El amor en la República

Enrique Dussel

La palabra amor es sumamente ambigua, puede decir lo mejor y lo peor, pero no por ello hay que entregarla a los que la ensombrecen, ensucian, desacreditan. Si expresa también lo mejor habrá que meditar por qué.

En efecto, la vida en la Tierra desde hace miles de millones de años fue evolucionando, hasta llegar a los seres vivos con sistema nervioso, con un cerebro cada vez más poderoso. El cerebro humano tiene un sistema de conocimiento (neocortical) y un sistema afectivo (el sistema límbico). El primero nos permite captar lo que el medio es para poder manejarlo en vista de la vida, de la sobrevivencia, de su crecimiento. El segundo, en cambio, nos mueve, motiva, nos da el poder de efectuar ese mismo conocimiento, y todos los actos humanos, desde el comer, el beber, el pensar, el decidir práctico, el organizar sistemas culturales, económicos o políticos. El amor es un sentimiento, una emoción, una pasión y hasta una virtud. Lo que no se ama no es querido, no puede entonces realizarse, efectuarse, llevarlo a la existencia. B. Spinoza nos hablaba de pasiones negativas (por ejemplo, el odio) y de pasiones positivas (el amor). A. Smith tiene una obra sobre Teoría de los sentimientos morales que describe la simpatía (padecer el sufrimiento del otro) en un lugar central, aunque por desgracia no tan importante como el amor a sí mismo: self love).

En la situación de pesimismo, de temor, de violencia, de depresión, de injusticia, de pobreza que se encuentra nuestro país, no viene mal desplegar un horizonte distinto, positivo, de cierta esperanza (tan estudiada por Ernst Bloch, de la corriente marxista cálida). Bienvenida la consigna.

De lo contrario seguirá reinando el odio. El odio es un sentimiento oscuro; quien odia se alegra, es verdad, pero del mal, del sufrimiento, de la derrota del otro. Pero aún más se entristece cuando el otro es feliz, triunfa, se realiza. Es una pasión destructiva. En política produce un ambiente de temor, de inmovilidad, de desconfianza que produce en todos los actores una debilidad infecunda. Su corolario, como acción consecuente al odio, es la venganza: ojo por ojo, diente por diente. Y así comienza el asesinato mutuo bajo la consigna: ¡Yo soy porque tú no eres! (entre otros ámbitos, propio de la competencia en el mercado capitalista).

Por el contrario, el amor es expansivo, creador, abre las venas y la sangre irriga el cerebro: imagina un futuro mejor, intenta reparar las injusticias pasadas, abre un presente de esperanza y novedad. Tiene tristeza, pero del mal, el sufrimiento que sufre el otro. Le alegra cuando el otro triunfa, cuando es feliz, cuando le va bien. Es más, obra, lucha, trabaja para que la comunidad crezca. K. Marx, en su examen de bachillerato a los dieciocho años, escribió que elegiría la profesión por la que pudiera hacer feliz a la mayor cantidad de gente. Ése es un gesto de inmenso amor. El que ama no es vengativo, sino que sabe perdonar 2. El perdón es el no atribuir la falta al victimario del mal recibido (la víctima es la que perdona); es borrar la culpa del otro (por el mal que me ha hecho), a fin de que habiendo recobrado la inocencia (y no sintiéndose acusado, aunque sí agradecido por el don del perdón) pueda trabajar junto a la comunidad por una causa justa futura. El que perdona es magnánimo (es la subjetividad de los grandes hombres y mujeres); el enlodado en su odio tiene un espíritu egoísta, estrecho, donde germina lo tenebroso y lo bajo; no puede ejercer el noble oficio de la política, sino algo que aparece equivocada y frecuentemente como política, y son las acciones burocráticas fetichizadas por puro amor a sí mismo o a su clan que promueve la actual corrupción de lo público, de lo común, que es por desgracia la política rastrera que en mayor medida se cumple entre nosotros.

Deberíamos leer con detenimiento el gran himno al amor de Pablo de Tarso, hoy de moda en la filosofía política en Europa, Estados Unidos y en algunas universidades de América Latina: “Ya puedo hablar las lenguas de todos los hombres… que si no tengo amor no paso de ser un campana que retiñe y unos platillos estridentes. Ya puedo hablar inspirado y penetrar todos los secretos y todas las ciencias; ya puedo… dar todo lo que tengo, ya puedo dejarme quemar vivo, que si no tengo amor de nada me sirve. El amor es paciente, es afable; el amor no tiene envidia, no se jacta ni se engríe, no es burdo ni busca lo suyo, no se exaspera ni lleva cuenta del mal, no aprueba la injusticia, simpatiza con la verdad. Disculpa siempre, confía siempre, espera siempre, aguanta siempre”. El imperativo sería: ¡Yo soy, porque tú eres!

