Caites de indio

Por Gustavo Abril Peláez ( http://www.facebook.com/GustavoAbrilPelaez )

Subió al bus por Montufar, pagó el pasaje, se asió del tubo y agudizó la vista para escudriñar entre la gente, luego caminó por el pasillo haciendo alarde de equilibrio, llegó hasta donde estaba Rafa y se sentó a su lado; él la saludo, incapaz de disimular el irresistible deseo de mirarla. Tenía más o menos su misma edad, su rostro era como el sol de la mañana, y su piel bronceada era casi tan dorada como el trigo suelto de su pelo. Vestía a la usanza de aquellos años (los 70´s): jeans azules con bordados, una camiseta unisex salpicada de colores, anillos de mostacilla, caites de indio y un morral de cuero.

De inmediato entablaron conversación: él, cautivado por su belleza, quería saber todo de ella, ella no hacía otra cosa que hablarle del amor de Dios. El bus apenas llegaba a la Plazuela cuando la joven le entregó un panfleto… cosa de nada: la mitad de una pequeña hoja doblada en la que se veía una representación caricaturizada del milagro de los panes y los peces y algunos mensajes bíblicos muy bien escogidos para el reclutamiento. -Visítanos en la comuna y te enseñaremos el amor libre, tal como lo enseñaba Jesús- dijo casi en tono de reto. Después de darle un beso en la boca, serpenteó de nuevo por el pasillo del bus y, haciendo otro malabar con su cuerpo, toco el timbre y se apeó sin más entre la Reforma y la séptima.

Esa noche Rafa no pegó un ojo: a cada rato estiraba la mano hasta la mesa de noche para encender la lámpara y leer otra vez el panfleto; siempre se detenía en la misma línea; “el amor de Dios… el amor de Dios… el amor de Dios”, repetía en sucesivas letanías, dejándose llevar por la hormonal estampida que le provocaba recordar aquel húmedo beso, la piel dorada y el sinuoso cuerpo.

Nadie vio en qué momento desapareció Rafa de casa… nadie supo a ciencia cierta lo que fue de él; después de buscarlo por todas partes, resignados a echarle la culpa a la situación política de aquellos infames tiempos, sus familiares lo dieron por muerto. Años después, alguien dijo que creía haberlo visto subir a un bus, en México, luciendo una cola de macho, unos jeans desteñidos, unos caites de indio y un morral de cuero del que sacaba panfletos.

 

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