El dinero como protagonista y emperador electoral

Sergio Barrios Escalante


“El poder real es económico, entonces no tiene sentido hablar de democracia” (José Saramago).

Si bien resulta aberrante considerar que la democracia se reduce o agota en la realización periódica de ritos electorales, mucho más aberrante resulta considerar que los procesos electorales se reducen a una mera danza de capitales.

Y eso es lo que acabamos de observar y padecer más de 14 millones de guatemaltecos en las recientes elecciones generales; una auténtica orgía de capitales, cuyo monto exacto nadie conoce, los cuales, a través de una obscena alquimia y un desafortunado agujero negro en el sistema electoral, fueron transformados al menos varios cientos de millones de dólares.

Platicando con ciudadanos comunes y nada corrientes, varias veces escuché por boca de gente muy modesta (y algunos de muy avanzada edad), que era un completo absurdo que en un país como Guatemala, campeón continental en hambruna infantil, se gastarán fabulosas y nada discretas sumas de dinero en mercadeo electoral.

Solo un chalado puede negar la obvia importancia del dinero, pero cuando todo se subordina a la tiranía ciega del capital, todo termina prostituyéndose, y la línea divisoria entre valor y precio se trastoca por completo, convirtiéndose el ser humano en un ser alucinado.

Este proceso electoral (que todavía no acaba), ha sido uno de los más largos, cruentos y costosos en la vida política de posguerra de éste países.  La campaña electoral arrancó al día siguiente de la toma de posesión del ingeniero Álvaro Colom, en enero del 2008, y durante casi cuatro años se fue convirtiendo en un insaciable monstruo que se alimentó de enormes cantidades de sangre, dinero, escándalos, asesinatos y manipulaciones de todo tipo.

Y a todo esto, las preguntas del millón (que ni el Tribunal Supremo Electoral ni nadie está en capacidad de responder), son las siguientes: ¿De dónde han salido tan fantásticas cataratas de dinero?

¿Qué pasará cuando los financistas (sin rostro, sin nombre y sin clemencia), empiecen a cobrar sus facturas a los candidatos ganadores y a los ciudadanos perdedores?

En otras palabras, en procesos y sistemas electorales de ésta calaña, todo mundo sabe por quien vota, pero al final nadie sabe en realidad a quién elige.

Desde mi modesta perspectiva, éste es un juego que a nadie le cae en gracia. Percibo con diáfana claridad que la gente común, las masas, se están cansando de esta parodia. Aunque algunos observadores y analistas locales no lo vean (o no lo quieran ver), hay una manifiesta, generalizada y reprimida ira en contra de la clase política y sus partidos descartables.

Hay dos formas de mantener la gobernabilidad: por medio del consenso (vía democrática), o por medio de la fuerza (vía autoritaria/represiva). El statu quo en Guatemala se sintetiza en una “democracia de baja intensidad” con una gobernabilidad en extremo precaria. Auguro tiempos muy turbulentos para éste país si las élites económicas y políticas no escuchan a la gente, aflojan las riendas y facilitan válvulas de escape.

Si no lo hacen, si no escuchan el grito de la gente, que está pidiendo radicales transformaciones en el sistema económico, político, en el sistema de justicia, de partidos y en el sistema electoral, en suma, la refundación del Estado guatemalteco, es muy probable que en el mediano plazo se abran nuevos focos de tensión social.

Y es bueno señalar que mucha gente en Guatemala desea que estos cambios estructurales sean dirigidos por el pueblo y no por la nobleza y la aristocracia pseudo-colonial-empresarial, esa misma que en el siglo XIX encabezó la mal llamada “independencia”, adelantándose a ello “antes de que el pueblo la hiciera por sí mismo”, tal y como rezan los textos de historia.

– Sergio Barrios Escalante es Científico Social e Investigador. Ensayista y Escritor. Activista social por los derechos de la niñez y la juventud. Edita la Revista virtual mensual Raf-tulum.

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