¿No es esto demasiado ingenuo? ¿Dónde queda la lucha de clases, el odio a la burguesía, a los explotadores? En la política hay momentos y momentos. En la exacerbación de la violencia y el odio… ¡sea bienvenido el amor! En el momento de paz, abundancia, felicidad, orden… deberemos recordar el dolor de los oprimidos, de los explotados, y deberemos echar mano de otras pasiones, como la indignación, la ira contra la injusticia y la lucha contra los dominadores. En este momento político del 2012 nos viene a la memoria el caso de Nelson Mandela.

El gran líder sudafricano, fundador de un partido de izquierda en su país, fue injustamente puesto en prisión durante 27 años. Pudieron ser años de rumiar un infinito odio a los que lo habían encarcelado. Liberado por la presión nacional e internacional, nadie lo hubiera criticado si hubiera hecho juzgar duramente a los blancos, minoría y opresores de la raza africana, y remitido a la misma cárcel que había sufrido. Pero Mandela, en un gesto político de inmensa magnanimidad, amor y grandeza, perdonó a sus oponentes políticos. Con ello selló una fraternidad constitutiva mínima de la política. Todos en Sudáfrica, hasta los blancos, lo consideran el padre de la patria; con esta actitud fundó Sudáfrica.

Hoy, en México, necesitamos en primer lugar muchos Mandelas; después vendrán los grandes críticos y los constructores de la revolución que hay que construir sobre las ruinas que pisamos cotidianamente en nuestras calles y campos, en ciudades, aldeas, valles y montañas.

El amor en la República es el punto de partida. Y así como se titulaba la obra del gran filósofo árabe Alfarabi, allá por el siglo XII en Bagdad, La ciudad virtuosa (de la que tanto aprendió Leo Strauss), ¿por qué no una República amorosa? Sería el antídoto a la República odiosa en la que estamos viviendo en el presente.

El amor es un sentimiento, una emoción, una pasión y hasta una virtud de un tercer nivel (aun neurológico). El simple placer o el dolor son sensaciones o emociones de primer grado. Me duele una muela; me causa placer el azúcar. La alegría o la tristeza son de segundo grado. Puedo tener alegría deseando un placer futuro, o tristeza recordando un dolor pasado. Las emociones de segundo grado atraviesan ya el neocortex y tienen un componente cognitivo, memorativo y evaluativo. El amor o el odio son de un tercer nivel: ya que es un afecto que puede renunciar a la alegría o el goce, o enfrentar la tristeza o la insatisfacción en vista de una simpatía con el otro, que le lleva aun a poder afrontar la propia negación al intentar la afirmación del otro: como la madre que arriesga su vida por tener un hijo que la pone en peligro; el padre que se lanza al río para salvar a su hijo; o el héroe que se entrega por la patria. El amor afronta el dolor y la tristeza porque por simpatía tiene hasta conmiseración por el otro. El amor del que hablamos no goza ni desea objetos, cosas, sino personas.

 

Por ello los clásicos analizaban tres posibles significados para la palabra amor. Como éros, más ligado a la libido, a la sexualidad, o más específicamente como un amor que de alguna manera toma al otro como medio para su propia satisfacción (hasta egoísta). El goce autorreferente aparece como amor, siendo en verdad algo distinto. Como filía, la amistad, como un amor mutuamente benevolente; es decir, un amor donde cada uno ama al otro y al mismo tiempo es amado por el otro. Un tercer modo del amor es el agápe, que traduciré como solidaridad (más allá de la mera fraternidad de la revolución francesa burguesa), y es el amor propiamente dicho: el amor del otro como otro, y en mayor medida cuando es víctima, oprimido, o como dictaba en su famoso Códice el rey Hammurabi de Babilonia (no lejos de la actual Bagdad, destruida por los bárbaros del siglo XXI) hace unos 3700 años: “Hice justicia con la viuda, el huérfano, el pobre… el extranjero”. Amar a esos explotados y excluidos que se encuentran como fantasmas (así los nombraba K. Marx en los Manuscritos del 1844, II) es el amor político por excelencia.

Un poeta alemán, que cita C. Schmitt en una de sus obras y comenta J. Derrida en Las políticas de la amistad, llamado Theodoro, escribe: ¡Maldito el que no tiene amigos, porque sus enemigos lo juzgarán! /¡Maldito el que no tenga enemigos, porque yo seré su enemigo /en el día del juicio final!

El primer enunciado se entiende fácil y es de sentido común. Si no tengo amigos que me defiendan, cuando vaya a juicio serán mis enemigos los que me enjuicien y tengo muchas posibilidades de ser condenado. Esto no ofrece dificultad en la comprensión. En este caso el amor es interesado. El segundo enunciado sí tiene dificultades de comprensión.

