Terremoto en San Marcos: del desastre al show político

María del Carmen Culajay

Antes de escribir esta nota tuve serias dudas si debía hacerlo. Por supuesto que lo primero que digo es que acompaño en su dolor a los hermanos y hermanas damnificados por el terremoto. Si hablo del asunto, no es en modo alguno olvidando la catástrofe en juego: las muertes, los heridos, los daños a las viviendas, todo eso es lo más importante. Pero junto a este dolor, que debemos mitigar con nuestra participación solidaria, no podemos dejar de mencionar algo que es igualmente muy importante: el gobierno ha hecho un show político del desastre natural.

Como siempre, los llamados desastres naturales, no son tan naturales. En todo caso dejan ver los desastres sociales ocultos. Lo que no debería pasar de un movimiento de tierra, dada nuestra pobreza estructural y nuestra falta de preparación, termina siendo una catástrofe. Aunque la verdadera catástrofe está en las condiciones de vida: ¿por qué hay gente que sigue muriendo de hambre si tenemos el alimento suficiente para que ello no pase? ¿Por qué hay gente que sigue viviendo en condiciones de extrema vulnerabilidad cuando se sabe que ello es evitable? Insisto: los eventos de la Naturaleza nos dejan ver las inequidades de nuestra sociedad, la catástrofe de nuestros injustos modelos de desarrollo.

El pasado 7 de noviembre hubo un terremoto. Felizmente, el epicentro no se dio en el continente sino mar adentro, y el movimiento de tierra se dio en horas del día, evitando así que las casas que cayeron aplastaran a muchísima más gente si hubiera ocurrido durante la noche. Pero por supuesto hay víctimas. ¡Y muchas! 42 muertos, lo cual ya es un número alto. Por supuesto que no fue como aquel histórico de 1976, donde literalmente medio país quedó destruido y con una cantidad de muertes horripilante: 23 mil. De todos modos, independientemente de la magnitud en juego, cualquier catástrofe es eso: una catástrofe que deja dolor y daños que costarán mucho reparar, o en muchos casos serán irreparables.

Pero aquí sí se vale hacer una comparación. Guatemala, el país de la ¿eterna primavera?, es una de las sociedades más injustas del mundo. E igualmente violenta. Los Acuerdos de Paz que dieron fin a una de las guerras civiles más prolongadas del continente, auguraban la posibilidad de cambios profundos. Pasados ya casi 16 años de su firma, vemos que la situación de base no ha cambiado. Por eso mismo, reclamando mayor justicia social, los hermanos de Totonicapán se movilizaron el mes de octubre, para hacerle saber al actual gobierno su inconformidad con muchas de las medidas tomadas. La respuesta fue, más allá si el presidente o algún ministro dio la orden concreta, represión: la primera masacre luego de la Firma de la Paz.

Quizá es cierto que desde las altas esferas del gobierno no se buscó esa confrontación y la muerte de ocho personas; pero eso fue lo que sucedió. Si el responsable fue un oficial del Ejército, algunos soldados asustados, una orden dada bajo de agua, o una suma de causas que hicieran que todo se fuera de las manos, no importa. El hecho político es que una manifestación pacífica fue reprimida brutalmente. Alguien tiene que hacerse responsable de eso. Por eso mismo fue que el gobierno del general Otto Pérez Molina quedó golpeado. Su reputación quedó dañada, en entredicho. Tratar de criminalizar la protesta social –como se hizo unos días después de los hechos de Totonicapán cuando el 20 de octubre infiltrados en la marcha que evocaba la Revolución del 44 vandálicamente quisieron dar el mensaje de un movimiento popular “terrorista” atacando edificios públicos– no es el camino. El diálogo, con el que se llena la boca el gobierno, es lo que menos se da. Es por eso que, luego de esas ocho muertes de hermanos indígenas, la figura presidencial sufrió un desgaste considerable.

¡Y allí providencialmente aparece el terremoto en San Marcos!

Una vez más lo digo: no es que no haya habido catástrofe, muerte, destrucción, dolor, pérdidas irreparables. No, por supuesto que no. Pero el evento sísmico ha sido exagerado por el gobierno. Se presenta el terremoto como un apocalipsis, cuando en realidad –felizmente– no lo fue. Con esto la administración de Pérez Molina se lava la cara y puede fortalecerse. La masacre de Cumbre de Alaska ya salió de escena. Ahora de lo único que se habla es del terremoto, y en estos momentos, de la reconstrucción de San Marcos.

Por mi trabajo tuve ocasión de ir en un par de oportunidades por allá, y puedo afirmar que los daños no son tan inconmensurables como el gobierno y una prensa oportunista lo presentan. No sé si esto está hecho para generar grandes negocios para el gobierno y sus allegados, vía decretos de urgencia. Quizá, como siempre pasa en estas ocasiones, haya negocios sucios. Dado el estado de calamidad nacional decretado, se hace muy difícil supervisar con transparencia todos los fondos que ahora se destinan para el área afectada. Pero no es tanto para hacer negocios que se montó el show: es, ante todo, un show político. Es una forma de levantar los puntos ante una opinión pública –nacional e internacional– que vio cómo la “mano dura”, en realidad, es tal para reprimir al pueblo cuando se moviliza y protesta por cosas justas.

¿Por qué no se moviliza de esa misma manera el gobierno para atender el hambre crónica, la desnutrición, el analfabetismo, la falta de empleo, las condiciones paupérrimas en que vive uno de cada dos guatemaltecos? Esperando que los hermanos marquenses no se ofendan por estas líneas, lo que quiero dejar ver es que, en muy buena medida, se está jugando con la buena fe de los guatemaltecos y guatemaltecas: que el desastre, lejos de ser una tragedia de proporciones tan impresionantes, es más bien una buena manera de levantar la imagen presidencial y del gobierno en general.

mculajay621@gmail.com

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