El suicidio

Por Gustavo Abril Peláez ( http://www.facebook.com/GustavoAbrilPelaez )

 “La idea del suicidio es un gran consuelo. Ha permitido a no pocos hombres sobrellevar una mala noche.”, subrayó, a las 2 de la mañana, con un resaltador verde, en la página 104 de su libro de Nietzsche. Algo lo atormentaba y no lograba entender qué era. La noche, en aquella casa de huéspedes de la 12 avenida, se alargaba más que de costumbre y sus ganas de dormir se convertían en blancas bocanadas de humo y algo de ceniza.

Se levantó desganado con la primera luz del día y no quiso comer nada en el desayuno; olvidó peinarse -o quizá no le dio la gana hacerlo-, salió a la calle y caminó sin rumbo hasta que la idea de matarse dejó de ser una opción descabellada y se convirtió en lo único sensato. Estaba harto del esfuerzo cotidiano de llevar a rastras su inútil vida.

Tumbado en la cama trataba de disfrutar sus últimos momentos pensando en lo rápido que acabaría todo. La vida entera pasó frente a sus ojos, no en un minuto, como dicen que pasa los que conocen del tema, sino a pausas… muy despacio: rostros, momentos, sueños; infancia, adolescencia; el hoy y el ayer haciendo fila para cargarlo en hombros y llevarlo, como en cámara lenta, hacia el umbral de la muerte.

Al amanecer del día siguiente sus párpados se abrieron. Apenas vio su mano: tiesa, retorcida y de un color azul morado. De pronto sintió que la muerte le arrancaba el alma y que algo muy frío roía sus huesos; quiso escapar, quiso gritar para pedir ayuda… quiso rogar al cielo por otra oportunidad. Sus ojos se cerraron de nuevo. Ni siquiera pudo moverse para salvar la vida.

Sorprendido despertó a los tres días. No podía creerlo: ¡Seguía vivo! Se levantó como pudo y logró llegar al espejo -estaba flaco, demacrado y ojeroso-, luego abrió de par en par la ventana para dejar entrar la luz del sol. Mientras aspiraba una bocanada de aire fresco, dio gracias a Dios por el milagro y juró por su madre que, en adelante, gozaría al máximo cada minuto de vida.

Sobre la mesa de noche, el frasco vacío ofendía su vista; en un arrebato lo agarró con intención de tirarlo.

-¡Condenada farmacia… estas mierdas ya estaban vencidas!- Dijo, sin poder contener la risa.

 

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