Sectas apocalípticas y la pobreza de las expectativas humanas

Jairo Alarcón Rodas/ PúblicoGT

Al parecer vivimos tiempos difíciles, el fin del mundo se acerca, al menos eso es lo que vociferan seguidores de sectas fundamentalistas. Y es que el mal se ha apoderado del planeta y es necesario el advenimiento del Mesías para revertir el caos, dicen. Ciertos cálculos estiman que no pasaremos del 2012, lo cual coincide con las profecías mayas, con algunas interpretaciones sobre las predicciones de Nostradamus, con lo dicho por los indios Hopi, etc. Toda una visión aterradora de nuestro futuro inmediato, del actual estado de cosas.

La entidad del mal ya está entre nosotros, aseguran. Las señales son múltiples: terremotos en distintos lugares, crímenes, enfermedades, decadencia humana, guerras. En fin, signos claros y evidentes de nuestra inevitable destrucción. Satanás ya está aquí, engañando, pervirtiendo, convenciendo y reclutando a hombres y mujeres que no han aceptado la palabra. La solución es aceptar los dogmas y arrepentirse de los pecados.

Y es que dentro de la cristiandad, los seres humanos nacemos en pecado. Todo debido a la desobediencia en el Jardín del Edén. Se nace con culpa y ésta, en palabras de Landmann, no se basa en delitos cometidos, sino que está arraigada en nuestro ser en cuanto tal. Así, inexorablemente culpables, se hace imperioso el redimirse a través de la fe. De ahí que, miles de vendedores pululan por el mundo ofreciendo el boleto al cielo. Con mensajes apocalípticos atemorizan a las multitudes y haciendo presa de la ignorancia, convierten nuestras desgracias en promesas de esperanza y redención.

Curiosamente la realidad en la que estamos inmersos no difiere del principio del fin de nuestros días, descrito en la revelación bíblica. Pero lo que ocurre en este planeta no es responsabilidad del demonio. Por el contrario, es producto de hombres y mujeres que crean sistemas perversos donde la miseria es la condición de muchos y la riqueza, la de muy pocos. Donde los excesos destruyen aceleradamente el medio ambiente, contaminando ríos y mares, exterminando fauna y flora. Donde se rinde culto a las superficialidades y lo esencial, permanece oculto.

Sí, estamos perdiendo nuestra capacidad de asombro, lo cual se debe a reiteradas y dantescas manifestaciones de la decadente condición humana. Acostumbrados a actos atroces, en países como Guatemala, la insensibilidad se instala negándole paso a la protesta. Mudos, sin poder emitir el grito de descontento del que habla Holloway, al parecer, estamos a gusto con el mundo, lo cual resulta desquiciado. Poco a poco la violencia se vuelve parte de nuestra cotidianidad y por más repulsivos que sean los crímenes, para muchos, es mejor pensar que son señales del cielo.

Nuestras actuales expectativas nos llevan a sumirnos en el desencanto y la desesperación. Y mientras más consciente se es del estado de cosas en que se vive, más angustia y dolor embarga nuestro ser. Es por ello que muchos se narcotizan, viven embriagados o simplemente se encuentran alucinando entre cánticos de alabanzas. Paradójicamente, escapan de la realidad para quedar atrapados en irrealidades.

¿Qué hacer, cómo cambiar lo que se juzga inevitable? La respuesta no está en las alturas, ni en las profecías, ni en ningún culto religioso. La solución al caos en que vivimos no está en mesiánicos profetas y políticos inescrupulosos. La respuesta está en nosotros mismos, en nuestros actos y en el poder que logremos a partir de la defensa de la verdad. Hablar de verdad es también de justicia y ésta, a su vez, lleva impreso el sello del bien.

Pueden hablar de relativismo los que se han apropiado de las riquezas y usurpado los bienes de la humanidad diciendo que, lo que es bueno para unos, puede no serlo para otros. Pero la razón objetiva nos dice que todo aquello que esté en provecho de la pervivencia y desarrollo integral de la especie, incluyendo su medio ambiente, es lo correcto. Por el contrario, lo que la ponga en peligro es lo nefasto. Dentro del maniqueísmo religioso el bien y el mal permanecen unidos. Y así como en éste, donde el bien derrotará al mal, en la realidad humana la justicia prevalecerá sobre las injusticias, situando a sus representantes en el lugar que les corresponde.

Pero para ello hay que entrar en razón, poner los pies en la tierra y dejar por un lado las supercherías religiosas, los fármacos y etílicos. Lo cual significa tomar el control de nuestros actos, ver con claridad el escenario en donde nos encontramos, recobrar la lucidez. Volver a la razón significa, en palabras de Horkheimer, inteligencia capaz de un discernimiento universal. Pero en países donde las desigualdades son tantas y el hambre limita el horizonte existencial, la esperanza de que eso suceda es mínima.

Pensar en sociedades donde la iniquidad desaparezca es quizás una utopía, pero ¿qué de los adelantos de la especie, no fue producto de éstas? Son parte de los deseos humanos, de sus inquietudes, de la dialéctica del progreso. Quién en su sano juicio no prefiere un mundo donde se pueda vivir en paz y tranquilidad, donde las oportunidades sean para todos y el bienestar sea una realidad. Para ello hay que actuar, alzar la voz, organizarse  y exigir en la tierra lo que se nos está prometiendo en el cielo.

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