Contracepción masculina

Javier Flores
Desde el surgimiento de la Píldora, en los años 50 del siglo XX, la investigación científica se orientó de manera casi exclusiva a la creación y perfeccionamiento de anticonceptivos para las mujeres y muy poco hacia la búsqueda de métodos de contracepción que pudieran ser usados por los hombres. Sin embargo, esta orientación parece estar cambiando, como muestran estudios muy prometedores que permiten anticipar que en pocos años se podrá contar con sustancias capaces de actuar sobre el organismo masculino y evitar embarazos no deseados.

El viernes pasado la revista Cell publicó un estudio en el que Martin Matzuk y sus colaboradores demuestran que una pequeña molécula, cuando es administrada a ratones machos, inhibe la formación de espermatozoides (espermatogénesis). Si bien el camino es todavía largo, pues por ahora se trata de experimentos realizados en una especie muy distinta de la humana, trabajos como éste muestran que cada vez estamos más cerca de contar con instrumentos que amplíen las posibilidades para la regulación de los procesos reproductivos, considerando ahora no sólo el cuerpo femenino.

Antes de que se iniciara el siglo XXI, las nociones médicas y científicas sobre la contracepción masculina descansaban casi por entero en la administración de una sustancia, la testosterona. Desde un punto de vista funcional, al incrementarse los niveles de esta hormona en la sangre se interrumpen las señales químicas provenientes de una glándula situada en el cerebro, la hipófisis, que son esenciales en la espermatogénesis. Sin embargo, la efectividad de este método ha sido pobre, y da lugar a efectos indeseables, pues la testosterona, sola o combinada con otras hormonas, actúa no solamente en el sitio en el que se forman las células sexuales, sino en todo el organismo.

Esto ha llevado a la búsqueda de anticonceptivos masculinos no hormonales. En 2000, por ejemplo, Mulryan y sus colegas, en un trabajo publicado en la revista Nature, mostraron que la alteración de sitios específicos en la membrana de las células de los vasos deferentes (cuya contracción impulsa los espermatozoides hacia el exterior) podían ser afectados con drogas, y producir con ello infertilidad en ratones. Si bien en este caso no se veía afectada la espermatogénesis, este estudio ilustra cómo la indagación se dirige ahora hacia la búsqueda de blancos específicos.

En la primera década del presente siglo, la atención se ha puesto en los genes y las proteínas relacionadas con la formación de células sexuales. En el trabajo de Matzuk citado al principio, el blanco es una proteína (llamada BRTD) directamente relacionada con la formación de espermatozoides. Cuando se modifica esta proteína, en este caso por la administración de una molécula sintética llamada JQ1 (que se le pega y transforma su estructura) se produce la reducción de: a) el área de los túbulos seminíferos, b) el tamaño de los testículos y c) el número y la movilidad de los espermatozoides. Todo lo anterior, sin afectar los niveles de las hormonas masculinas en la sangre (testosterona) ni la conducta de apareamiento en los ratones.

Lo interesante de este trabajo radica en que la BRTD se encuentra presente no sólo en roedores, sino también en los humanos. Algunos estudios anteriores han mostrado que la alteración de los genes que dan lugar a esta proteína se asocian con un bajo número de espermatozoides (oligospermia) o la ausencia de los mismos (azospermia) en la población masculina europea, según mostró un estudio realizado por Aston y sus colegas en 2010.

Un aspecto de gran importancia es que todos los cambios observados en el trabajo de Matzuk son completamente reversibles, es decir, tanto los túbulos seminíferos como el volumen de los testículos, el número de espermatozoides y su movilidad recuperan los valores normales al suspenderse la administración de JQ1. Resulta muy llamativo que, al aparearse con hembras adultas, los ratones sometidos previamente al tratamiento recuperan por completo su fertilidad, lo que da lugar al nacimiento de ratoncitos, los cuales al crecer y aparearse producen una nueva generación de ratones sanos. Esto indica que no hay efectos transgeneracionales ni en la fisiología del testículo ni en la capacidad reproductiva.

Todavía están lejanos los ensayos con la JQ1 en humanos, y tendrán que pasar algunos años para que podamos contar con una píldora para hombres (a partir de ésta u otras sustancias); sin embargo, investigaciones como la descrita, nos permiten saber dónde estamos en el área de la contracepción masculina.

Tomado de La Jornada

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