundo dejaba el dinero en su caja fuerte y él simplemente pagaba el 10 porciento de interés con el dinero nuevo que le iba entrando. Pero esto es una estafa. En el momento en que alguien no se fía o se acaba la base de expansión natural de la pirámide, todo colapsa y todo el mundo encuentra que ha perdido su dinero. Sin embargo, mientras duró todos se creyeron ricos. Este fue el esquema de financiación de la economía mundial bajo el neoliberalismo. Cada quien se creyó rico a base de una creación de dinero ficticio por parte de las entidades bancarias reguladas y cuando esto colapsó en el 2008 fue la muerte del neoliberalismo: lo que queda es un zombi peligrosísimo.

El neoliberalismo consistió en el paso de EE.UU. de una potencia económica excedentaria, que reciclaba su sobreabundancia con dos países pivotes —Alemania, en Europa, y Japón, en Asia—, a un país deficitario, consumidor de recursos de las grandes potencias exportadoras del mundo, que fueron Alemania, Japón y luego China. Países que con su excedente financiaban a Wall Street y, a su vez, permitían la financiación del consumo norteamericano sobre la base de un endeudamiento gigantesco de las familias y las empresas estadounidenses y europeo-occidentales. Cuando esto colapsó, todo lo demás lo hizo. No creáis a los que os digan: China es el futuro. Tonterías. China forma parte de este invento y lo va a pasar muy mal.

Quisieron convertirse, y hasta cierto punto lo consiguieron, en la fábrica del mundo. Pero sus principales clientes eran Europa y EE.UU., y los dos se han quedado sin demanda efectiva.
En su artículo “Adam Smith y Karl Marx dialogan sobre el desplome del actual capitalismo financiero” Ud. asegura que el fracaso, tanto del “socialismo real” como del neoliberalismo, se debe a que ambas tendencias constituyeron sendas traiciones al pensamiento original de Marx, por un lado, y de Adam Smith, por el otro. ¿Cómo debería ser el nuevo proyecto de socialismo?

El Estado está aquí para quedarse. Mi clásico moral y político más importante es Marx, junto con Engels por quien siento una gran simpatía; pero es evidente que una economía como la actual no puede hacerse sin un papel muy importante del sector público. Pero si queremos ser fieles al espíritu ético-moral del republicanismo democrático clásico y del socialismo marxista clásico que se deriva de él, nuestra tarea es civilizar al Estado, democratizarlo en serio. El Estado es un monstruo burocrático a medio civilizar, porque las repúblicas democráticas que trajo a Europa el movimiento obrero después del final de la Primera Guerra Mundial fueron truncadas por el fascismo, por un lado, y el estalinismo, por el otro.

Por otra parte, los estados de bienestar general que se crearon después de la Segunda Guerra Mundial, en muchos sentidos son muy simpáticos, pero son constituciones menos democráticas que las constituciones de entreguerras. Por ejemplo, la República Federal Alemana fue menos democrática que la República de Weimar; la monarquía parlamentaria española fue mucho menos democrática que la II República. Lo que sucedió es que la dirección principal del proceso constituyente de esas primeras repúblicas la tuvo el movimiento obrero, una socialdemocracia que todavía era anticapitalista, que daba mucha importancia al parlamento, al poder legislativo. Mientras que las constituciones de posguerra han limitado la capacidad de los parlamentos para hacer reformas económicas a fondo.

El neoliberalismo no es más que un intento por destruir las conquistas democráticas del movimiento obrero del siglo XX en el Estado. Un intento por destruir la soberanía nacional, de echar por tierra las leyes más democráticas, destruir el estatuto de los trabajadores. En EE.UU. y Europa estamos viendo el intento abierto de convertir esa infeliz república en una plutocracia. La Corte Suprema de los EE.UU. acaba de autorizar la donación ilimitada de dinero a las campañas políticas, lo cual es una catástrofe, lo único que falta es organizar un mercado de compraventa de votos.

