Amaneceres

David Brooks

Con un primer encuentro en Wall Street entre estudiantes y trabajadores, de pronto se asoma algo que podría convertirse en un nuevo movimiento social en Estados Unidos.

Hace un par de días, la sección de Nueva York del sindicato de trabajadores de transporte público TWU fue el primer gremio en expresar formalmente su solidaridad con los jóvenes que conforman la mayoría del plantón de Ocupa Wall Street, y poco a poco se fueron sumando otros. Y en lo que puede cambiar todo, el sindicato industrial más grande del país –el siderúrgico USW– se convirtió en el primer gremio nacional en expresar su apoyo. De repente se escuchaba en el plantón el coro de estudiantes y trabajadores unidos.

Esa alianza, históricamente, hace temblar al poder en cualquier país: en El Cairo la unión de sindicatos y jóvenes fue fundamental; aquí fue lo que convirtió a Seattle y sus ecos en otros países en una amenaza al orden mundial. En Seattle, en 1999, en un mitin del sindicato siderúrgico durante las protestas contra la cumbre de la Organización Mundial de Comercio, los trabajadores se dieron cuenta de que aparecieron cientos de jóvenes a sus lado. Un líder sindical, el actual presidente del USW Leo Gerard, estaba al micrófono y de pronto interrumpió la lectura de su discurso y dijo: hermanos y hermanas, por favor volteen a su lado y abracen a los jóvenes, a nuestros nuevos hermanos, el futuro de todos nosotros.

La pasada semana empezó a ocurrir algo parecido, pero al revés: ahora los sindicalistas llegaron a la concentración de los jóvenes a ofrecer su abrazo de solidaridad. Apenas son palabras, ya que sólo han llegado pequeños contingentes de sindicalistas al plantón y sus marchas, pero es un aviso de algo que no se ha visto desde Seattle. Está muy lejos de ser una primavera árabe en Estados Unidos, pero representa el potencial de llegar a ser el primer movimiento de rebelión contra un sistema político y económico que ya no responde a las grandes mayorías.

El terreno no puede ser más fértil. Las encuestas más recientes demuestran algunos de los niveles más altos de desconfianza y repudio contra la cúpula política y económica del país, por todas partes se repite que esta es la peor crisis desde la gran depresión pero que los costos de esta recesión se trasladan a los trabajadores y los pobres mientras los ricos gozan cada vez más de una concentración de riqueza no vista desde 1928.

Poco a poco se asoma la posibilidad de que la acción en Wall Street, iniciada por una agrupación de individuos, sin vínculos con organizaciones y con poca experiencia en lo que podría llamarse un movimiento, podría detonar el estallido que tanto esperan sectores progresistas, y tanto temen las autoridades, que sí estudian lo que ocurre en Madrid, Chile, Grecia y Londres, y que recuerdan –más que muchos de los manifestantes– a Seattle.

Algunos creen que éste es el momento. El ex periodista del New York Times y ahora comentarista progresista Chris Hedges recién instó a todos a sumarse a las protestas de Ocupa Wall Street. Ya no quedan pretextos. O te sumas a la revuelta que está ocurriendo en Wall Street y los distritos financieros de otras ciudades a lo largo del país, o te quedas del lado equivocado de la historia. O bien obstruyes, en la única manera que nos queda, la desobediencia civil, el saqueo de la clase criminal en Wall Street, que ha acelerado la destrucción del ecosistema que sostiene a la especie humana, o te conviertes en los que pasivamente permiten todo esto. O pruebas, sientes y hueles la intoxicación de la libertad y revuelta, o te hundes en el miasma de la desolación y apatía. O eres un rebelde, o eres un esclavo.

Para el reconocido filósofo político Cornel West, profesor de la Universidad de Princeton, lo de Ocupa Wall Street podría ser el inicio de un otoño estadunidense respondiendo a la primavera árabe. En entrevista con Amy Goodman, de Democracy Now, realizada en el plantón, West dijo: “estamos hablando de un despertar democrático; estamos hablando de elevar la conciencia política para que se vierta por todas partes del país, para que la gente empiece a ver lo que sucede a través de un lente diferente… Porque estamos hablando al fin de lo que Martin Luther King llamaría una revolución; un traslado del poder de los oligarcas a la gente de todos los días, de todos los colores, y eso es un proceso de paso a paso. Es un proceso democrático, es un proceso no violento, pero es una revolución, porque estos oligarcas han estado transfiriendo riqueza de la gente pobre y trabajadora a un ritmo muy intenso en los últimos 30 años, con impunidad, y aun así sonríen en nuestra cara y nos dicen que (la crisis) es nuestra culpa. Eso es mentira, y este bello grupo es un testimonio de que es mentira…. Digo, es sublime ver todos los diferentes colores, los diferentes géneros, todas las diferentes orientaciones sexuales y diferentes culturas, todos juntos aquí en la Plaza Libertad”.

Estas palabras aún suenan grandilocuentes y empapadas de intensa esperanza, ya que en los hechos aún no aparece un movimiento social masivo en las calles del país. Ocupa Wall Street permanece como un grito noble en la larga noche de este país, una iniciativa algo desorganizada, que padece de amnesia histórica y comienza apenas relaciones con otros sectores sociales y hasta es un poco vanidosa (somos la inspiración para el mundo, grita un participante mientras otros se proclaman una revolución, aparentemente ignorando lo que pasa en Grecia, Chile, España y el mundo árabe).

Pero sin duda el grito desde Wall Street –término que identifica al sector financiero que ahora es el supremo poder en este país– está encontrando un eco que podría ser un anuncio de un amanecer en el país. Eso depende en mucho de si los estudiantes y trabajadores pueden traducir sus elocuentes palabras y buenas intenciones en un movimiento.

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