El contador de cuentos

por: Gustavo Adolfo Abril Peláez

El viejo vivía en un caserío frente al mar, en la costa Sur de Guatemala¸ su padre fue un inmigrante español y su madre una mulata cubana; tenía más de ochenta años, su pelo era plateado como su barba; su tez tenía un bronceado claro y sus ojos parecían dos chispitas de azul intenso; era la imagen exacta del “Caballero de la triste figura”: flaco, huesudo, con la cara larga, una estatura que pasaba del metro noventa, un espíritu aventurero y un corazón del tamaño de un barco de carga.

Solía alojarme en su casa, frente a la playa: un rancho grande de horcones de mangle, paredes de lepa, techo de hoja de palma y el calor que sólo se siente en los mejores hogares. Cuando entraba la noche, mi primo Fausto y yo nos tendíamos en un par de hamacas que estaban colgadas justo al lado de su cama, encendíamos sendos cigarrillos y apagábamos los candiles para que “Tío Chano” prendiera la noche hablando de mujeres, contando aventuras en la selva, tormentas en alta mar e historias de aparecidos; narraba tan vívidamente sus cuentos, salpimentándolos todos con fechas, lugares, canciones y poemas, que daba gusto escucharlos y darlos por santas verdades sin importar lo fantásticos que fueran.

Cuando nos sentábamos a su mesa, Tío Chano tomaba jarrilla para servirse el café, y yo, sin que él lo supiera, movía su taza de un lado a otro, tratando de seguir el trayecto del desorientado chorrito; lo mismo hacía con su plato cada vez que se servía el alimento. Casi siempre él encendía una vela para caminar en la penumbra; la verdad es que andaba de memoria y la lumbre no le servía más que para guardar la apariencia: es que el viejito se estaba quedando ciego y no quería que nadie se enterara de su más grande tristeza.

La noche del 4 de febrero de 1981, “Tío Chano” esperó despierto a que yo llegara de la capital. Al entrar a su rancho me entregó una pequeña caja en la que guardaba varios recuerdos: una moneda alemana, muy antigua, que alguna vez fue parte un “tesoro”,  una figurilla de jade, según él,  extraída de una “ciudad perdida”, un broche de oro y esmeraldas que perteneció a una misteriosa “condesa” y algunas fotos ajadas de  personajes y lugares amarillentos.

 

-Ésta es mi posesión más querida- me dijo en secreto Te la dejo a vos como herencia porque fuiste como un hijo… Es pa´ que no te olvides de mí cuando ya no volvamos a vernos-.

 

Qué poco se lee en esa lápida que, frente al mar, se yergue sobre la arena: “Felciano Pelaéz Ambélez. 19 de Sep. 1899 – 19 de Feb 1981”. ¿Por qué no dice que esa es la tumba de Don Juan Tenorio, del Quijote de la Mancha y de Lawrence de Arabia, todos mezclados en uno? ¿Por qué no dice que el que ahí yace era un ladrón de corazones y el más  increíble cazador de alegrías y sueños? ¿Por qué no dice que, Feliciano Peláez, era un hombre admirable, el más sabio consejero y el anciano más adorable que yo haya conocido?

¿Por qué no dice, al menos: “Chano Peláez, insuperable contador de cuentos”?

 

 

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