Lo que Dios piensa del dinero

Por Mario Roberto Morales –
consucultura@intelnet.net.gt

Breve sátira sobre la producción de riqueza y el fin del mundo de pasado mañana.

La extraordinaria escritora estadounidense Dorothy Parker, advirtió que “Si quiere usted saber lo que Dios piensa del dinero, sólo fíjese en la gente a la que se lo dio”. Cualquier vulgar “libertario” interpretaría la frase suponiendo que nuestra autora se refiere a esos “empresarios benefactores que con gran audacia y visión crean riqueza y empleo” porque “Dios es bueno”. Pero la traviesa Dorothy –quien conocía de sobra a los ricos de su tiempo– pensaba más bien en la simpleza profunda que implica el disparate de dedicar la única vida consciente que tenemos a acumular monedas.

Quizá a esto se deba que al referirse a la pesantez de la novela de Ayn Rand, La rebelión de Atlas, haya sentenciado: “Esta no es una novela para ser hecha a un lado con ligereza. Debe ser tirada lejos con gran fuerza”. Pensaba tal vez en que quien afirmó que “Todo lo que una persona recibe sin haberlo trabajado, otra persona trabajó por ello sin recibirlo” –centrando su razonamiento no en los trabajadores manuales (que son los que producen la riqueza en forma directa), sino en los propietarios de las empresas para las que los trabajadores manuales laboran a cambio de un salario por una jornada durante la cual éstos producen tres, cuatro o cinco veces más del monto de dicho pago–, tenía que ser alguien que encarnara lo que para nuestra autora Dios piensa del dinero en las circunstancias en las que a ella le tocó vivir. ¿Y qué es lo que según la implacable Dorothy piensa Dios del dinero? Pues que es producido por seres humanos explotados, y acumulado por otros, espiritualmente similares a los cerdos, los cuales son exaltados en abultadas novelas doctrinarias.

Pero no sólo el mito del estúpido “creador de riqueza” que no sabe que quien de veras la produce es el trabajador manual (y no el propietario que se la adueña) fue gloriosamente demolido por la guapa Dorothy. También lo fue, entre otros, el mito del hembrismo agresivo como supuesta divisa liberadora de la mujer. No por gusto dijo que “Cualquier mujer que aspire a comportarse como hombre, seguro carece de ambición”. De ambición femenina, porque abjura de sí misma y se convierte en un mero simulacro de otra cosa, renunciando a obtener lo que busca sin por ello dejar de ser lo que es. Por el contrario, al asumirse la propia Dorothy como mujer, lo hace con insuperable picardía erótica al decir que “La brevedad es el alma de la ropa interior”. Para no hablar –claro– de la desnudez, la cual puede resultar ofensiva para los apropiadores profesionales de la riqueza producida por otros, ya que su moral es la beatería farisaica (como buenos hijos y nietos –que son– de pedestres mercaderes de templo).

Es una lástima que Dorothy no viviera estos tiempos “del fin del mundo” –el cual por cierto está programado para pasado mañana (por favor no se lo pierda)– para hablar de esos encantadores de serpientes que engatusan entusiastas New Age. Aunque, conociéndola por lo que escribió, es probable que no les hubiese prestado más atención de la que le merecieron los merolicos llamados publicistas, esos vociferantes avatares de la mentira y la manipulación de masas, encargados de llevar a las reses humanas al barranco del consumismo sin más.

Dorothy propuso como epitafio: “A donde quiera que fue, incluido este lugar, lo hizo contra su más lúcida sensatez”. Pero en su urna de cenizas se lee: “Disculpen el polvo”.

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