Hasta pronto (relato)

Por Gustavo A. Abril Peláez

Una vez le dije a alguien lo mucho que me había impresionado la serenidad que mostró durante el sepelio de su padre, pues a mí me parecía imposible asumir, en su momento, similar actitud; esa persona fue puntual al responder que quizá existían cosas pendientes entre el viejo y yo que me impedían estar preparado para su muerte.

La relación con mi padre siempre rayó entre lo tenso y lo explosivo: 20 minutos era el tiempo record entre el saludo y la guerra campal. “Somos demasiado diferentes”, creía yo; “éramos demasiado iguales”, es la razón que hoy descubro.

Siendo como era: militar y portador del gen maligno de la extrema dificultad para expresar sentimientos, es comprensible que el viejo no tuviera otra forma de mostrar su gran amor hacia mí -su único hijo-, que esforzase al máximo para tratar de asegurarme el futuro, y estar allí (aunque siempre a regañadientes) para sacarme de cualquier problema.

En un hotel de mala muerte, en la fecha en la que, sin nadie saberlo, sería su último día del padre, tomé el celular y, como pude, obligué las palabras que había dejado de pronunciar desde la adolescencia: “feliz día papa… te amo”; por respuesta: un breve silencio, un sollozo ahogado, y luego el “te amo con todo mi corazón, hijo” que jamás de él había escuchado.

Juro que fue la noche del 5 de septiembre, en completa soledad y en el mismo cuarto de hotel, que escuche susurrar a mi oído éstas palabras:

-¿Estás preparado para su partida?-

A pesar de la impresión que me causó tal pregunta, mi respuesta fue serena y tajante: -Sí… ya lo estoy-. Cuatro días después lo abracé muy fuerte, le di un beso en la frente, cerré sus ojos, y al sentir su último aliento le dije: Te amo, papito… Hasta pronto”

 

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