El limosnero de La Recolección

Por Gustavo Abril Peláez  ( http://www.facebook.com/GustavoAbrilPelaez )

Salió de su casa, -frente a Recolección– como si lo hubiera vomitado de allí la miseria. Afuera, el cielo plomizo y un vientecillo pringado de alfileres helados anunciaban la entrada del invierno; adentro, la refri vacía y las notas de cobro apiladas sobre una mesita contaban mejor que viejas chismosas los meses que Román Callejas llevaba sin conseguir empleo. Aún no había comido, así que se cubrió lo mejor que pudo y caminó hacía el atrio de la iglesia donde, cada mañana, ajustando monedas, compraba a la señora del canasto dos panes dulces y un pocillo de arroz con leche.

Ya con el estómago caliente, Román consiguió un periódico y se sentó a leer la sección de empleos en una de las bancas del parquecito que rodea la iglesia. Hacía meses que el hombre se pasaba horas enteras viendo a los lavadores de carros en su afán cotidiano de enganchar clientes, acarrear cubetas y retorcer trapos mientras las palomas bajaban del campanario y alzaban el vuelo, una y otra vez, espantadas por el ir y venir de la gente.

Poco antes del mediodía el cielo se encapotó hasta ponerse muy negro, el olor a humedad y el rumor de la lluvia se hicieron sentir sin aviso previo. Uno tras otro, desmesurados goterones comenzaron a explotar en la cabeza de Román y en la sección clasificada del diario. A diferencia de toda la gente que corría tratando de no mojarse, Román se levantó y empezó a caminar despacio.

Junto a la pileta del parque, por un agujero del pedazo de nylon con que trataba de resguardarse, un viejo mendigaba extendiendo la mano; era la primera vez que Román lo veía en aquel lugar: su cara huesuda le recordaba a alguien que no lograba identificar. Para andar regalando el dinero estoy yo, pensó Román, indispuesto a detener la marcha. No había dado dos pasos cuando la mirada marchita del limosnero le perforó la consciencia como si fuera un balazo.

 

Después de una noche de lluvia, el sol se plantó muy radiante sobre el campanario de la iglesia de La Recolección; Román se levantó, se acicaló un poco, salió por el zaguán y caminó sin convicción hasta el parquecito: era de esperar que la señora del canasto se negara darle la comida de fiado.

Caminaba con desgano por los recovecos del parque, pero al llegar a donde, el día anterior, había visto al mendigo, el corazón le dio un vuelco cuando creyó ver unos billetes apuñuscados, tirados junto a la pileta. ¡Qué bueno es Dios! Pensó mientras se agachaba, alegre, estirando la mano: los tales billetes no eran más que hojas secas, caca de paloma y un bodoque de lodo.

Al ver su expresión, desmoralizada, reflejada en el agua, Román supo de inmediato a quién le recordaba la cara huesuda del viejo: a él mismo… cuando lo atormentaban el hambre canija, la soledad y las malditas penas.

 

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