Infierno para un “señor presidente”

Por Gustavo Abril Peláez ( coonassbooksnweblogs@gmail.com )

Terminaba un día de febrero con un celaje incendiario sobre el Valle de la Ermita.Wop, wop, wop, wop: las aspas del helicóptero macheteaban el aire en su aproximación a tierra. El hombre, absorto, miraba la ciudad por la ventanilla: tan hermosa, tan llena de matices, tan llena de vida… tan llena gente cuyas penas no se ven desde arriba.

Recordaba sus días de campaña: alegres caravanas, esperanzas y promesas regaladas a montones; imagen fabricada en photoshop, su “yo inventado” –el nuevo mesías sonriendo por la tele, colgada su foto (hasta dar nauseas) en las plazas y en las calles-.

De pronto una punzada en el corazón le hizo bajar la cabeza y agarrarse con fuerza el pecho; su secretario privado le aflojaba la corbata mientras el jefe del Estado Mayor ordenaba al piloto aterrizar en el hospital más cercano. En su agonía, el mandatario se veía a sí mismo transfigurado… se veía llevando, como Cristo, las llagas y dolores de su pueblo: sintiendo la angustia del vecino de El Milagro, ahogado en deudas por no encontrar trabajo; sintiendo el calor de los balazos que un marero le daba en el rostro a un chofer de la 70 por no pagar el “impuesto”; sintiendo la ruina de un soñador al quebrar su pequeña empresa por el último paquetazo fiscal, con sus asfixiantes aranceles e impuestos; sintiendo el miedo, el dolor y el asco que sufría una jovencita mientras la raptaban y violaban tres policías asquerosos y deshonestos.

Justo aterrizaban en el Hospital General San juan de Dios cuando el señor presidente recuperó el aliento. Al darse cuenta del lugar al que lo llevaban, sus ojos se abrieron desmesuradamente; se notaba su desesperación mientras trataba hablar sin lograrlo: no quería que lo internaran allí… de desgracias y de infiernos ya había tenido suficiente.

 

 

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