Rostro Inerte

Por Gustavo A. Abril Peláez

La carretera siempre había sido una mala consejera, y esa noche la monotonía de la línea blanca me conducía a los más absurdos soliloquios: ¿éramos acaso un par de enemigos acérrimos pretendiendo inventar otra forma de amor? No… no llegábamos a tanta cosa; solo éramos la intersección de un estúpido obsesionado por una mujer perversa, y una mujer perversa que jugaba con la obsesión de un estúpido.

Me detuve en mitad del trayecto; un jeep había caído de un puente y se encontraba volcado sobre un riachuelo que serpenteaba en la vastedad de un cañaveral amarillo. El conductor, un hombre joven, había quedado atrapado bocarriba, sumergido en apenas un palmo de agua.

Mientras la gente ingeniaba poleas y palancas, yo lo veía: los ojos abiertos, con la expresión insípida de quien ha luchado y se ha rendido. De pronto noté el parecido. ¡Ese rostro inerte era el mío! Me había dado por vencido… yo era ese hombre atrapado, no por unos hierros retorcidos, sino por un sentimiento malsano: un amor infectado con odio por el que estaba dispuesto a basurearme a mí mismo.

Ya lo dice el viejo proverbio chino: “Uno no se ahoga por caer al agua, sino por permanecer inmerso”.

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