La gordura erótica

A la Saraghina [1], en el recuerdo.
Selección de Héctor Freire
hectorfreire@elpsicoanalítico.com.ar

Lo erótico y lo sagrado [2]

En el amanecer del arte –en el momento en que el propio hombre estaba simplemente en el proceso de convertirse en reconociblemente humano- lo erótico y lo sagrado estaban unidos de manera inextricable. Por lo que se refiere a su influencia en el arte europeo, el arte paleolítico es a la vez muy joven y muy viejo. Sus monumentos más importantes han llegado a estar a nuestra disposición bastante recientemente, con el descubrimiento de las grandes cuevas dentro de las cuales habían permanecido ocultos durante muchos siglos.

El hombre paleolítico estaba guiado por su necesidad de sobrevivir en un medio que a duras penas había empezado a dominar. Sobrevivir era una cuestión de dos cosas difícilmente separables: comida y fertilidad.

Puesto que el hombre no era aún agricultor, sino cazador y recolector de alimentos, gran parte de su provisión de alimentos dependía de sus hermanos animales. Él contaba con ellos –manadas de numerosísimos bisontes, mamuts, bueyes y renos- para mantenerse vivo. Poco asombra que dibujara estas y otras bestias con tal intensidad de observación. Los notables detalles de apariencia que distinguían a cada especie eran vida y muerte para el cazador-artista. Y su deseo era, no sólo tener éxito en la caza, sino también tener bestias disponibles para cazar. Ellas se multiplican y crecen en las paredes de sus cuevas, y la magia simpática de estas representaciones ocultas controlaba el destino de las manadas que galopaban fuera.

Sin embargo, era igualmente necesario que el hombre mismo se multiplicase, si se quería asegurar la supervivencia de la raza. De manera que el hombre paleolítico también creó cosas que estaban destinadas a ejercer una influencia mágica en la fertilidad humana. Las más famosas son las llamadas Venus prehistóricas: estatuillas como la Venus de Willendorf, tallas en relieve como la Venus de Laussel.

Todas estas representaciones tienen algo en común. No son naturalistas, en la manera en que las pinturas de los animales son naturalistas. En cambio, exageraban ciertas características sexuales, tales como los muslos (en particular) y los pechos, a costa de otros detalles anatómicos. Se ha dicho que la naturaleza esteatopígica de estas representaciones de mujeres estaba además muy directamente relacionada con la idea de la supervivencia física, porque los miembros de la tribu que llevaban la más gorda serían los últimos en morir en tiempos de hambre.

La gordura continuó ejerciendo una atracción específicamente erótica decenas de miles de años después de la creación de la Venus de Willendorf.

La reina de Punt, en los relieves del hermoso templo de la reina Hatshepsut, en Deir el Bahri, es un antecedente un poco más inmediato de una larga sucesión de bellezas abundantes –entre ellas los desnudos de Rubens y la figura principal del Baño turco de Ingres- cuya creación, ya sea consciente o inconscientemente, reflejaba una confirmada preferencia medio oriental.

Otro tipo de figurina femenina paleolítica, más alargada que la Venus de Willendorf, da una importancia más definitiva a la sexualidad básica. En figurinas de este tipo, la cabeza y las piernas van disminuyendo hasta desaparecer, mientras que los pechos, las caderas y el estómago están acentuados; de este modo, la figura tiene forma como de rombo cuando se la mira de frente. En algunos ejemplos de este tipo, las caderas parecen comparativamente delgadas cuando se la mira frontalmente, pero cuando se la contempla de perfil se ve que el estómago y las nalgas se les ha dado una proyección exagerada, como para resaltar su importancia sexual.
El hinchado y salido estómago de la figura apodada La Polichinelle, ahora en el museo de Saint-Germain-en-Laye, la convierte en una antepasada remota de la joven desposada de Los esposos Arnolfini de Jan van Eyck; todavía en el siglo XV, las mujeres sentían la necesidad de vestirse de manera que se acentuara su fertilidad, o fertilidad potencial.

Estas figurinas más alargadas, en su forma, se pueden relacionar con especimenes que parecen ser realmente andróginos. En casos extremos, las caderas hinchadas pueden interpretarse como testículos, y el cuello alargado como un falo. Picasso ha revivido la idea, con una cabeza de mujer cuyos rasgos se parecen a los genitales masculinos.

Las representaciones masculinas datadas en la era prehistórica son artísticamente menos impresionantes que las figurinas y relieves de Venus.
Pero, no obstante, existen. Quizá el tipo más común es el llamado Hechicero, el hombre enmascarado cuyos rasgos más notables son la cabeza (o más cara) de animal con la que ha sido provisto, y la evidente potencia de su miembro. Encontramos en él al antepasado de otras numerosas representaciones itifálicas en el arte de la prehistoria, y de hecho en las de todo el mundo antiguo.

Por ejemplo, están las figurinas de marfil egipcias predinásticas del período Nagada temprano, y (quizá no separadas de éstas) todas las representaciones del Antiguo Egipto del dios Min, que encarna el principio de la fertilidad. La gran figura de turba en Cerne Abbas, en Dorset, que es probablemente el vestigio más impresionante del arte celta que aún se puede ver en Gran Bretaña, pertenece a la misma tradición.

El arte del mundo griego y romano es especialmente rico en obras con un contenido fuertemente erótico, y al examinar unos pocos especimenes de éstas podemos ver cómo poco a poco el erotismo llega a ser sacralizado. El dios Príapo, por ejemplo, ocupa un lugar destacado en el panteón romano.

La civilización de los etruscos, influida por los griegos, llevó el respeto religioso por la actividad erótica a extremos incluso más lejanos que los propios griegos, y las representaciones eróticas aparecen con frecuencia en las pinturas de tumbas etruscas.

Notas

[1] Personaje emblemático de los films de Federico Fellini.
[2] Lucie-Smith, Edward, La sexualidad en el arte occidental, Ed. Destino, Barcelona, 1992.

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