Buscando a Óscar II

La cacería de los Kaibiles y un final inesperado

Por : Sebastian Rotella, ProPublica y Ana Arana, Fundacion MEPI en Reportajes de investigación Publicado:

La huella de Óscar se había desvanecido. Mientras intentaba llegar a él, la fiscal Sara Romero comenzó una búsqueda para ubicar, interrogar y acusar a los Kaibiles que participaron en la masacre de Dos Erres. Dos mujeres movieron todos los hilos. Todos los militares que encontraron en Guatemala y EE.UU. hoy cumplen condena. Siete siguen prófugos. Esa misma búsqueda les entregó las pistas que las llevaron a Óscar. Sara le escribió un mail que comenzaba diciendo: “Usted no me conoce…”. Óscar dejó entonces de ser un trofeo de guerra y volvió a ser el hijo de un viejo campesino que nunca superó su pérdida.

El verano del 2000, Óscar vivía cerca de Boston cuando recibió una carta que lo dejó perplejo.

Un primo suyo en Zacapa le había enviado una copia de un artículo publicado en un diario de la Ciudad de Guatemala. Describía la investigación de Romero en busca de dos jóvenes que habían sobrevivido a la masacre y habían crecido en familias de militares.

“El Ministerio Publico busca a raptados en Las Dos Erres”, decía el encabezado. “Sobrevivieron a la matanza”.

La nota explicaba que los fiscales habían identificado a ambos jóvenes. Uno de ellos, Óscar Ramírez Castañeda, vivía en algún lugar de los Estados Unidos. Era posible que por la corta edad que tenía cuando todo sucedió, no recordase nada de la masacre o del secuestro por parte del teniente, mencionaban los fiscales.

El periódico mostraba una foto de Óscar a los 8 años. El artículo contenía más información sobre Ramiro, ya que los fiscales habían logrado interrogarle antes de que consiguiera asilo en Canadá.

La foto mostraba a Ramiro como cadete, sosteniendo un rifle y vestido con el mismo uniforme del Ejército que había asesinado a su familia. El texto mencionaba que existía la sospecha de que ambos chicos, que tenían ojos verdes y piel clara, eran hermanos.

“La orden era acabar con todos los habitantes de Dos Erres”, decía el artículo. “Nadie puede explicar por qué el teniente Ramírez Ramos y el sargento López Alonzo tomaron la decisión de llevarse a los dos niños”.

Óscar estaba desconcertado y llamó a una tía en Zacapa:

-¿De qué se trata todo esto? ¿Por qué sale mi foto en el periódico? –le preguntó.

Su tía había leído el artículo y le dijo que no sabía qué pensar de las acusaciones, salvo que eran falsas. Insistió en que el teniente era su padre y que no pensase más en eso. Según ella, la historia era un intento de la izquierda por manchar el nombre de un honorable soldado.

En medio de los conflictos ideológicos de Guatemala, era posible. Muchas familias afiliadas al Ejército o a partidos políticos de derecha sentían que la izquierda había distorsionado la historia de la guerra civil. Se quejaban de que los guatemaltecos y los críticos extranjeros exageraban los abusos de las Fuerzas Armadas mientras desestimaban la violencia de la guerrilla.

La tía de Óscar le convenció de que las acusaciones eran demasiado extrañas como para ser creíbles.

-Si de verdad tengo un hermano, como dicen, que me busque. Él sabrá si es mi hermano o no -le dijo a su tía.

Las memorias de Óscar respecto a su niñez más temprana eran borrosas. Nunca había sabido nada de su madre y no tenía recuerdos reales del teniente. El joven había crecido en una casa de dos cuartos, en una granja de la región seca y caliente de Zacapa. Su familia cultivaba tabaco y cuidaba el ganado. La matriarca de la familia era su abuela Rosalina, quien lo crió tras la muerte del teniente Ramírez. Óscar la consideraba como su madre.

Rosalina era cariñosa y estricta, Óscar siempre tenía tareas que hacer. Ordeñaba a las vacas a las cinco de la mañana, trabajaba el campo después de la escuela e intentaba hacer cigarrillos, aunque nunca fue su fuerte. Amaba la vida en la granja, montar a caballo, caminar en el campo. Sus tías se aseguraban siempre de que fuera limpio y bien vestido a la escuela.

