Los clichés de la historia económica

William E. Shaub CounterPunch

La comprensión de la teoría económica, en la ley y en principio, requiere una cierta percepción del mundo. Una percepción requiere una visión del mundo como uno quisiera que fuera. La otra, que tal vez esté más en contacto con la realidad, exige una aceptación del mundo como es verdaderamente, y para lograrlo, hay que considerar casos y ejemplos en la historia.

De la misma manera, un análisis de las realidades de la historia económica en EE.UU. y en otras partes requiere grandes ajustes a lo que es llamado ‘teoría del mercado libre’. Esas modificaciones llevan a lo que debiera ser llamado ‘teoría del mercado libre realmente existente’, y es la teoría económica que es efectivamente aplicada a la práctica.

Para ello, podemos echar un vistazo a un ejemplo algo desconcertante – un país que supuestamente se desarrolló sobre la base de principios de mercado y libre empresa – es decir EE.UU. A mediados del Siglo XVIII, EE.UU. era una de las sociedades más ricas del mundo (en términos de recursos), pero era pre-industrial.

Adam Smith, considerado ampliamente como padre de la economía moderna, tuvo una recomendación sorprendentemente específica para las 13 colonias. Smith solicitó precisamente lo que los economistas actuales recomiendan a tantos países del tercer mundo: propugnó que EE.UU. mantuviera un compromiso con sus ventajas comparativas y vendiera lo que producía mejor. En aquel entonces, EE.UU. era más capaz de pescar y de cazar y luego exportar pescados y pieles a Inglaterra, mientras importaba bienes manufacturados británicos de superior calidad.

Probablemente no haya sido previsto por Smith, pero EE.UU. logró su independencia de Gran Bretaña, y procedió a ignorar totalmente sus consejos a favor de un mercado libre. Bajo Alexander Hamilton, las colonias liberadas pasaron a establecer de inmediato altas barreras protectoras (como ser aranceles) para tratar de impedir el ingreso de textiles británicos, y después de acero británico. Esto permitió que el nuevo país construyera su propia base manufacturera bajo barreras protectores especializadas y gracias a otras formas de increíble intervención estatal.

Un producto básico en la manufactura estadounidense en el Siglo XIX fue el algodón, calificado a menudo de combustible de la industrialización estadounidense. EE.UU. produjo algodón y se convirtió en el principal exportador de algodón del mundo después de eliminar a una masiva población indígena, que, según Howard Zinn, podría fácilmente llegado a un total de “miles y miles” de indios.

La conquista de casi la mitad de México y la anexión de Texas también estaba bien: necesitaban tierras para monopolizar el algodón y “poner de rodillas a Inglaterra”, para citar a los demócratas jacksonianos. Entonces EE.UU. incrementó la producción de este “combustible” del Siglo XIX mediante su desarrollo de una sociedad esclavista, seguida por la criminalización de la vida de los negros a fin de explotar su trabajo.

De ese modo la sociedad estadounidense se industrializó evidentemente en oposición, no supuesta adhesión, a los principios de mercado. Fue necesaria una violación radical de la libre empresa para desarrollar (cambiar) sus ventajas comparativas. Obviamente, ningún pequeño negocio o grupo de empresarios podría haber conquistado la mitad norte de México; una institución públicamente subvencionada –el gobierno– era la pieza faltante.

Una breve mirada al Siglo XX también revela exactamente este hecho, o el concepto de que EE.UU. no se desarrolló o modernizó por su devota fidelidad a los principios de mercado.

Ronald Reagan es considerado ahora un campeón de los mercados libres, y los años ochenta como una década en la historia de EE.UU. en la cual floreció la economía empresarial. Sin embargo, los esfuerzos del gobierno de Reagan por proteger a las empresas estadounidenses de la disciplina del mercado no tuvieron precedentes hasta que fueron implementados. Por ejemplo, el arancel de 100% impuesto a algunos productos electrónicos japoneses lo fue para “imponer los principios de comercio libre y justo”, según el presidente Reagan. Su secretario del Tesoro, James A. Baker, alardeó posteriormente ante la Cámara de Comercio de EE.UU. de que el gobierno “aseguró más atenuantes ante las importaciones a la industria estadounidense que cualquiera de sus predecesores en más de medio siglo”.

