Amor y circo

Por Gustavo A. Abril Peláez

El profesor no estaba ese día; su período de clase se había convertido en un bacanal. Yo me abstraía de la anarquía mirándola a ella y escuchando con mis audífonos “Radio Exclusiva”. La tenía justo enfrente, aún a la distancia podía ver cómo chispeaba el ámbar de sus ojos. Sus labios me lo decían todo: posaba para mí con esa sonrisa de cuerpo entero; me coqueteaba como si su bandera no ondeara libre y soberna sobre el azul de mi cielo. Yo le sonreía entendiendo que mis manos podían tomar las suyas y que podía besar su boca cuando quisiera… pero su amor era otra cosa: ese jamás llegaría a ser mío.

Sonaban los Hollies: “The air that I breath” hacía que el momento fuera inolvidable… como inolvidable fue el trancazo que me sacó de ese mar -sabroso pero agridulce- en que mi alma navegaba: el cabrón de Santizo me había golpeado en la cabeza con un enorme libro. Todavía aturdido me puse de pie y le recordé a su madre con muy malas maneras. Ansiosos de ver correr sangre, los compañeros aseguraron el escenario apostando un guardia y atrancando la puerta.

Mientras me liaba a golpes, podía sentir el aire frio que entraba, insuficiente, por mi garganta para ser expulsado después de mezclarse con ese amargo sabor a rabia que bañaba mí rostro y caía al piso dejándolo tan resbaloso.

Aunque la pelea no duro mucho, los espectadores pudieron darse por satisfechos: la sangre corrió abundante… toda era mía.

 

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