Corrupción: asunto de todos

Por Marcelo Colussi –
mmcolussi@gmail.com

En el Congreso hace ya algunos meses que se encuentra en tratamiento la Ley anticorrupción. ¡Y no hay modo de hacerla salir! Pero lo más dramático es que todo augura que no va a salir nunca (un anónimo que circuló en el Parlamento entre los legisladores así lo recomendaba). Incluso, de aprobarse, tendrá tantas enmiendas y tijeretazos –no para mejorarla, por supuesto– que el producto final será una cosa intrascendente, aguada, con tantos compromisos que lo que menos hará es castigar e impedir la corrupción. ¿Por qué? Asunto difícil, sin dudas.

La corrupción no es un dato accesorio, circunstancial. Está enraizada en la cultura, es histórica. En realidad, es un hecho humano: “hecha la ley, hecha la trampa”. Hasta donde se conoce, en todos los rincones del mundo y en cualquier época puede encontrársela; es decir: no es privativa de Guatemala. Lo cierto es que aquí ocupa un lugar de preeminencia en nuestra cotidianeidad. Es “normal”. Y obviamente no es asunto exclusivo de los políticos profesionales, esos que ocupan las curules e hicieron desaparecer los 82 millones de quetzales vez pasada, o que suelen desviar fondos públicos hacia sus cuentas privadas desde algún puesto de gobierno.

La corrupción, en todo caso, está en el día a día, no es patrimonio de “entacuchados del gobierno”: está en la calle, en la cotidianeidad, en nuestra historia. Como dijo G. de Maistre (frase erróneamente atribuida a Maquiavelo): “los pueblos tienen el gobierno que se merecen”, expresión ligeramente suavizada por Malraux en el Siglo XX: “la gente tiene los gobiernos que se le parecen”.

¿Por qué los legisladores llevan tan a la larga la aprobación de esta ley en nuestra Asamblea? Porque ningún poder quiere tocar eso, así de simple.

Pasan distintas legislaturas, cambian los gobernantes de turno y la corrupción se mantiene. ¿Qué indica eso? Que los negociados no son exclusividad de los funcionarios públicos. Si no ¿por qué se repite lo mismo con cada administración? En definitiva, los gobernantes son la viva expresión de los gobernados. ¿No es eso acaso la democracia? Seguramente un puesto alto en el gobierno permite “mordidas” mayores que en niveles más bajos, pero la cultura de la mordida está extendida por doquier, y por supuesto necesita de dos: funcionario público y ciudadano. La evasión impositiva, por ejemplo, o el “pistear” para conseguir cualquier favor, o los “conectes” que permiten saltar trabas administrativas, no son exclusividad de los políticos. ¿O todo eso no es corrupción?

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