El capitalismo en estos momentos es un zombi y no tiene plan B, algo que sí hubo en la crisis de los 70. A lo mejor, acaban reciclándose, como ya lo ha hecho otras veces, pero sería una catástrofe terrible y lo cierto es que hoy no existe un plan B. El neoliberalismo no solo ha corrompido la conciencia de la clase obrera, sino también la de las elites, porque tradicionalmente hubo unas elites políticas capitalistas con distancia suficiente respecto al mundo de los negocios. Sin embargo, lo que ahora tenemos son ruedas giratorias, sujetos que son Primeros Ministros y luego están en el consejo de administración de una gran empresa; eso les ha corrompido, les ha convertido en miopes, en cretinos, en gente que no ve más allá de una oportunidad inmediata de negocio. Esto es un drama.

Ud. se enfoca en la cuestión económica, hace la crítica del capitalismo, que es la formación económica-social de lo que se ha dado en llamar la “modernidad”. Ahora, desde el punto de vista cultural, ¿cuál sería el enfoque crítico a asumir con respecto a la racionalidad moderna y a esta última fase que muchos denominan postmodernidad?

Es que no estoy de acuerdo con esta formulación, aunque sé que está de moda. Existe algo que llamamos época moderna, que si queremos caracterizar de una forma que tenga un poco de contenido, más allá de una época cronológica, no más que la lucha a muerte entre una cultura económica, social, política y espiritual procapitalista y una cultura económica, social, política y espiritual anticapitalista. Esta es una lucha que viene de muy lejos, de mucho antes de lo que llamamos modernidad.

Algunos dicen que, precisamente, esa dinámica convirtió definitivamente al globo entero en un solo mundo, pues antes de la era moderna existían culturas o epistemes más o menos independientes.

Esas son exageraciones de filósofos, no de historiadores con conocimiento de causa. En buena medida, es un sesgo que introdujo el pensamiento colonialista británico y alemán del siglo XIX: la idea de que Europa es algo único y puro, mientras que el resto son tribus o culturas más o menos cerradas. Esto nunca ha sido así. No existe eso que llaman “pensamiento occidental”: son tonterías de filósofos que se ganan la vida diciéndolas porque suenan bien.
Yo empecé como helenista, la mitad del vocabulario del griego clásico o bien tiene raíces semíticas o bien negroafricanas. Hasta comienzos del siglo XIX, todo el mundo sabía que la principal deuda cultural de Grecia era con Egipto, y que Egipto era una cultura negroafricana. Eso pareció insoportable para los colonialistas británicos y alemanes del siglo XIX, quienes se inventaron el mito de una Grecia aria y pura e ignoraron a Egipto y lo blanquearon. En el siglo XX, la gente creía que los egipcios eran blancos, cuando en realidad había sido una cultura negra. Lo que sucede es que a muchos les resultaba insoportable la idea de que pudiese haber una gran civilización fuera de Europa. Esa idea que culminó en el nazismo, la han tomado ahora los poscoloniales y los postmodernos, volviéndola al revés. Nótese que los héroes últimos de todos ellos son Martin Heidegger y Carl Schmitt, que eran dos nazis. Para mí es muy triste, porque he vivido el fascismo europeo, encontrarme con gente que se dice de izquierda repitiendo ideas nazis.

Lo peor de todo es que ocurre por ignorancia, porque nunca han existido culturas encerradas en sí mismas. No hay inconmensurabilidad entre las culturas, porque somos una especie homomórfica y es muy fácil la comunicación entre todos los seres humanos. Esto del multiculturalismo es un invento terrible de la derecha que ha cultivado a sectores de la izquierda y es una de las grandes tragedias de la izquierda académica, sobre todo francesa y norteamericana.

Yo soy español y he conocido el fascismo europeo; sé lo que ha significado la cultura de la extrema derecha europea en los años 20 y 30. ¿En qué países ha hecho mella el multiculturalismo? No en países que hayan conocido el fascismo y la cultura de extrema derecha, antirrepublicana, antidemocrática y antilustrada; sino en naciones inocentes que no conocieron el fascismo, como Francia y los EE.UU.

Pero estará de acuerdo en que existe el eurocentrismo, en que ese concepto no es un capricho.
El eurocentrismo, en efecto, existe. Y nada es más eurocéntrico que los estudios supuestamente antieurocéntricos del postcolonialismo, el multiculturalismo, etc.; porque son hijos directos del eurocentrismo genocida nazi. Una vez más, ¿cuáles son sus autores? Heidegger y Schmitt, quienes fueron nazis de carné.

