¡He descubierto tu blog¡

Por Gustavo A. Abril Peláez

 

 

Rompí con todo hace años, cuando decidí deshacerme de una depresión profunda. Sabía que eso iba a tener consecuencias y no dudé en asumirlas. Lo primero fue dejar los privilegios que tenía en la iglesia: le temía tanto al señor Dios que, más desesperado que valiente, una mañana me presente en “su despacho” y, sin darle tiempo a que se levantara en el furor de su ira, dejé mi renuncia sobre su mesa y salí corriendo de allí; Él no hizo que la tierra se abriera bajo mis pies ni mandó un rayo del cielo para fulminarme, por lo que asumí que la nota había sido bien recibida y seguí adelante con mi vida sin darle más vueltas al asunto.

Ya no quería seguir escondiéndome y sólo deseaba ser yo mismo, sin que me importara la aprobación o desaprobación de nadie; pensaba que ya había encontrado suficiente valor para rebelarme, pero a ella seguía teniéndole casi tanto temor como al Sr. Dios, porque apenas le bastaba poner la cara larga para hacerme sentir una mierda, y con solo tres palabras podía ponerme la vida de cabeza. Yo quería decir y escribir lo que me diera la puta gana y vivir a mi aire y antojo: sin acusaciones, sin reproches, sin sentimientos gratuitos de culpa.

Qué terrible fue la noche en que recibí aquella llamada: yo trabajaba en otro pueblo, muy lejos de casa, y a esa hora fumaba tan a gusto un cigarro y escuchaba música apolillada, acostado en el colchón de mi solitaria casa. -¿Esto no puede estar pasando?- pensé mientras la escuchaba decirme: “!He descubierto tu blog!”.

Mi verdadero yo había quedado desnudo y al descubierto. Dios fue benigno con migo… ella no.

 

 

 

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