Los cambios cosméticos de la Universidad

César Antonio Estrada Mendizábal
Cualquiera que circule por la Ciudad Universitaria habrá notado una serie de cambios que han mejorado su aspecto: se renovó el pavimento y se señalizó la calle circundante, se ha sembrado grama en diversas áreas verdes (aunque también se han perdido algunas), la jardinización ha aumentado y se ha mejorado su arreglo, y la Plaza de los mártires está siendo renovada. En cuanto a los nuevos edificios, su arquitectura es desigual; algunos muestran falta de gusto y consideración al ambiente que los rodea.

Por otra parte, es frecuente ver afiches y vallas o carteleras publicitarias que anuncian orgullosamente que tal o cual unidad académica está participando en los de moda procesos de acreditación, o bien promueven en los universitarios actitudes y valores considerados positivos con el fin de promover los cambios que la universidad necesita. Algo así como lo que intentó el demagógico y fallido intento de Guateámala o la grotesca campaña comercial y pseudonacionalista de Ricardo Arjona y Pepsicola.

Ante estos cambios externos y visibles de la Universidad Nacional de San Carlos, surgen algunas consideraciones. En primer lugar, dada la limitación de recursos de la Universidad, es de esperar que el dinero usado para costear estas obras sea bien utilizado, tomando en cuenta que se están realizando en una institución de educación superior, y que su uso se haga con claridad y honradez (algo ilusorio, quizá, si tenemos en cuenta la corrupción generalizada en el país).

En segundo lugar, si bien a todos nos gusta trabajar y estudiar en un ambiente apropiado, en edificios de fachadas presentables y ver bonitos jardines, no es menos cierto que el control del tránsito vehicular y el ordenamiento de los estacionamientos es urgente, y que la limpieza en corredores, aulas y servicios sanitarios deja mucho que desear y desdice de una universidad que se precie de serlo. Ha habido mejoras en el equipamiento de auditorios y de aulas pero todavía hacen falta pupitres, ambientes donde puedan estar los estudiantes mientras esperan sus clases, y salones para los profesores, y los laboratorios no cuentan con todo el material o aparatos necesarios para su buen funcionamiento. En realidad, cualquier universitario en su propia posición puede ver qué necesidades institucionales deben aún satisfacerse para desarrollar bien sus actividades.

Finalmente, atender y componer sólo lo externo, lo que se ve y que generalmente no va a la raíz de los problemas, tiene, además, el inconveniente de apaciguar el deseo de cambios fundamentales, de hacer creer que ya se está haciendo lo suficiente y que no hay que preocuparse más. A los dirigentes y a los malos políticos, por cierto, esto les cae muy bien pues los hace ver y quedan como muy cumplidores e interesados por el bien común o de la institución. (El alcalde Álvaro Arzú es un ejemplo de olvidar lo prioritario y ocuparse principalmente de lo que le da notoriedad.)

En vista de de todo esto, los universitarios deberíamos estar al tanto del rumbo y de las actividades de nuestra casa de estudios para que no haya necesidad de que se nos recuerde el adagio, Por encima lo reluciente y por abajo lo que se siente.

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