Algo más sobre la mercantilización de los postgrados universitarios

César Antonio Estrada Mendizábal.

 

Marcelo Colussi acaba de publicar en Albedrío (http://www.albedrio.org/htm/articulos/m/mcolussi-145.html) su muy interesante y pertinente artículo Post grados universitarios: entre el saber y el negocio en el cual hace un preciso recuento de las trampas que se esconden detrás de la propaganda que promueve inscribirse –y pagar todas las elevadas cuotas, por supuesto- en programas de postgrados universitarios que casi mágicamente brindarán a sus felices poseedores trabajos y oportunidades de hacer negocios que les asegurarán, independientemente del medio social en que se encuentren, una vida próspera y feliz. Quisiera agregar acá concisamente algunas cuestiones sobre este asunto de la educación superior.

 

Un título universitario de licenciatura faculta al graduado a ejercer una profesión y a trabajar en el campo correspondiente. Para completar su carrera, el estudiante tradicionalmente tiene que completar un plan de estudios de cinco años –modernamente pretenden reducirlo a cuatro- y realizar otras actividades como prácticas, seminarios o la elaboración de una tesis, que postergan su graduación. Si a esto agregamos que en un país como el nuestro muchos alumnos deben trabajar para ganarse la vida, que la burocracia universitaria y las deficiencias educativas de todo tipo obstaculizan el curso expedito de los estudios superiores, obtenemos como resultado que la culminación de una licenciatura puede llevar como mínimo siete o más años. Lo lógico es que después de este período de formación profesional la persona, aparte de haber adquirido una educación y una cultura que le permita conocer su realidad y actuar en ella, esté lista para conseguir un trabajo que responda a su preparación y a sus expectativas de mejoramiento material. Sin embargo, por efecto de las novedades impuestas por el aparato neoliberal, sucede que ahora no es así. A los patronos ya no les basta la licenciatura y ahora requieren una maestría (mañana, quizá un doctorado o algún grado más si es que lo  hubiera) de preferencia si es de una universidad con cierto reconocimiento que, por supuesto, será de las más caras. Al nuevo graduado, entonces, no le quedará más que conseguir un empleo no muy satisfactorio que le permita pagar a duras penas las cuotas de su maestría –aunque, claro, también puede ayudarse haciendo un préstamo bancario; ya se sabe lo altruistas que son los bancos-, con la esperanza de que, ahora sí, una vez la haya completado hará su ingreso en la ansiada práctica profesional. Todo esto es innecesario y es una injusticia hacia los noveles licenciados. Innecesario, porque las universidades deberían haberlo preparado técnicamente para ejercer desde ya su profesión sin menoscabo, por supuesto, de las posibilidades de superación y perfeccionamiento siempre presentes. Injusto, porque los capitalistas, empresarios, patronos o empleadores, van a explotar más su fuerza de trabajo sin ofrecer a cambio mejores salarios o condiciones laborales más gratificantes. A todo esto, las universidades devenidas en simples negocios o empresas mercantiles dispensadoras de licencias para obtener mejores trabajos, salen ganando porque saben que sin sus títulos –independientemente de su calidad académica- no se puede acceder a mejores empleos y, bajo una apariencia filantrópica, ofrecen sus distintas carreras o postgrados y ven así incrementados sus ingresos. Que algunas pocas facultades o académicos se aparten de este patrón no contradice lo aquí expresado.

 

Cualquiera puede, entonces, hacerse la pregunta ¿y qué hacen los universitarios conscientes, profesores y estudiantes, ante esta situación? En una reciente actividad del Consejo de la enseñanza privada superior, oí a un respetable y bienintencionado decano de una universidad equis decir que las tendencias neoliberales en la educación superior –se refería a los en boga procesos de acreditación- son como un tren al cual nos subimos o nos resignamos a quedarnos atrás. A mi entender, nos queda otra opción, mucho más saludable y digna para nosotros: la de pensar por nuestra cuenta qué es lo que más nos conviene a todos –no sólo a unos cuantos privilegiados- en un país como Guatemala, la de procurarnos el conocimiento de nuestra realidad histórica y natural, esto es, humana y material, que nos permita orientarnos y actuar racionalmente para empezar a recorrer el sendero que nos permita superar las grandes inequidades que sufren los guatemaltecos, especialmente los grupos empobrecidos y marginados. Lamentablemente, como sucede con la conducción del barco que describe Platón en La república, en general nuestras universidades no están conducidas por los más aptos, por los que conocen su oficio y el rumbo que la nave debería tomar, sino, todo lo contrario, por los ignaros, los incompetentes o los oportunistas cuyos fines poco tienen que ver con la auténtica razón de ser de la Universidad en nuestras circunstancias. La praxis me indica que, ante este cuadro, lo que nos queda a los universitarios es la participación, el trabajo académico bien hecho y el debate ideológico que coadyuven en que no sean unos cuantos despistados directivos los que determinen el destino de nuestra Alma Máter que, ciertamente, no es una empresa comercial.

 

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