¿Algo que celebrar?

David García Aristegui
maspublico.com

Hasta en RTVE ya se habla con normalidad de temas que eran conocidos casi en exclusiva por hackers y forofos de la cultura libre, como son las licencias Creative Commons – CC: “tal día como ese en 2002 se publicaron las primeras versiones de estas licencias que tienen como objetivo principal dotar a los autores de una herramienta que les permita decidir la manera en la que su obra va a circular por Internet que se aleje de la de «todos los derechos reservados» y que se adapte a la nueva realidad que supone vivir en un mundo en el que la tecnología permite hacer copias digitales de casi cualquier obra”.

Las CC son el intento de aplicación de la filosofía del copyleft -permitir la libre distribución de copias y versiones modificadas de una obra u otro trabajo- a los productos culturales. El quid de la cuestión es que está filosofía funciona muy bien en el ámbito donde surge, los programas informáticos, pero no acaba de cuajar a nivel profesional en periodismo, música, literatura… Las CC han abierto debates que, a día de hoy, no se han conseguido resolver: si tiene todo el sentido que un programa informático pueda ser analizado, modificado y distribuido incluso comercialmente por Internet, no está nada claro que eso sea aplicable a fotos, canciones o libros. De un programa informático no se puede hacer una parodia: funciona o no funciona, se instala o no se instala. Pero no sucede lo mismo con los llamados productos culturales: las personas que crean suelen tener muchos -y razonables- reparos en ver sus textos, canciones o fotos fragmentadas y/o descontextualizadas. O bien que simplemente no les paguen por su uso -hablaremos de esto más adelante-, modificándolas o no.

Si analizamos con cierta perspectiva lo que ha supuesto en la práctica el uso de las CC en España, el balance no es demasiado positivo. En los medios de comunicación se comenzó a oir hablar de la filosofía del copyleft y de las licencias CC como herramientas para que asociaciones culturales y/o bares de copas no pagaran a la SGAE (Ladinamo, Birdland, Disco Bar Metrópoli, Buena Vistilla Social Club etc.). Las licencias CC se presentaban como una herramienta para la filosofía de internet de “todo gratis” (menos el ADSL), cuando en realidad se diseñaron para que los creadores pudieran tener más control sobre cómo distribuir su obra, e intentar compensar los habituales excesos de la industria y las entidades de gestión a la hora de cobrar por los derechos de autor.

Y ya en pleno 2012 nos entramos cómo nos explotan en la cara las contradicciones de las CC. En informática el mantra es “regala tus programas y vive del soporte”. Pero… ¿esto cómo es de aplicable en ámbitos como el periodismo? Hoy por hoy, las licencias CC son un factor más en la precarización absoluta que se da en el mundo del periodismo. Un ejemplo concreto: recientemente la periodista de El País María Hervás preguntaba al quincenal Diagonal como citar una foto de su periódico. Un trabajador de ese medio le aclaró como hacerlo, añadiendo “podéis pagársela al fotero”. Lo sangrante del caso es que Diagonal utiliza un tipo de licencia que permite que El País o cualquier otro medio, citando adecuadamente, pueda utilizar todos sus contenidos de manera gratuita, incluso remezclándolos y modificándolos. Imaginamos que los periodistas freelance no deben de estar muy contentos con los medios que utilizan licencias como Diagonal.

El intento de superación del «todos los derechos reservados» está suponiendo en la práctica el facilitar la apropiación del trabajo ajeno sin remunerar, y sin distinguir entre El País, un partido neonazi o un blogger fan de tu trabajo. Después de diez años de CC… ¿hay algo que celebrar?

Fuente: http://www.lamarea.com/2012/12/11/diez-anos-de-creative-commons-algo-que-celebrar/

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