¿Cuál es su presupuesto? Pues la idea, fabricada en el siglo XIX y totalmente desconocida por la Ilustración del XVIII, de que existe algo así como una Europa pura, un pensamiento occidental puro, una Grecia fundadora de esto que hablaba una lengua indogermánica.

Falsedades. Ningún ilustrado creyó esto; basta leer a Voltaire para saber que Europa es fruto de un mestizaje. Pensemos en España, allí convivieron pacíficamente árabes, judíos, castellanos viejos…: mil razas cruzadas. Y, como España, cualquier otro país.

Ese mito de una Europa pura tuvo su apogeo en el nazismo. ¿Por qué a los postcoloniales les interesa tanto Heidegger? Por el mito de la Europa pura. Pero esto no es real. ¿Qué es el pensamiento occidental? El cero lo inventaron los árabes y lo trajeron de la India, y esa es la base de las matemáticas que aceptamos ahora. No es verdad que exista algo así como una ciencia que haya nacido en Europa. Es todo un gran mestizaje desde hace seis mil años.
Sin embargo, los estudios producidos desde América Latina —el modo en que deconstruyen la realidad— juegan necesariamente con la condicionante de una imposición cosmovisiba de matriz exógena. ¿Hasta qué punto la instrumentalización “universal” de un concepto como la libertad, por ejemplo, está condicionada por nociones europeas?

Si lo pensamos bien y vemos la historia como realmente fue, y no ideológicamente, comprenderemos que, en realidad, es al revés. ¿Cuándo nace la idea moderna de libertad individual, popular, como república libre, como derecho colectivo y de humanidad? Nace como reacción a lo que Bartolomé de las Casas llamó conquista y destrucción de las Indias. Nace en la España del siglo XV como una reacción indignada de las personas decentes a algo que veían que era atroz. Esa es la controversia de Valladolid, y de ahí nace todo. Las ideas modernas de libertad, es cierto que se inspiran en elementos del derecho romano, pero la gran reacción moral de donde nace la izquierda moderna europea es una reacción al genocidio americano.

El partido de la izquierda española del siglo XVI, si lo queremos llamar así para entenderlo, es totalmente derrotado, es la tragedia de España y vuestra también. Los derrotados marchan al exilio y adonde quiera que fueron los exilados españoles, allí estallaron revoluciones. Por ejemplo, en Holanda o Inglaterra. Así que, la izquierda moderna europea es hija de América, no al revés. Es hija de la lucha de liberación de los pueblos americanos, de la reacción de indignación moral y política frente al atropello y avasallamiento de los pueblos americanos.

Ud. hace la crítica de los estudios postcoloniales, que en gran medida se producen desde centros europeos o norteamericanos. Pero, ¿qué cree de las defensas que hacen de las especificidades culturales intelectuales y proyectos políticos que están posicionados en lo que se ha llamado la “periferia”, como los países latinoamericanos?
Repito: no existe ni ha existido nunca algo llamado modernidad eurocéntrica capitalista. Existe algo que llamamos la Modernidad, que es una lucha feroz de clases sociales, económicas y políticas; así como una lucha de clases ideológica desde el siglo XIII hasta hoy, en Europa occidental, y específicamente a escala planetaria desde el siglo XVI. Esa lucha tuvo dos bandos y sigue teniéndolos: están Bartolomé de las Casas, por un lado, y Sepúlveda, por el otro; Locke y su enemigo Hobbes; Kant, Robespierre y Marx frente a sus enemigos de derecha partidarios del colonialismo.

Ahora bien, una vez que América ha sido anexada y destruida, se dieron dos tipos de colonialismo muy distintos. Uno es un colonialismo típicamente capitalista, el inglés, que hizo un primer experimento en Irlanda, y consiste en el exterminio directo de la población indígena y la traslación de colonos a ese sitio. Por su parte, el modelo colonialista español es totalmente distinto, no se trata de un colonialismo de tipo capitalista, sino de otro estilo con un marcado mestizaje. Luego, América del Norte se convierte en una provincia más de Europa. Pero la América portuguesa y española no es así, y se puede ver que los mismos debates que se producen entre izquierda y derecha en Europa, se reproducen allí junto con un intento de los encomenderos españoles de exclusión de lo que Mariátegui llamaba la población amerindia.