Según un exhaustivo estudio de la era Reagan de Clyde Sanger, asociado sénior para Finanzas Internacionales en el Consejo de Relaciones Exteriores, en Foreign Affairs: “El ejecutivo jefe de la posguerra con un amor más apasionado por el laissez-faire, presidió el mayor cambio hacia el proteccionismo desde los años treinta”. En un estudio doctoral de

Patrick Low, economista del secretariado del GATT, estima que los efectos restrictivos de las políticas de Reagan fueron aproximadamente el triple de los de otros destacados países industriales.

Clyde Sanger menciona una cierta ironía temática, es decir la defensa de disciplina de mercado como instrumento utilizado por los que están en el poder, que logran evitar los estragos del mercado como resultado de una sorprendente intervención del Estado. Los que carecen de poder se ven entonces expuestos a la disciplina del mercado libre, y por ello les queda muy poca, si alguna, protección contra las estructuras subvencionadas del poder. Este tema domina de manera impresionante la historia económica de los últimos tres siglos.

El gobierno de Reagan siguió un camino común que ha sido practicado en EE.UU. (y otros sitios) durante toda su existencia. Sin embargo, los neoliberales modernos presentan desde una nueva perspectiva la charada de la teoría del mercado libre. La candidata presidencial

Michelle Bachman glorifica comúnmente las victorias del libre mercado y emite duros sermones sobre la cultura inmoral de la dependencia de la ayuda social de gente pobre y trabajadora en EE.UU. Pero un análisis del Grupo de Trabajo Medioambiental presenta evidencia de que su granja familiar recibió más de 250.000 dólares durante once años.

Una parte importante de la dedicación de EE.UU. a la economía de ‘mercado libre’ incluye las masivas transferencias de fondos públicos a corporaciones privadas, ocultas generalmente bajo la máscara de ‘defensa’ o ‘seguridad’. Sin embargo, la pretensión de que esas transferencias iniciadas (intencionalmente) por el Pentágono a la industria privada no han sido económicamente efectivas, no es de hecho realista. Las industrias automotora, siderúrgica, de alta tecnología, de fibras ópticas, aviación, y otras, nunca hubieran podido sobrevivir a la competencia internacional, innovar o desarrollarse mediante la investigación sin esas violaciones fundamentales de los principios de mercado, como lo señala el profesor del MIT, Noam Chomsky, en Hegemonía,

Tal vez sea un tema digno de debate si vale la pena defender este proteccionismo radical en un sistema mercantilista guiado por el Estado, pero su uso desafía incuestionablemente en principio toda teoría estándar (clásica) de libre mercado. Ya que nuestro enfoque analítico se concentra en el mundo como es en realidad, nuestra atención debería ser enfocada en la teoría de libre mercado realmente existente, o en cómo se aplica realmente la teoría económica.

El presidente Barack Obama, a diferencia de su predecesor, no ha evitado la creencia y la aceptación de que el proteccionismo es efectivo (y profundamente disfrazado). Por cierto, cuando las intervenciones en el mercado de su gobierno salvaron miles de empleos sindicalizados durante los rescates financieros de General Motors y Chrysler en 2009, comentaristas en los medios estadounidenses las calificaron con empeño de ‘infracciones al mercado libre’ y de ‘regalos’ a corporaciones que no las merecían y a los sindicatos. Sin embargo, cuando el presidente Reagan subvencionó una enorme cantidad de los costes de capital de GM en los años ochenta para salvar a la administración de la compañía de una masiva bancarrota y restructuración, fue algo simplemente necesario en el esfuerzo del país por salvar a la industria estadounidense.

En 2011, el presidente Obama anunció hábilmente un ‘nuevo’ proyecto federal que ilustra exactamente lo que siempre ha sido la política de mercado libre de EE.UU.: “un esfuerzo conjunto de la industria, las universidades y el gobierno federal para ayudar a volver a posicionar a EE.UU. como líder…” Desesperado por conseguir crecimiento económico antes de su candidatura a la reelección dentro de solo año y medio, el presidente de EE.UU. volvió a la aplicación de lo que siempre ha sido la teoría económica de libre mercado existente: un cliché increíblemente confuso.

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William E. Shaub es profesor de violín en la Escuela de Música Juilliard en Manhattan y activo periodistas político

Fuente: http://www.counterpunch.org/2011/10/26/the-cliches-of-economic-history/

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