Por sus novelas (policiacas) los conoceréis

Maciek Wisniewski*
Hablando de su nueva novela, Los sordos, el escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa dijo que cuando 98 por ciento de los crímenes queda sin resolver, el género policiaco es imposible.
En Inglaterra o en Estados Unidos se llega al fin; en Sicilia y en Latinoamérica los crímenes no se resuelven en 98 por ciento de los casos. Basta con mirar los periódicos. Eso imposibilita el policiaco y da lugar a un género distinto (El País, 15/9/12).

Pensé que dijo Guatemala, pero dijo Latinoamérica. ¿Decía Latinoamérica y pensaba Guatemala?
Al parecer en América Latina la novela policiaca (negra) goza de buena salud, a pesar de que hace unas décadas Carlos Monsiváis dudaba de las posibilidades de este género en la región donde se desconfía de la justicia (Revista de la UNAM, 1973).

Eso sí: las novelas negras cobran formas distintas a las clásicas o a las que aparecieron con el reciente boom en Europa (v. gr., Henning Mankell y su Kurt Wallander). Evolucionan para ser posibles: no tienen casos resueltos, a veces ni detectives, reflejando la realidad, las fallas en el aparato judicial y la colusión de agentes de la ley con la delincuencia. Con la “guerra al narco” mutan aún más o de plano hacen lugar a toda la narcoliteratura. Caso aparte sería Cuba con Leonardo Padura y su serie más clásica sobre el detective Mario Conde. En fin: las hay y varias; sólo en Guatemala, el país donde la impunidad es la norma y una enfermedad endémica, apenas –si no me equivoco– unas cuantas, también heterodoxas.
Y la cifra citada por Rey Rosa se refiere precisamente a este país: según la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (Cicig), 98 por ciento de los crímenes y delitos quedan impunes. No reciben solución jurídica, ni pesquisa alguna.

La impunidad abarca tanto a los asesinatos u otros delitos como al genocidio, con saldo de más de 200 mil víctimas, y demás crímenes de guerra (1960-1996).

Francisco Dall’Anese, fiscal costarricense, jefe de la Cicig, dice que comparado con países como Alemania, donde se resuelve 94 por ciento o más de homicidios, el sistema allí funciona al revés.

Al parecer para desahogarse un poco, él mismo escribió una novela (La huella de los zopilotes), donde narra la penetración de las instituciones por el crimen.
Gracias a la fiscal Claudia Paz y Paz y la Cicig hay pequeños avances en la justicia, a pesar de la resistencia de los grupos en el poder que gozan de impunidad: se enjuició a varios militares, se esclarecieron algunos asesinatos más notables, se redujo la tasa de homicidios (en 2011 fue de 38.6 por cada 100 mil habitantes).

Pero muchas veces la única esperanza de la justicia sigue siendo el linchamiento.
Hablé sobre esto con Francisco Goldman, novelista guatemalteco-estadunidense, autor de El arte del asesinato político: ¿quién mató al obispo?, que trata del asesinato de monseñor Juan José Gerardi –crimen nunca esclarecido plenamente–, quien publicó el reporte sobre el genocidio. “Una novela policiaca, con caso resuelto y justicia hecha en Guatemala, sería muy inverosímil. Mentira, daría cierta nausea, incluso si fuera bien contada, porque siendo novela –y no reportaje– tendría que crear una sensación de ‘verdad’”, dijo.

Juan José Guerrero, médico y cirujano consultado sobre lo mismo, arrojó datos interesantes: En los casos que sí se resuelven (2 por ciento), a la vez, 98 por ciento de las pruebas son testimoniales, no científicas (criminología, ADN, etcétera). En ese 98 por ciento hay mucha mentira. Por ejemplo, en Holanda las pruebas testimoniales son sólo 2 por ciento. La escena del crimen en Guatemala es la más contaminada de América, creo, si no del mundo. Para muestra, la descripción de Goldman respecto al tratamiento dado al entorno donde mataron a monseñor Gerardi.

Juan Villoro, indagado igual, contestó: Bien dice Rey Rosa: el predominio de la impunidad hace que sea inverosímil que un detective resuelva crímenes en una novela guatemalteca o mexicana. Esto elimina las tramas de deducción, tipo Sherlock Holmes. Pero subraya a la vez que en México hay una larga tradición de la novela negra que apunta al contexto político como un impedimento para resolver los casos y denuncia las injusticias y abusos del poder.
Al final pregunté a Julio Escoto, escritor y cuentista hondureño. Honduras es un país en descomposición tras el golpe de 2009, invadido por narcotráfico con la tasa de homicidios más alta del mundo: 92 por 100 mil, y con 80 por ciento de crímenes sin resolver. Ahogado además en la violencia política –asesinatos de activistas, defensores de derechos humanos, abogados, periodistas y campesinos– donde la impunidad es casi total.

Al contrario de Rey Rosa, creo que la impunidad existente en Centroamérica (en Guatemala, El Salvador, Honduras), así como la vastedad de formas de crimen, amplían las perspectivas de la novela policiaca. La situación centroamericana podría dar pie, incluso, a un nuevo tipo de novela no tradicional, la policiaca-reportaje, ultrarrealista, ya que bastaría narrar un crimen verdadero con todas sus implicaciones (por ejemplo, del poder) para elaborar un retrato tan exacto de lo cierto que parecería fantasía. Así que más bien estamos desperdiciando una oportunidad, dijo.

Muéstrame una novela policiaca de tu país y te diré de dónde vienes.
*Periodista polaco

Tomado de La Jornada

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