Carcel, hospital o Cementerio

Por Gustavo Abril

Las razones de mi enfado y lo que hacía frente a ese centro comercial de ciudad de Guatemala no vienen al caso. Finalizaba la tarde cuando un niño de no más de seis años se acercó a la ventanilla de mi auto con alguna pregunta impertinente; no quise responderle, ni siquiera lo mire a la cara… Y fue mejor así, pues antes de ser grosero con un pequeño, prefiero ignorarlo y permanecer callado.

“¡Lico!” gritó una mujer que rumiaba su embriaguez, sentada al pie de una escalera. Su expresión era áspera y llena de desamor para el pequeño “Lico” y para su hermanita –apenas uno o dos años mayor-, que buscaba un poco de ternura acariciando el enmarañado pelo de una madre que no se ocupaba más que de proteger una sucia caja de cartón donde, seguramente, tenía todas sus pertenencias: unas cuantas hojas de papel periódico, una botella de aguardiente y un par de cobijas viejas.

Anochecía cuando los niños se apartaron para juguetear entre sueños imposibles que se encendían uno a uno con las luces de los escaparates. Mi traicionera imaginación hizo que, por unos instantes, pudiera ver a “Lico” con el mismo corte de pelo a la rapa (segura secuela de la última invasión de piojos), pero 10 años mayor; lo vi luciendo en su piel morena los tatuajes de su resentimiento contra la vida y contra personas que, como yo, en algún momento voltearon el rostro ante su inocencia… Y al verla a ella, con esos ojos de “ángel pies descalzos” que se abrían desmesurados a la vista de un maniquí vestido de gran señora, me pregunté: ¿Sabrán cerrarse esos ojos ante el oprobio que les traerá la miseria?

Ojala pudiera escribir para esos pequeños un cuento con final de novela rosa y así quitar el dolor que esta visión trajo a mi alma, pero la imaginación no alcanza cuando la realidad es tan contundente: para ella difícilmente habrá otra cosa que vició y “mala vida”, y para él no parece haber un derrotero diferente que el de “cárcel, hospital y cementerio”, credo de las maras que tarde o temprano llegaran a ser su única y verdadera familia.

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