El poder del lenguaje internacional

por Jorge Majfud

¿Por qué los negros en Estados Unidos se llaman «afroamericanos»? ¿Por qué los blancos no se llaman «euroamericanos»?  A los blancos se les dice americanos; a los negros, afroamericanos, que es como decir «casi-americanos». Porque la palabra «negro» es despectiva mientras nadie se ofende por ser llamado «blanco». Algo así como decir «hijo ilegítimo». ¿Cómo un recién nacido (un ser humano sin pecado) puede ser ilegítimo? ¿Cómo un indocumentado puede ser «ilegal»? ¿Qué tienen los llamados «afroamericanos» de africanos, además del color de la piel? Más tienen de Europa que de África (y lo digo por haber vivido entre tribus africanas). De los europeos, la mayoría heredó su religión; de los europeos heredaron el dolor, la humillación y a veces el resentimiento. Razón por la cual los afroamericanos deberían ser llamados «euroamericanos», si no fuese porque afroamericano es un eufemismo de «negro» (tabú que indica algo malo) que no se refiere a una cultura africana sino, simplemente, a su color de piel.
Ninguna palabra es inocente, pero hay algunas que están hinchadas de ideología, como por ejemplo las palabras «libertad», «democracia», «justicia», etc. Usándolas como espadas sagradas, nos permitimos imponer nuestras convicciones aún por la fuerza, como hace casi quinientos años Cortés, Pizarro y tantos otros «adelantados» salvaron a América Latina decapitando, torturando, violando, esclavizando y quemando pueblos enteros como forma de persuasión (según sus propias palabras).
Tener una convicción no es malo, todo lo contrario; el problema son los métodos, como la inocente manipulación ideológica del lenguaje. Cada día asistimos a la lucha por el significado, desde los «medios de comunicación», desde los discursos políticos, religiosos, académicos, etc. Estamos sumergidos en una guerra semiótica y semántica basada en la asociación arbitraria de conceptos-imágenes-palabras que es construida día a día, por repetición, con un objetivo militar y económico. Esos premoldeados productos semánticos —la Libertad, la Democracia, la Civilización, etc.— se convierten luego en axiomas donde se asientan las nuevas discusiones, axiomas que hacen suyos hasta quienes deben sufrir elsignificado impuesto por esta forma de violencia ideológica. El objetivo casi nunca es la verdad, la búsqueda interesada de comprender al otro, de escuchar: el objetivo es ser escuchado, es convencer en nombre de los «verdaderos valores». Actualmente no existe el diálogo; existen discusiones permanentes, intentos dialécticos de legitimar con símbolos y palabras algo que no depende de los símbolos ni de las palabras. No puedo decir que estamos ante un diálogo de sordos porque los sordos cuando dialogan se entienden.
En ese aspecto nuestro orgulloso tiempo se parece a la Edad Media: por entonces, quien triunfaba por la fuerza de su brazo y de su caballo se atribuía toda la verdad de una disputa dialéctica, ajena al brazo y al caballo. La fuerza no sólo impone su verdad por el miedo y la coacción sino, sobre todo, por la seducción del vencido (luego de masacrados, los mexicanos reconocían llorando ante Cortés que la culpa era de ellos, por resistir a la invasión).
Un hombre pobre nada tiene que enseñarle a un hombre rico sobre cómo hacer fortuna, aunque la fortuna del hombre rico se deba a la lotería o al despojo ajeno. De ahí se sigue que un hombre pobre también es, necesariamente menos sabio y menos inteligente que un hombre rico (razón por la que los presidentes y senadores de una Gran Democracia casi siempre son hombres ricos o amigos de millonarios), con lo cual llegamos a la concusión de que Einstein era un retrasado mental y Sylvester Stallone un genio. Y peor si ese hombre pobre es un habitante del Tercer Mundo —categoría de por sí misma ideológica— que asume y confirma que la riqueza material es riqueza, a secas: espiritual, moral, intelectual, etc.
¿Quién se atrevería a decir que una comunidad indígena que ha tenido la sabiduría de vivir en paz durante siglos es el Primer Mundo? Podríamos decirlo, pero nos rompe los oídos, debido al «buen gusto» que hemos desarrollado escuchando otras frases y otros conceptos prefabricados.
¿Por qué, de igual forma, llamamos «afroamericanos» a seres humanos europeizados por la cultura y por la violencia de la historia? ¿No es una nueva forma de violencia ideológica que hace suya la misma víctima, que de esa forma se define como periférica, por el color de su piel, al tiempo que cree revindicar una cultura como forma de resistencia y reivindicación? Porque, entiendo, una cosa es la cultura afroamericana —indu-dablemente rica, desde Nicolás Guillén en Cuba hasta los tambores del Barrio Sur en Montevideo— y otra cosa muy distinta es llamar a una persona «afroamericano» sólo por el color de su piel —como si le hiciéramos un favor.



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Jorge Majfud. Escritor uruguayo (1969). Graduado arquitecto de la Universidad de la República del Uruguay, fue profesor de diseño y matemáticas en distintas instituciones de su país y en el exterior. En el 2003 abandonó sus profesiones anteriores para dedicarse exclusivamente a la escritura y a la investigación. En la actualidad ensaña Literatura Latinoamericana en The University of Georgia, Estados Unidos. Ha publicado Hacia qué patrias del silencio (novela, 1996), Crítica de la pasión pura(ensayos 1998), La reina de América (novela. 2001), El tiempo que me tocó vivir(ensayos, 2004). Es colaborador de La República, El País, La Vanguardia, Rebelion,Resource Center of The AmericasRevista IberoamericanaTiempos del Mundo, JornadaCentre des Médias Alternatifs du Québec, etc. Es miembro del Comité Científico de la revista Araucaria de España. Ha colaborado en la redacción de Enciclopedia de Pensamiento Alternativo, a editarse en Buenos Aires. Sus ensayos y artículos han sido traducidas al inglés, francés, portugués y alemán. Ha sido expositor invitado en varios países. En 2001 fue finalista del Premio Casa de las Américas, Cuba, por la novela La reina de América. Ha obtenido recientemente el PremioExcellence in Research Award in humanities & letters, UGA, Estados Unidos, 2006.

 

Fuente: http://www.margencero.com

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