Mañana será otro día

Por Gustavo A. Abril Peláez

Era julio del año ochenta; desde la playa se escuchaba el golpe de las olas; la brisa sureña empujaba el olor a sal con el que la aldea condimentaba los sueños de campesinos y pescadores mientras se mecían en el rumor de la noche. Por un instante el reloj se detuvo en posición de presagio, y luego, como queriendo mandar al pasado el momento, marco los segundos a paso redoblado para acelerar el tiempo.

Las ranas callaron… Los grillos también, y en el silbo que dejó en su huida el viento, sonidos de guerra cruzaron el cielo en un maldito momento. –Taka taka taka taka taka taka– cantó el instrumento de la muerte… Y después de un corto silencio, gritos de viuda y chillidos de huérfano mezclados con vítores al delirio sangriento.

Fausto y yo logramos escabullirnos, primero arrastrándonos entre las sombras, luego bordeando el estero, corriendo con la luna hacia el monte para salvar el pellejo. “Mañana será otro día, primo… Mañana podremos llorar a nuestros muertos”

Nota del autor:

Me da lo mismo no querer recordar quiénes dispararon, aquella noche, las balas… Lo mismo sufrió esa aldea las acciones de uno y otro bando.

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