La Violencia estructural en Guatemala

Por Luis Mack

Todos intuimos de sobra la realidad guatemalteca, plagada de tantas manifestaciones de violencia e inseguridad, al punto que todos sentimos que cada día, nos adentramos en una “selva de cemento”, un territorio en el que priva por todos lados la ley del más fuerte, en el que la “meritocracia” como mecanismo de asignación de beneficios  que rige muchas sociedades modernas, es sustituido por lo que podríamos llamar la “cuellocracia“, un método de asignación que descansa en la habilidad discursiva o de negociación política y no en la capacidad técnica o el desemepeño profesional de los sujetos.

Sin embargo, pocos hemos reflexionado sobre otro tipo de violencia que es aún más dañina y perniciosa que la esa violencia directa a la que estamos familiarizados: tan acostumbrados estamos a los muertos, a los asaltos, a los cortes de carretera, a las huelgas y las manifestaciones de todo tipo, que ya ni vemos lo que Johan Galtung llama la violencia estructural, y mucho menos, la que este mismo autor llama violencia cultural.

De manera sintética, el ejercicio de la violencia estructural se genera por el “diseño institucional” de cada país: la distribución legal de los derechos, los privilegios, las oportunidades y las obligaciones, mientras que la violencia cultural es el discurso que legitima tal diseño institucional y la distribución de tales beneficios y responsabilidades. Es a esta distribución de beneficios y oportunidades y su legitimación ideológica a lo que John Rawls llama “instituciones básicas” que se fundamentan en una “justicia distributiva” que se debe basar en un  “equilibrio reflexivo”, de manera que todos los miembros de la sociedad estén incluidos, aunque claro está, de manera diferenciada.

Por supuesto, tal distribución nunca es “equitativa”, en el sentido de que todos obtengan lo mismo. Pero en sociedades avanzadas, dicha distribución se basa en una repartición que aunque hace diferencia, no genera un abismo entre el individuo más beneficiado, y el más excluido. De hecho, el concepto original de cohesión social descansa en esa idea de que si dos individuos son miembros de una misma comunidad política, la diferencia de beneficios y obligaciones entre uno y otro no debe ser tal, que sea insalvable, por un lado, ni que impida que uno reconozca al otro como parte de una misma comunidad diferenciada.

En Guatemala, sin embargo, el pacto fundacional sobre el que se construyó lo que Rawls llama “instituciones básicas” es tan desigual, tan habitualmente distante entre el que tiene más con respecto al que tiene menos, que las posibilidades de que haya un reconocimiento entre sectores diferenciados es imposible. Es debido a esta característica particular de la Sociedad guatemalteca, que lejos de sentirnos un solo y gran país, nos identificamos mucho más con las identidades más primarias como la familia, la comunidad y la amistad, aquellos lazos que Mark Granovetter llama “lazos fuertes”, que se basan en las relaciones cara a cara, en detrimento de los lazos que han constituido a los países y naciones prósperas y equilibradas: los lazos débiles, o de relaciones funcionales establecidas por la profesión, el rol o el estatus.

Por eso, estructuralmente la sociedad se organiza para dividir, para enfrentar, para desterrar sistemáticamente a un grupo, simplemente porque no pertenece al estrecho círculo de los conocidos o amigos.

Por eso, en Guatemala es tan fácil descalificar y “ningunear” a cualquiera, no por lo que dice o hace, sino por la extracción de clase que tenga o por los amigos que tiene o deja de tener.

Por eso, es tan fácil que si uno no tiene los “contactos” o conocidos adecuados, aunque tenga la capacidad o la experiencia,  siempre estés relegado al último puesto de la fila, sujeto a ser aceptado si y solo sí, hay un espacio libre después de que hayan pasado prioritariamente los amigos o conocidos del “jefe” de turno, o si por el contrario, tu perfil sirve para legitimar lo que está previamente “cocinado”, y entonces, te tocará jugar el papel del “tonto útil”.

Por eso es tan difícil la vida en este país para los que sueñan en mecanismos más equilibrados, universales e incluyentes de distribución de beneficios, o teóricamente hablando, para lo que Rawls llamaría los principios de la Justicia Distributiva que se base en criterios de equilibrio reflexivo.

En Guatemala, entonces, hay muchas formas directas, brutales y crueles de matar, pero también existen formas sutiles y de largo plazo para aniquilar, anular y destruir. Si no es así, pensemos por un momento porque la indiferencia de la sociedad y las actuales autoridades de gobierno, que con toda su pomposa campaña de “solidaridad” y “cohesión social”, han sido sordos y ciegos al drama de los migrantes guatemaltecos que son deportados de Estados Unidos y a quienes ni siquiera se les brinda lo más elemental para soportar el drama que cada uno tiene que contar.

Las historias de exclusión, de pobreza y de “ninguneo” son por eso tan comunes en nuestros países. Y entonces, como una sociedad acostumbrada al fracaso, nos acostumbramos demasiado a lo retorcido, a lo surrealista, a la tragedia cotidiana que se vuelve costumbre. Y en una situación así, la indiferencia se transforma en la principal violencia simbólica y estructural de este país: cada uno con su drama, cada uno con su cruz, que cada quien se salve como pueda, y aquí no ha pasado nada.

Yo todavía sueño en un cambio, sin embargo, a veces dan ganas de darse por vencido, y seguir el ejemplo de tantos connacionales a los que este país les ha negado el derecho a vivir, ya que muchos ni siquiera pueden aspirar al sueño del gran poeta Otto René Castillo, que se sintetiza en estas dolorosas palabras:

“Aquí no lloro nadie,

aquí solo queremos ser humanos.

Comer, reir, enamorarse, vivir,



vivir la vida y no morirla”

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