¿Economía o Política?

Por Paul Krugman

 

Cuando lo económico se vuelve político

David Warsh finalmente dice lo que alguien debía decir: Friedrich Hayek no es una persona importante en la historia de la macroeconomía. “Ciertamente, Hayek nos dejó una gran impresión a mí y a mis amigos cuando, siendo jóvenes, lo leíamos en la década de 1970”, escribió a principios de este mes Warsh, un periodista, en su página de Internet EconomicPrincipals.com. “Sentíamos lo mismo por el filósofo de Harvard, Robert Nozick. Con el paso del tiempo, empero, el liberalismo del siglo XIX ha parecido, en sí mismo, un marco cada vez menos adecuado para enfrentar los problemas del siglo XX”, destacó.

En estos días, constantemente se ven artículos que hacen parecer como si en la década de 1930 hubiera habido un gran debate entre los economistas John Maynard Keynes y Hayek, y que este debate ha continuado durante generaciones. Tal como dice Warsh, nunca sucedió algo así. Hayek basicamente quedó como un tonto a principios de la Gran Depresión y sus ideas desaparecieron de la discusión profesional.

Entonces, ¿por qué se invoca tanto su nombre? Porque el libro de Hayek, The Road to Serfdom, tocó una fibra política en la derecha estadounidense, que lo adoptó como cierto tipo de mascota, y retroactivamente infló su papel como pensador económico. Warsh es aún más cruel que lo que hubiera creído; compara a Hayek (o más bien a “Hayek” inventado por sus admiradores) con Rosie Ruíz, que afirmó haber ganado la Maratón de Boston en 1980, pero de hecho tomó el metro para llegar a la línea final. “Las afirmaciones que están haciendo los conservadores sobre el papel jugado (por Hayek) como economista están empezando a oler a ‘Ruizicismo’”, escribió  Warsh. “Esto es, a fin de cuenta sacaron una caricatura de la nada y afirman que su tipo hizo una gran carrera”, acusó.

Ahora bien, dadas mis críticas sobre el camino que ha tomado la macroeconomía desde la década de 1970, especialmente yo tendría que tener cuidado para decir que las ideas ignoradas o rechazadas por la corriente principal profesional no necesariamente carecen de valor. Para tomar el ejemplo más obvio, el economista Hyman Minsky actualmente ha cobrado mucha importancia en la mente de muchas personas, incluyéndome, pese a que murió siendo una figura muy marginal. Pero el asunto de Hayek se debe casi por completo a la política y no a la economía. Sin The Road to Serfdom, -y sin la forma en que los intereses creados usaron ese libro para oponerse al Estado benefactor- nadie estaría hablando de sus ideas sobre ciclos económicos.

 

 

Confundiendo descuidadamente el teatro con la política

Una cosa crucial que debe entender sobre los periodistas políticos de Estados Unidos es que, con algunas honorables excepciones, no saben ni les importa la política actual.

En cierta forma, eso tiene sentido: las habilidades que se necesitan para cultivar contactos, para enterarse de lo que pasa en las intrigas del Congreso o en las salas de guerra de las campañas, son muy distintas a las que se necesitan para interpretar hojas de cálculo de la Oficina Presupuestal del Congreso. El problema, empero, es que muy frecuentemente los periodistas políticos confunden el teatro de la política con la realidad (o no les importa la diferencia).

De ahí la terrible decisión de Político de otorgar al diputado Paul Ryan, presidente del Comité Presupuestal de la Cámara de Representantes, un premio como legislador del año en materia de atención médica. Incluso, si le gustan los principios fundamentales de las ideas de Ryan, si piensa que es bueno privatizar el Medicare y convertirlo en un esquema de vales, lo que quedó dolorosa y embarazosamente claro durante el debate en torno al “Plan Ryan”, fue que Ryan es incompetente. El plan era un desastre, desde sus invocaciones a ridículas proyecciones de la Fundación Heritage hasta sus alocadas afirmaciones sobre lo que pasaría con el gasto discrecional. Es cierto que el plan “puso a hablar a todo el  mundo”, como dice Político, pero principalmente hizo que la gente hablara del desorden que era el esfuerzo de Ryan.

Ah, y quedó bastante claro que éste no estaba siendo honesto con sus propios números. Lo que está pasando aquí, supongo, es que Político está confundiendo el teatro con la política. Ryan no es un importante reformista del servicio médico, ni siquiera es mínimamente competente en su frustrada estrategia, pero actúa como gran pensador en la TV. Y la gente de Político no entiende la diferencia o no le importa.

 

Mentiras y elecciones

Mientras esperamos para ver si el Partido Republicano nomina para presidente a un hombre que normalmente afirma que su plan médico no se parecía en nada al “Obamacare” (Mitt Romney) o al que afirma que Freddie Mac le pagó 1,6 millones de dólares por su trabajo como historiador (Newt Gingrich), una cosa es obvia: estas elecciones van a plantear un gran reto para los medios de información. ¿Cómo manejarán el problema de las mentiras? No soy optimista. En el año 2000, George W. Bush hizo un descubrimiento de enormes consecuencias: se podía basar toda una campaña política en afirmaciones rotundamente falsas, como aquélla que decía que los grandes recortes de impuestos para los ricos iban a la clase media, o la afirmación de que desviar fondos del Seguro Social a cuentas privadas reforzaría las finanzas del sistema, y los reporteros nunca lo señalarían. Fue entonces cuando formulé mi doctrina de que si Bush decía que la Tierra era plana, los titulares dirían: “Difieren opiniones sobre la forma del Planeta”. Sin embargo, todo indica que la Campaña de 2012 hará que la Campaña de 2000 parezca un modelo de veracidad. Y que la prensa no sabrá qué hacer, peor, que sabrán qué hacer, que es actuar como estenógrafos y rehusarse a informar a los lectores y escuchas cuando los candidatos mientan. Porque hacer lo contrario cuando las partes no tengan la misma culpa -y no será así- resultaría “tendencioso”.

Esto será cierto, incluso, dentro de las organizaciones de noticias específicamente encargadas de cotejar hechos. Sí, señalarán algunas mentiras, pero también dirán que algunas declaraciones perfectamente razonables son, para mantener su preciado equilibrio.

Esto ya está pasando: tal como señala Igor Volsky, un blogger de Think Progress, uno de los finalistas para la Mentira del Año de PolitiFact.com es una afirmación demócrata -que los republicanos quieren abolir el Medicare- que sucede que es completamente cierta.

No será un año divertido.

 

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