Al mismo tiempo, se dan grandes insurrecciones indígenas que pasaron completamente desapercibidas a los investigadores europeos, la más importante de todas fue la gran insurrección aymará en el Virreinato del Perú, que abarcó a millones de personas y estuvo a punto de acabar con el imperio español en 1781. Si uno lee el mejor libro que se ha escrito sobre eso, de un investigador norteamericano que se llama James Sinclair, quien pasó 20 años investigando en Bolivia esta insurrección, al ver los documentos originales llama la atención que los indígenas fueron capaces de entender las categorías del derecho romano de los colonialistas españoles, asimilarlas y jugar políticamente con estas. Además de la insurrección armada, saben pleitear legalmente. Lo que quiero señalar es algo bastante sencillo: no hay culturas cerradas, ese fue un invento de los colonialistas victorianos del XIX. En el fondo, los postcolonialistas son los herederos del peor colonialismo de los victorianos. No existen culturas cerradas, entre otras razones, porque estamos programados para entendernos muy fácilmente.

En estos momentos, se dice que las múltiples etiquetas identitarias pueden coincidir en un mismo individuo: una identidad de género, otra cultural, otra de clase. Algunos hablan de hibridez. En ese escenario, algunos estudiosos coinciden en que para oponerse a una dominación que es sistémica, habría que hacer una especie de “traducción” de todas esas identidades. ¿Cuál es su criterio al respecto?

En una época contrarrevolucionaria brutal que empezó con la ruptura de Breton-Woods por Nixon es sorprendente que, de pronto, todos los intelectuales supuestamente de izquierda se empiecen a interesar por el eurocentrismo, por el micropoder, la dominación, la identidad, etc.; y dejaran de interesarse por los mercados financieros, los mercados de trabajo, los salarios reales, la demanda efectiva, la tasa de filiación sindical, por cómo viven los ricos, las estructuras de poder dentro de las grandes empresas transnacionales. Allí ha habido grandes cambios, que explican lo que ha pasado en el mundo políticamente en los últimos 30 años. Sin embargo, estos caballeros se lo pasan muy bien y cobran sueldos en universidades norteamericanas por hablar de la identidad, de si alguien es un poco homosexual y un poco heterosexual, un poco árabe y un poco judío, ese tipo de asuntos. Eso no está del todo mal, pero me niego a decir que esto es política, la política es lo de siempre: lucha de clases, economía, economía política crítica. Y, sobre todo eso, en la vida académica de los EE.UU., Europa occidental y América Latina ha habido un ataque oscurantista brutal, contra el que estos señores, lejos de protestar, se han allanado a ello.
Cuando yo era filósofo profesional, dediqué un año de estudio al problema de la identidad personal, que es un tema filosófico teórico muy complicado. Por ejemplo, Hume es un gran filósofo de la identidad personal y plantea el problema con un nivel de sofisticación, que estos caballeros serían incapaces de entender porque es una cuestión muy compleja. O sea, ¿en qué sentido puedo decir que soy la misma persona de hace 30 años? Hume dice que no utilizando argumentos muy interesantes, pero junto con estos, Hume tiene una historia de Inglaterra y una filosofía política fabulosas.

¿Cuán útil ha sido o es, ahora mismo, un debate sobre la libertad dentro del marco del 34 Festival Internacional de Cine de La Habana?

Me pareció muy bien. Tomé notas de todas las intervenciones y, en especial, de la de Alfredo Guevara, que para mí es alguien entrañable, a quien le tengo mucho respeto por su biografía de revolucionario. Me gustó mucho la idea de que no quiere morirse sin ver cómo Cuba se convierte en un laboratorio para experimentar políticas de izquierda alternativas en libertad y democracia, en un sentido serio y no falsario. El mundo y Cuba lo necesitan. Ahora mismo vengo de un debate sobre el futuro económico de Cuba con historiadores económicos. Yo apuesto por el cooperativismo. También hay que introducir mecanismos de mercado, pero hay que ser sensatos y saber que no todos los mercados son lo mismo, conocer cuáles hay que introducir y cuáles no, cómo deben regularse. El dinero y los mercados hace mucho que existen y tenemos que saber lidiar con ellos. Ahora, el capitalismo es un uso particularmente perverso de los mercados y hay que saberlo para no cometer los errores del socialismo real o la socialdemocracia. El siglo XX no ha pasado en vano, el fracaso espantoso del socialismo real nos ha enseñado muchas cosas.

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