Violencia en la USAC

José García Noval

Las grotescas imágenes de encapuchados golpeando con garrotes a otros encapuchados no constituyen un fenómeno nuevo en la USAC. En el año 2007, en ocasión del “bautizo” en la Facultad de Ciencias Médicas, “estudiantes” encapuchados (multirepitentes cuya presencia en la Facultad han levantado sospechas sobre sus verdaderas motivaciones), armados de garrotes y vistiendo camisas militares que distinguían sus “rangos”, atropellaron física y moralmente a los nuevos estudiantes. En esa ocasión, dos jovencitas tuvieron que ser atendidas en el Hospital Roosevelt por fracturas del antebrazo y dos muchachos terminaron en el intensivo del Hospital El Pilar. Posteriormente se han producido casos de ultrajes parecidos en otras Facultades. Lo más sorprendente es la escasa reacción de la comunidad de docentes y de las autoridades universitarias. Pero ese no es el único fenómeno que ensombrece a dicha academia, otrora respetable. El deterioro, que no es sólo académico, sino profundamente moral, y el alejamiento radical de lo que en otros tiempos constituyó la reconocida proyección social de la USAC, es reconocido tanto fuera como dentro de la institución. La descomposición es flagrante y señala de manera notable a no pocas autoridades universitarias y, sin duda alguna, a la mafia que alcanzó a dominar la otrora prestigiosa AEU.

Se han propuesto explicaciones a éste proceso continuo e incontenible de deterioro: (1) como reflejo de la sociedad anómica en la que la universidad está inmersa, (2) como resultado de las políticas violentas del Estado en los 80s (incluyendo las infiltraciones corruptas de las que, en algunos casos, la prensa ha dado cuenta), (3) el maridaje de algunas autoridades con partidos políticos sin idearios pero con tradición viciosa, (4) el clientelismo interno y externo muy marcado por la participación de la institución en organismos de Estado de altísima significación política; esa participación oportunista ha echado por tierra la honrosa historia de las representaciones de los profesionales de San Carlos en tiempos pretéritos.

Pocas dudas hay de que esas razones, y otras no apuntadas, forman parte del “complejo causal” de descomposición. Sin embargo, no hay factor más grave que la indiferencia (¿aparente?) y timoratez de una mayoría silenciosa de sancarlistas; consecuencia, en gran medida, de la desestructuración psicosocial derivada de los tiempos del terror. Así, las iniciativas de algunos miembros aislados de distintos sectores universitarios no han logrado impactar la conciencia de esa mayoría, y el resultado es el derrumbamiento de una institución, con sus tradiciones académicas y de compromiso real (no discursivo ni demagógico) con los problemas y aspiraciones del país. Algunos piensan que es tarde para corregir el camino, pero ya antes, en otro documento sobre San Carlos, me he preguntado ¿Qué pasaría en Guatemala si la desesperanza nos hace dejarle el campo libre a corruptos  y delincuentes? ¿Quedaría alguna institución rescatable?

Las respuestas eficaces sólo pueden encontrarse en un contexto en que los   conglomerados universitarios honorables hagan un ejercicio de autodignificación y sólidas alianzas que dejen de lado la indiferencia y los insensatos sectarismos atávicos ¿Será el proceso de reforma una esperanza o será otro responso por la esperanza?

 

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