Los Ramírez eran personas trabajadoras y esforzadas. Uno de los tíos de Óscar era un reconocido doctor. Dos de sus tías eran enfermeras. La familia, sus vecinos y amigos sentían mucha admiración por el padre de Óscar, el teniente, por su generosidad y sus proezas en el campo de batalla. Había ayudado a pagar la educación de sus hermanos y había llevado a sus compañeros combatientes de Nicaragua para establecerse en Zacapa. Un campo de fútbol de una escuela militar llevaba su nombre en su honor.

Sin embargo, Óscar nunca mostró interés en seguir los pasos del teniente. Sus tías le intentaron convencer de ir a un colegio militar, pero a él no le gustaba recibir órdenes. Tenía un espíritu independiente.

Se graduó de la escuela preparatoria con un titulo de contador. Fue difícil conseguir empleo. Tras la muerte de su abuela, tuvo alguna disputa con familiares por la herencia. Decidió probar su suerte en Estados Unidos. En 1998, Óscar viajó al norte como muchos otros guatemaltecos. Entró a México y cruzó ilegalmente la frontera hacia Texas.

Tras una breve estancia en Arlington, Óscar se estableció en Framingham, Massachusetts. El suburbio al oeste de Boston albergaba una comunidad grande de centroamericanos y brasileños. Encontró empleo en un supermercado. La paga y las prestaciones eran sólidas y nadie lo molestaba por su situación como inmigrante indocumentado.

Pronto su nueva vida lo fue consumiendo. Se reunió con Nidia, su novia de la adolescencia, quien había llegado también de Guatemala. En 2005 se mudaron a una pequeña casa de dos pisos en un complejo residencial.

Nidia dio a luz a dos niñas y un niño, inteligentes y dinámicos que hablaban fácilmente tanto el inglés como el español. Su familia mantenía ocupado a Óscar: la iglesia, las lecciones de natación, las barbacoas. Ascendió como asistente del gerente en el supermercado, pero perdió su trabajo durante una campaña contra inmigrantes en el 2009. Encontró dos empleos: como supervisor en una compañía de limpieza en las mañanas y en un restaurante de comida rápida por las tardes.

Óscar era educado y tranquilo. Hablaba bien inglés. Los clientes frecuentes del restaurante mexicano donde trabajaba llegaron a pensar que era el dueño. A pesar de la precaria vida como inmigrante indocumentado, Óscar gozaba de buena salud y no le faltaba comida en su casa. Se consideraba un hombre feliz.

El artículo en el periódico le había generado dudas. Sin embargo, conocía su país, un lugar donde los misterios abundan y donde las acusaciones y sospechas rebasan a los hechos.

Con el paso de los años, pensaba cada vez menos en ese episodio de su vida.

LA CACERIA AVANZA HACIA EL NORTE

Frustrados por el limbo en el que se encontraba el caso de Dos Erres, activistas guatemaltecos iniciaron un proceso en contra de su propio gobierno en un tribunal internacional.

La acción legal generó la publicación del listado de Kaibiles sospechosos. Algunos habían muerto, pero había otros fugitivos. De pronto, una ayuda de un lugar inesperado apareció: En Washington, D.C. la unidad especial del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (U.S. Immigration and Customs Enforcement, ICE), cuya misión es encontrar a los criminales de guerra que llegan a los Estados Unidos, se interesó en el caso.

Jon Longo, un agente de ICE en West Palm Beach, Florida, de estatura baja y una barbita en el mentón, recibió el caso. Este estadounidense de ascendencia italiana y originario de la ciudad de Boston, tenía 39 años y apenas dos en ese trabajo. Sin embargo, contaba con una maestría en psicología y había trabajado durante ocho años como terapeuta en una prisión. Tenía experiencia para hacer hablar a los criminales.

Investigadores de ICE sospechaban que Gilberto Jordán, uno de los Kaibiles incluidos en la lista, vivía en la comunidad de Florida de Playa Delray, ubicada a media hora en auto desde la oficina de Longo. Jordán trabajaba como cocinero en dos country clubs de la zona. Longo recibió órdenes de investigar a Jordán. Si este participó en la masacre, Longo debía armar un expediente legal en su contra utilizando las leyes estadounidenses.

Jordán no podía ser juzgado por asesinato. Se había convertido en ciudadano de Estados Unidos y no podía ser deportado a Guatemala para enfrentar un proceso en ese país. Estados Unidos tampoco lo podía juzgar por un delito cometido muchos años antes en un país extranjero.

