Tolerancia-intolerancia

Por Mariano González – Guatemala,
magopsi@yahoo.com.mx

Tolerar: latín tolerare ‘llevar, cargar, sostener, soportar, tener la fuerza de llevar o sostener”.

Una opinión apresurada podría señalar que los guatemaltecos somos intolerantes, pero resulta necesario considerar algunos matices y hacer más complejo el tema. En efecto, ¿en qué somos intolerantes? ¿Con quiénes somos intolerantes? ¿Cuáles son los temas que despiertan la intolerancia? ¿Ante quiénes sí nos mostramos tolerantes?

Creo que los guatemaltecos somos muy intolerantes en algunos temas y bastante tolerantes en otros.(i) Es más, fallamos en cuanto a escoger los temas y actores con quienes nos mostramos intolerantes y con los que toleramos, es decir, los que llevamos, cargamos, soportamos.

En términos muy genéricos, hay una intolerancia horizontal, es decir, una intolerancia dirigida contra los otros que, siendo diferentes, son más o menos iguales en términos de poder (o tienen menos): desde la disidencia política hasta la diversidad sexual. Soportamos mal o no soportamos diferencias que, en términos de poder, son menores o inexistentes.

No obstante, hay una fuerte tolerancia vertical, hacia arriba. Aunque se disienta de ciertos hechos particulares, las prácticas sociales realizadas y efectivas toleran lo que hacen las élites. Esto es un aguantar todo si viene del poder político, del poder económico o del poder mediático. En esto somos fuertemente tolerantes, dejados. Babosos si se quiere. Por mucho que se hagan críticas en los medios de comunicación, no hay acciones que expresen una necesaria intolerancia (o indignación) frente a los abusos que se cometen en los sectores de poder. Los políticos mienten y los empresarios explotan a los trabajadores y todo el mundo sigue igual. Y por el contrario, los sectores en el poder son fuertemente intolerantes frente a cambios reales y necesarios.

Al respecto un par de ejemplos de las afirmaciones anteriores: los guatemaltecos son todavía muy intolerantes frente a ciertos temas referentes a la sexualidad, la feminidad y la diversidad sexual. En lo último, claramente es un tema de escándalo, un tema marginal, que no se puede hablar. Pero, en términos concretos, ¿cuál es el problema? El problema por supuesto, es de orden religioso y moral. Pues si uno examina la cuestión con cierta apertura y se pone a pensar qué es lo particularmente dañino o dificulta la convivencia en este tema, uno se encuentra que no hay nada de eso. Heterosexuales y diversidad sexual podría vivir muy bien si los heterosexuales fueran más tolerantes.

Pero en el caso del poder político y del poder económico somos muy dejados. El mejor ejemplo es la pasada elección. Es todavía sorprendente que frente a propuestas políticas tan malas, con un sistema político tan corrupto, los guatemaltecos hayan acudido en tan importantes porcentajes a las urnas (cifras similares a los de la primera elección del retorno de la democracia, es decir, con la elección de la DCG). Es una contradicción real: una mala oferta electoral y un sistema corrupto con tan buena votación.

¿Qué puede explicar esta compleja cuestión de la tolerancia? Pueden darse muchas respuestas, pero creo que hay una serie de aspectos como el conservadurismo, el machismo, el fanatismo religioso y el autoritarismo los que subyacen a esta curiosa mezcla de tolerancia e intolerancia. Pero si es correcta la diferenciación entre intolerancia horizontal y tolerancia vertical, el elemento importante resulta ser el autoritarismo como un fenómeno ligado a la cuestión del poder. Poder que, en efecto, es muy autoritario en Guatemala (como se aprecia, el tema también está ligado al problema de la ideología).

Dicho autoritarismo viene de lejos: de una estructura social polarizada que necesita apoyarse en la fuerza y de instituciones y mediaciones autoritarias. El militarismo es una de sus fuentes. La desigualdad social y la necesidad de cuidar los privilegios han creado instituciones políticas cerradas y autoritarias.

Pero además, habrá que hablar de una lógica intolerante del funcionamiento “normal” del poder: se evidencia frente al cambio político, a la democratización de las instituciones, a la redistribución económica. Es decir, a todo lo que implique cambios importantes.

Puede plantearse de esta forma: hay condiciones sociales que crean esta intolerancia selectiva. Particularmente la historia de autoritarismo y de desigualdad social que se apuntalan mutuamente, han dado origen a que haya tolerancia frente a ciertos aspectos esenciales de la estructura social guatemalteca y se sea intolerante frente a aspectos de la diversidad humana. Si se agrega el conservadurismo y el fanatismo, entonces se tiene una primera aproximación al problema.

¿Qué se puede hacer frente a ello? También aquí hay una variedad de respuestas que, en principio, son válidas. Desde el trabajo educativo en convivencia pacífica, tolerancia, respeto, etc., hasta algo que no conviene dejar de lado. La intolerancia (y muchos otros problemas) se producen en situaciones de infelicidad e insatisfacción. Si decimos que los guatemaltecos somos intolerantes queremos decir, en el fondo, que hay mucha infelicidad e insatisfacción en los guatemaltecos, pero al ser un problema extendido no se reduce a un asunto estrictamente individual. Al contrario, como se mantenía antes, es un aspecto que tiene raíces sociales y que, por tanto, debe encontrar respuestas sociales que correspondan con sus fuentes. Bienestar para la mayoría de personas (salud, educación, vivienda, trabajo) significaría el cambio de las condiciones sociales que promueven la intolerancia.

Así mismo, en tanto se crean las condiciones de otro país, se necesita un magisterio moral desde el poder (C. Orantes) que incluya entre los valores a testimoniar la honestidad, el compromiso, el diálogo. También, por supuesto, la necesaria tolerancia frente a la disidencia, frente a aquel que dice cosas que no nos gustan y que, por lo mismo, pueden promover una reflexión radical sobre quiénes somos y qué es lo que hacemos.

Aprender a pensar y discernir críticamente es un asunto totalmente necesario para orientarnos entre lo que debemos tolerar y ante lo cual hay que ser francamente intolerantes. Porque hay que marcar una raya: hay cosas que se pueden tolerar y otras que no. Zizek lo dice:

“Quizás se deba rechazar la actual despolitización de la economía. Quizás resulte necesario, hoy en día, suministrar una buena dosis de intolerancia, aunque sólo sea con el propósito de suscitar esa pasión política que alimenta la discordia. Quizás convenga apostar por una renovada politización”.


(i) Es claro que se está usando una definición más o menos laxa sobre los términos tolerancia e intolerancia. Sin embargo, es una definición válida y resulta pertinente para reflexionar sobre el tema y señalar una contradicción subyacente y explicable en términos de poder. Si tolerancia es aceptación a lo que los demás son o hacen, hay cuestiones que son intolerables. El problema de fijar límites es delicado. Desde el liberalismo hay posturas como la de Popper que, al final de cuentas, resulta muy intolerante. El propio sistema económico y político es intolerante frente a prácticas solidarias y alternativas..

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