Olor a sal

Por Gustavo A. Abril Peláez

El calor producía vaporosos espejismos en aquellas tierras bajas, eternamente fértiles gracias a su proximidad con el río Ican, con el bosque de mangle y con el mar; la tarea de sembrar sandía -aventura  en que me embarqué cuando apenas cumplía los veinte-, era trabajo duro y tenía más bemoles que maravillas; por ejemplo: pasar la rastra sobre los terrones que el arado había dejado esparcidos el día anterior parecía cosa sencilla, pero el “Poporocho” era terco como mula y se rebelaba contra su suerte con mucha facilidad. El polvo y el humo que levantaba el viejo armatoste, mezclados con el sudor y la humedad de la costa eran por demás insufribles, y la música norteña que sonaba en todas las radios costeñas, no ayudaba en nada a aliviar  esa condenada sensación de combustión espontánea… y mucho menos el “mal de orín” causado por el calor de la caja de cambios con que el viejo tractor castigaba a quienes se animaban a cabalgar en sus oxidados lomos.

El almuerzo tampoco era mucho consuelo: arroz masudo, frijoles -duros como balas- y tortillas tiesas, empujados con agua turbia, sacada del pozo, disfrazada con jugo de limón, azúcar, y un profiláctico chorrete de aguardiente para que no jodiera el estómago.

Al final de la jornada, después de bañarme en el río, aceleraba levantando polvo por los campos de algodón, siguiendo la puesta de sol, rumbo a las viejas salinas, procurando estar puntual para la cena -en nada diferente al almuerzo, excepto por el café instantáneo servido en pocillo de peltre-. Una  vez cumplidos los protocolos, nada  como trepar de nuevo al pick-up para ir a la aldea, deseando que hubiera hielo en la tienda para que la Munda me apuntara en su cuaderno al menos cuatro de aquellas granizadas con jarabe de leche que tanto me gustaban.  Ya encaminada la luna en el cielo, regresaba por la playa con ganas de  pasar un rato platicando con Tío Chano, sentados ambos en un tablón, fumando un cigarrillo, viendo la multitud de estrellas brillando en el cielo, oyendo las olas rompiendo con fuerza en la playa y respirando la brisa marina que trae el olor de la sal.

Qué razón tenía Hemingway cuando dijo que “El hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”

 

 

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