Longo revisó las leyes de inmigración de los Estados Unidos. Jordán, de 53 años, había declarado en sus formularios de naturalización que no fue miembro de las fuerzas militares ni cometió delitos en Guatemala. Si era cierto que había sido miembro del Ejército o había participado en el ataque a Dos Erres, entonces había mentido en su declaración para conseguir la ciudadanía. Había violado la ley estadounidense. Longo quería armar el caso de la manera más simple. Se preguntó a sí mismo: “¿Cómo pruebo que cometió esos delitos?”.

El agente Longo se metió a fondo en los documentos del caso sin perder de vista su meta. Jordán dejó Guatemala poco tiempo después de la masacre y entró por Arizona, sin documentos. En 1986 obtuvo su residencia legal en el país, gracias a una amnistía migratoria que se aprobó en Estados Unidos. Obtuvo su ciudadanía en 1999. Tenia tres hijos grandes, uno de ellos era miembro de los Marines de Estados Unidos y veterano de la guerra de Irak.

Longo pidió el expediente militar de Jordán y confirmó las sospechas acerca de su pasado como soldado Kaibil. En Houston, agentes de ICE detuvieron a López Alonzo, otro de los sospechosos en el caso Dos Erres. López Alonzo era el ex-panadero de la patrulla que se llevó a Ramiro, el niño de 5 años que fue robado. López Alonzo ya había sido deportado de Estados Unidos y volvió a entrar. ICE lo acusó de regresar a Estados Unidos sin documentos por segunda vez.

Longo entrevistó a López Alonzo sobre Dos Erres a principios del 2010. También interrogó a Pinzón e Ibáñez, los Kaibiles arrepentidos que eran testigos. Le hablaron de las acciones de Jordán durante la masacre. En mayo de ese año, Longo estaba listo para arrestar a Jordán. Sin embargo, los fiscales estadounidenses le indicaron que necesitaba evidencias más contundentes que probaran que Jordán había participado en la masacre y que había mentido. Sin una evidencia sólida, como una confesión, la fiscalía no lo podría acusar.

Longo y sus superiores decidieron que era tiempo de visitar a Jordán en su casa. Era una medida arriesgada. Los asesinos tienden a confesar más fácilmente en las películas que en la vida real. Especialmente aquéllos con entrenamiento en operaciones clandestinas y en guerra psicológica.

Longo planificó su encuentro con mucho cuidado. Se enfrentaría a un soldado bien entrenado que podría estar armado. Reclutó a un agente de ascendencia latinoamericana, quien también era veterano de las fuerzas especiales, para que el encuentro fuera más amigable.

Como permite la ley federal, ICE armó una estrategia para acercarse al fugitivo. Jordán había sido miembro de la guardia presidencial en su país. Así que le preguntarían sobre el reciente arresto en Estados Unidos del ex presidente de Guatemala, Alfonso Portillo, por corrupción y lavado de dinero. Después, le preguntarían sobre Dos Erres. Si Jordán no quería hablar tendrían que retirarse.

En la mañana del día del encuentro, Longo ordenó que agentes de ICE siguieran a la esposa de Jordán, quien trabajaba limpiando casas en el área cercana. Los agentes de ICE, por su parte, pensaban visitar a Jordán en su trabajo. Pero justo ese día decidió descansar en casa por enfermedad. Así que con sus chamarras con insignias de ICE, los agentes se presentaron en la casa de Jordán en un barrio modesto multiétnico de Florida. La pick-up de Jordán estaba estacionada frente a la entrada de su cochera. Antes de bajarse de sus vehículos, los agentes dieron dos vueltas a la casa. La primera vez la puerta de la cochera estaba abierta. En la segunda, estaba cerrada.

Longo llamó a Jordán por teléfono y se identificó como un agente federal. Jordán lo invitó amablemente a su casa. Cuando el equipo tocó a la puerta, nadie respondió. Longo volvió a llamarle, pero esta vez no recibió respuesta. El tiempo avanzaba. Los agentes tenían las manos sobre sus revólveres.

“No tenemos una orden de cateo”, pensó Longo. “Quizás tiene un cañón allí adentro”.
Longo llamó a los agentes que vigilaban a la esposa de Jordán. Les pidió que la abordaran y le explicaran la situación. La esposa aceptó llamarlo. Jordán respondió a la llamada como un hombre acorralado.

-Vinieron a matarme -le dijo a su mujer por el teléfono.

-No. Son americanos –le explicó la esposa.

-Están armados -respondió Jordán.

