Enseñemos historia, para olvidar nuestra historia

Por Ana Eugenia Paredes Marín –

¿Quién recuerda lo sucedido el 26 de abril hace 14 años? Quizá las personas que sobrepasan los 40, 50 o 60 años lo tengan presente; probablemente quienes tienen entre 25 y 30 lo recuerden menos; pero me pregunto si los jóvenes menores de 25 años, ¿sabrán quién fue Monseñor Juan Gerardi? ¿Sabrán por qué lo asesinaron? ¿Conocerán el proyecto que él, junto al equipo de investigación de la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala (ODHAG), realizó para recuperar los relatos de miles de personas que sufrieron violaciones a los Derechos Humanos durante el guerra interna? ¿Conocerán las causas de esta guerra? Sinceramente, dudo que la mayoría de jóvenes y niños de Guatemala, conozcan lo ocurrido durante esta época; y mucho menos, que conozcan las causas y las consecuencias que tuvo este conflicto. ¿Por qué lo dudo?

Es evidente que en este país, la enseñanza y el análisis de la Historia como un proceso en el que se evidencian las relaciones de poder imperantes en el país y el mundo, quienes son los detentores de este, y las estrategias que han utilizado para mantener su hegemonía, son poco practicadas en los centros educativos. Lo afirmo, pues hace poco encontré un reportaje en el que se muestra que al Ministerio de Educación le importa poco –o nada– que los catedráticos se capaciten para la enseñanza de esta materia: Según el escrito, en más de las 10 escuelas visitadas no se cuenta con nuevas ediciones de libros de Historia desde hace 10 años, por lo que cada maestro la interpreta como puede y quiere (señalando también el reportaje, que las capacitaciones son prioritariamente dirigidas a fortalecer las capacidades del docente en las materias de lenguaje y matemática).

Según se relata, el Ministerio de Educación interpreta que es suficiente remarcar ciertos episodios, y dar lineamientos sobre conceptos claves, para que sean los catedráticos quienes desarrollen labores de investigación que nutran la enseñanza de los sucesos indicados. La perspectiva del “catedrático investigador” parecería muy innovadora, pero se debe tomar en cuenta que a ellos y ellas difícilmente se les enseñó nociones básicas de investigación. ¿Podrán entonces los catedráticos convertirse en investigadores, si no han construido esa capacidad a lo largo de su carrera docente? Además, ¿Tendrán acceso a libros o información?, es conocido que en las escuelas y municipios, raramente cuentan con bibliotecas.

El Ministerio “se lava las manos”, considerando que es suficiente dar lineamientos para fomentar la creación de “capacidades“, como lo establece el Currículum Nacional Base. Sin embargo, el artículo señala que las líneas planteadas para la enseñanza de Historia se limitan a definir conceptos, distribuidos en algunos episodios fundamentales, sin profundizar ni hilvanar los sucesos señalados, ni ofrecer una pedagogía adecuada para plantear estos relatos a los alumnos. “La Historia se cuenta como muchas historias”, no como la serie de relaciones políticas, sociales y económicas que impulsaron el devenir de los sucesos, ni las relación de estos con otros acontecimientos.

No es raro entonces que los encargados de las direcciones en las escuelas busquen apoyo en casas editoriales privadas y adquieran sus publicaciones -casas editoriales, a las que les parece, por ejemplo, que se promueve una visión ideológica particular si se publica que la Reforma Liberal de 1871 conllevó la expropiación de las tierras de comunidades indígenas, y que a estos se les obligó a trabajar en las fincas, según lo indica el reportaje.

Sobre la base de lo relatado en el reportaje, se puede inducir que serían muy pocos los jóvenes menores de 25 años los que conocen el trabajo de la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado, a pesar de que fue editado para que la información fuera captada en todos los estratos sociales.

Si no lo vivimos, difícilmente lo sabremos y si lo sabemos, difícilmente lo comprenderemos, porque resulta más fácil evitar los temas conflictivos, resulta mas fácil hacer que aprendamos de memoria el nombre de cada uno de los presidentes de Guatemala, que comprender y analizar los procesos políticos, económicos y sociales que llevan, entre otras cosas, a que una u otra persona esté en la cabeza del Ejecutivo. Es más sencillo callar –en una sociedad a la que se enseñó a no opinar–, pues hablar de procesos que expliquen las desigualdades sociales latentes, puede molestar al padre de familia, al director, al ministro de educación o a cualquier personaje político implicado en las barbaridades ocurridas durante la guerra. Es más sencillo exigirle a un niño que se aprenda de memoria la fecha de la Firma de los Acuerdos de Paz, que proporcionarle y hacerlo reflexionar con lecturas que expliquen cuáles fueron las causas y consecuencias de la guerra, y ante todo, quiénes fueron los responsables de asegurar la pervivencia del statu quo, por medio de acciones que incluyeron la desaparición y el asesinato de miles de guatemaltecos, tal como ocurrió con Monseñor Gerardi.

Dudo que la mayoría de jóvenes lo recuerden, hayan leído el REMHI, o cualquiera otra de las publicaciones que se hicieron con fines similares. Creo que al director, al padre o madre de familia, o a la mayoría de los actores políticos que hoy ostentan el poder, les importa más que la juventud se rasgue las vestiduras por el fracaso de dos equipos españoles de fútbol, que conocer la historia de este país y en consecuencia, exigir justicia por los atropellos particulares y generales que los guatemaltecos han sufrido. Y esto no resulta raro, parece ser que olvidar se ha convertido en la estrategia más poderosa para que todo siga igual, para que acá nada pase, y si pasa, que no transgreda el orden social –que muchos, como Monseñor Gerardi, quisieron transformar.

Fuente: www.avancso.org.gt

 

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