Caso OVNI KJ 2

Gustavo Abril

Para Luisito era cosa de todos los días (menos los sábados y domingos) levantarse a las cinco, bañarse con agua fría, ponerse el uniforme, desayunar sin tener hambre y salir a esperar el bus a una cuadra de su casa, sin embargo, ese día, el niño quiso cambiar la rutina y cruzar caminando “los cerritos” de Kaminal Juyú, y juntarse, al otro lado, con unos compañeritos para esperar con ellos el bus del colegio. La hierba todavía estaba empapada por el sereno y el sol aún no disipaba el banco de niebla que cubría el gran parche verde que emergía como un milagro entre tantas cuadras atiborradas de asfalto, ladrillo y concreto.

Había recorrido la mitad del camino cuando creyó ver, entre la niebla, la silueta redondeada de un gran objeto metálico; al principio casi lo paraliza el susto, pero la curiosidad pudo más que todos sus miedos: muy despacio se fue acercando hasta comprobar que sus ojos no lo habían engañado. Allí estaba la nave: quieta, posada con su forma rechoncha y sus patas flacas de hierro, muy firme sobre la tierra. Luisito dejo de avanzar -porque los alienígenas podrían estarlo viendo desde adentro-, colocó a un lado el bolsón, se agazapó sobre el suelo y se quedó allí, como gato, muy quieto.

Mil fiebres consumían su mente: que sí eran pacíficos o venían en son de guerra; que sí venían de Marte o de otro lugar más distante. Fuera como fuera, todo lo que decían en ese programa de radio que escuchaba, cada semana, sobre la existencia de vida inteligente en otros planetas, era cierto: ¡En verdad existían los platillos voladores y los extraterrestres!

Las horas que pasaron mientras esperaba a que salieran los alienígenas las aprovechó lo mejor que pudo: con gran cuidado sacó de su bolsón un borrador y un lápiz, y aunque no estaba del todo seguro si aquello era evento histórico o, más bien, materia de interés científico, se decidió por el cuaderno de ciencias para dibujar cada detalle del aparato y sus posibles ocupantes.

A eso de las once, un enjambre de hombres apareció cargando una gran cantidad de equipo cinematográfico. Creyendo que eran científicos, a Luisito no le pareció raro que trajeran tanta cámara para filmar el acontecimiento. Mayúsculo fue su asombro cuando vio al más viejo del grupo tomar un megáfono, sentarse en una silla plegable y gritarle a todo mundo: “!Atención señores¡ ¡¿Listos?! ¡Luces, cámara… acción!”

El pobre patojo sí que estaba en problemas: no tenía idea de cómo iba a explicarle a su padre que no había ido al colegio porque al director Rafael Lanuza se le había ocurrido filmar, justamente a la vuelta de casa, el largometraje de CiFi“Superzan y el niño del espacio”.

Nota: La imagen corresponde al verdadero platillo volador de utilería, usado por Lanuza, en la filmacíon “Superzan y el niño del espacio”, en el parque arqueológico Kaminal Juyú, en la zona 7 de Ciudad de Guatemala, en el año 1972.

 

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