¿Por qué es maldito el que no tenga enemigos? La cuestión es que hay amor y amores, amigo y amigos, enemigo y enemigos de muy distintos significados. Si en un sistema político de opresión se es el opresor, se tienen amigos opresores, y sus enemigos son los de los opresores; por ejemplo, los oprimidos son los enemigos de opresores, cuando quieren liberarse de la opresión que se ha orquestado sistémicamente. En el mito de Moisés (tan estudiado por E. Bloch), éste, por ser adoptado por la familia faraónica tenía como amigos a la clase esclavista real. Los esclavos eran siempre enemigos potenciales: su liberación era el mal absoluto del sistema esclavista. En un sistema de riqueza como el capitalista, los pobres, los obreros, los marginales, los ilegales son actuales o potenciales enemigos (porque, dicen los ricos, desean las riquezas, y como no las tienen –claro que no se preguntan si como ricos se las han robado debido a sutiles, invisibles y bien establecidas instituciones económicas capitalistas garantizadas por un poder político liberal– intentan quitarmelas: por ello son los más temibles enemigos).

El dominador no tiene enemigos en la clase dominante. El ¿maldito el que no tiene enemigos! debe situarse en este horizonte. ¿Qué pasa si el hijo del Faraón, si el rico de pronto ama (con amor de solidaridad, como agápe) al esclavo, al obrero, al pobre como a un igual (con amor de amistad, como filía)? Sus antiguos amigos (los del Faraón, los ricos, los propietarios del capital) dejan de amarlo con amor de fraternidad faraónica o burguesa: ahora lo odian, se ha pasado al bando contrario de los esclavos, de los asalariados, de las temibles masas proletarias, a los prole –como hubiera dicho la hija del Faraón hace 3 mil años o hace pocas semanas–. Ahora ya tiene enemigos (¡cuidado!, hay que saber cuál tipo de enemigo), y la maldición ya no le toca en el juicio de la historia, en el del juez trascendental (de la Teoría de los sentimientos morales de A. Smith), o en del dios Osiris de los egipcios (que en el juicio final en el templo de Ma’at) que juzgaba a los muertos para resucitarlos si hubieran sido justos (mito que se remota unos 4500 años). Y el juez exclamará entonces: ¡Bendito el que ha tenido enemigos, por haber amado y por haberse comprometido con los enemigos de los dominadores y opresores. /Por ser un enemigo de los dominadores /yo seré su amigo en el día del Juicio!

El amor es ambiguo, y cuando hablamos del amor en la República hablamos del amor de justicia, del amor por el otro, por los últimos, los débiles, los que son oprimidos. La regla de oro no dice : ¡Ama al prójimo como a ti mismo! Es una mala y falsa traducción, lo explican M. Buber, F. Rosenzweig, E. Levinas. Debe traducirse desde el hebreo de esta manera: ¡Ama al otro porque es el ti mismo! Esa apertura, ese amor al otro mismo (no como mí mismo, y en ese caso yo sería la medida del amor al otro y el otro un otro yo, un alter ego) como otro (como él o ella misma son y no teniendo a mi yo como referencia), es lo que constituye la subjetividad en su núcleo creador esencial, originario. El que saber amar al otro en su dignidad sagrada, el que sabe primero amar la alteridad del otro y responder a sus interpelaciones de justicia, es el único que constituye el propio sí mismo políticamente apto para ejercer delegadamente el poder como obediencia, y no como dominación.

El que ama al otro, en especial al destituido, al pobre, a la víctima, es el único que merecería ser elegido por el pueblo como su servidor, su gobierno, porque saber ejercer delegadamente el contenido de las instituciones políticas de la representación, y aun de la participación. El amor de solidaridad (más allá de la fraternidad burguesa) se abre a la exterioridad de los que son nada para el sistema de dominación (nada real los denomina Marx en los Manuscritos del 1844, II).

Si el poder político consiste en el querer-vivir de la comunidad, el amor de solidaridad es la sustancia que unifica las voluntades y que da más poder y fuerza al poder político de un pueblo. Si hay odio, como dice un poeta popular del sur de nuestro continente: Los hermanos deben ser unidos, /ésta es la ley primera; /si se pelean los de adentro, /se los comen los de afuera.

¡Y bien que nos están devorando!

Una República amorosa, o el amor en la República es la esencia de la política. Lo contrario es el suicidio colectivo del odio.

1 Filósofo.

2 A Pinochet no se lo puede perdonar, pero tampoco odiar. Hay que exigirle cumplir con el justo castigo por amor a las víctimas.

 

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