Al final, la tensión se disipó y Jordán abrió la puerta e invitó a los agentes a entrar. Era bajo de estatura. Su pelo canoso tenía un corte militar. Su cara era arrugada. Vestido con una gorra de beisbol, camiseta y jeans, parecía estar descansando. Se sentaron en la cocina alrededor de una mesa de madera rústica. Fotos de sus hijos colgaban en la pared. Comenzaron hablando de trivialidades en una mezcla de inglés y español. Pronto llegó a casa su esposa.

Jordán aceptó responder a las preguntas de los agentes y firmó un formulario de Derechos Miranda, dejando claro que sabía que tenía el derecho legal de no contestar si no quería. Admitió que fue un Kaibil. En su casa no exhibía ningún recuerdo militar porque a su esposa le daba miedo. Ella había escuchado historias de ex soldados atacados en los Estados Unidos por guatemaltecos que odiaban a los militares.

Longo había entrevistado a muchos asesinos en su vida profesional. Jordán no tenía la facha de ser uno. Aunque tranquilo y reservado, parecía querer hablar. “Nos está soltando pequeños pedazos de información”, pensó Longo.

-Tuve problemas en Guatemala. La gente dice que hice cosas. Hubo una masacre -dijo Jordán.

-¿Dónde? –le preguntó Longo.

-En un lugar llamado Dos Erres.

Longo no lo apresuró. La conversación volvió al tema de la masacre. Jordán respiró profundo y entonces, contó la historia de Dos Erres. Les describió la carnicería alrededor del pozo.

“Todos”, dijo Jordán, y luego hizo gestos para indicar que tiraron a las victimas dentro del pozo. Comenzó a llorar…

-Tiré a un bebe en ese pozo –dijo Jordán.

Y contó cómo lloró en el momento en que mató al bebe. Negó haber violado a mujeres o a niñas. Su mujer escuchaba compungida. “Ahora ya sabe de Dos Erres”, explicó Jordán.

“Sabía que este día iba a llegar”, les dijo. Longo pensó que el hombre se había quitado un gran peso de encima.

Después de 45 minutos de conversación, Longo agradeció a Jordán su franqueza. Su corazón latía fuerte. Salió al lado de la cochera y llamó a una fiscal federal para informarla de la declaración de Jordán. La fiscal sabia que Longo quería meter preso a Jordan en el acto. Pero le dijo a Longo que no le arrestara. Quería dejar constancia clara que la confesión fue voluntaria y sin ninguna presión.

-Dile que se presente en tu oficina mañana por la mañana, para una entrevista formal -le dijo la fiscal.

Al día siguiente, los agentes arrestaron a Jordán cuando se presentó con su abogado a la cita. En pocas semanas, decidió admitir su culpabilidad del delito de haber ocultado información y proporcionado declaraciones falsas en su forma migratoria.

La fiscalía quería que recibiera la sentencia máxima. En el juicio en una corte de Florida, Ramiro Cristales se presentó como testigo. Viajó desde Canadá donde vivía como refugiado. Longo pensó que encontraría a un hombre acabado, pero Ramiro era un joven guatemalteco de 33 años lleno de valentía y madurez.

En su testimonio, Ramiro detalló cómo los Kaibiles entraron en la casa donde vivía con sus padres y sus seis hermanos. Los golpearon y los aterrorizaron.

-Comenzamos a rezar porque ellos nos dijeron: “si creen en Dios recen, porque nadie los va a salvar” -atestiguó.

No se sabe la precisión de los recuerdos que Ramiro tiene de ese día. Contó ante la Corte que durante la masacre, se quedó en la iglesia con las mujeres y los niños. Los soldados tiraron a sus hermanitos al pozo.

La condena por el crimen de Jordán rara vez resulta en más de seis meses de cárcel. Pero el juez del Distrito, William J. Zloch, estaba impactado por lo que escuchó en el juicio. Cuando el abogado de Jordán argumentó que su cliente no era un peligro para la comunidad, el juez se enfadó aún más:

-¿Después de todas estas acusaciones?, ¿cuánto más tiene que cometer después de este incidente? ¿Cuántas otras cabezas tiene que aplastar? ¿Cuántas otras mujeres tienen que ser violadas? ¿A cuántas otras personas tienen que disparar? ¿Cuántas? -demandó saber el juez Zloch.

En septiembre 2010, Jordán recibió la sentencia máxima por el crimen: 10 años en una prisión federal.

Los investigadores de ICE volvieron a revisar la lista de Kaibiles y los buscaron en todo Estados

(*)Un reportaje de Fundacion MEPI y Propublica.

Te gusto, quieres compartir