Los cañones de agosto

Alejandro Nadal

Mientras el riesgo de una moratoria griega se mantiene latente, los líderes europeos empujan a la Unión Europea al borde del abismo. Lenta pero irremediablemente, la economía europea y la moneda común están siendo arrastradas hacia una crisis más profunda y prolongada, con consecuencias políticas inimaginables.

Es posible que se aumenten los recursos del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera o que se le otorgue mayor flexibilidad al Banco Central Europeo para sus acciones. Eso será muy poco y demasiado tarde. La moratoria griega es ya un hecho y traerá una larga cauda de quiebras bancarias y nuevas cargas fiscales para rescatar a los bancos europeos más expuestos. La recesión prolongada en Europa será inevitable. Las secuelas de desempleo, pobreza y desigualdad tendrán efectos políticos decisivos, para bien y para mal.

En 1962 la historiadora Bárbara Tuchman publicó su libro Los cañones de agosto, una historia militar sobre el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Es un estudio con lecciones interesantes en el contexto actual. Aunque las circunstancias son distintas, destacan algunos paralelismos entre lo que hoy hunde a Europa en la crisis y los orígenes de la tragedia de 1914. Los nacionalismos estrechos y el dogmatismo son rasgos que se vuelven a presentar.

Ayer como hoy, los principales líderes e intelectuales en Europa mantenían la ilusión de que los vínculos comerciales ya existentes en el continente eran una garantía de que los conflictos no se resolverían por la vía armada. Se pensaba que las consecuencias económicas de una conflagración serían tan graves y, sobre todo, evidentes, para todas las partes involucradas, que la guerra sería impensable. Cuenta Tuchman que cuando el jefe del estado mayor alemán, el general Von Moltke, fue advertido sobre esas consecuencias económicas para incluirlas en sus planes, exclamó irritado: Yo soy militar, ¡no economista! Era como si las virtudes del doux commerce de Montesquieu se hubieran erigido en un inmenso valladar frente a los impulsos belicistas.

Pero el argumento de que los lazos comerciales y la riqueza impiden las guerras descansa en la idea de que la prosperidad aumenta el costo de oportunidad de una conflagración: los agentes hacen sus cálculos y el saldo es negativo para la opción guerrera. Pero las cosas no son tan sencillas. Las economías con mayor riqueza también tienen más recursos para ir a la guerra. A esto se le puede llamar el efecto ingreso y actúa en detrimento de la paz.

Por otra parte, la guerras no afectan por igual a los países. Francia es una abstracción, como dijera Marx. Lo que existen son clases sociales, élites y proletarios o clases medias. Normalmente, quien paga con sangre los costos de la guerra o la crisis son las masas, no las élites. Aunque el paralelismo entre 1914 y la Europa de 2011 no estriba directamente en un escenario de guerra, la crisis económica en la que se hunde el continente también tendrá efectos dolorosos y prolongados sobre las masas.

En 1914 todos los protagonistas del conflicto estaban convencidos de que una guerra duraría poco tiempo. En unas cuantas semanas regresarán los muchachos, se decía cuando los contingentes marchaban a una de las peores carnicerías en la historia. Esta idea sobre la forma en que se desarrollaría la guerra estaba basada en visiones dogmáticas sobre los conflictos armados en la segunda mitad del siglo XIX. Los mandos militares y las élites políticas subestimaron sistemáticamente el impacto de los cambios tecnológicos que ya habían irrumpido en los arsenales de todas las potencias involucradas y fueron incapaces de entender la naturaleza cambiante de la guerra.

De manera análoga, la crisis financiera y económica en Europa ha sido mal entendida y sus efectos han sido subestimados de manera peligrosa. Los líderes europeos no han comprendido la naturaleza de la crisis. Han sido lentos en su respuesta y dogmáticos en su enfoque. Y en su actitud no ha estado ausente una buena dosis de cobardía. Al someterse a los dogmas neoliberales cerraron las puertas a políticas que hubieran revertido el efecto de la crisis. En no pocos casos se han rendido frente a nacionalismos que coexisten con una regresión política.

Hay que insistir: no es que el escenario de una guerra en Europa sea el punto de comparación directa con el libro de la Tuchman. Pero las sombras de un conflicto vibraron hace unos días cuando el ministro polaco de Finanzas, Jasek Rostowski, declaró ante el Parlamento europeo que la crisis del continente podría destruir la Unión Europea y hasta arrojarla a un conflicto armado. Europa está en peligro, señaló Rostowski. Quien piense que una guerra en Europa es impensable sólo tiene que recordar el conflicto en Serbia, Croacia y Bosnia-Herzegovina entre 1992 y 1995.

El euro y la Unión Europea neoliberales son proyectos mal concebidos. Y ahora su destrucción puede ir acompañada de una peligrosa regresión política en la que muchos escenarios pueden caber.

http://nadal.com.mx

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