Fútbol y pedagogía: una reflexión a partir de Panzeri

Andrés de Francisco

El hombre –homo ludens– inventa el juego, porque lo necesita para vivir. El fútbol, por su parte, es un juego que reinventa la vida, la recrea, la refleja. Y lo hace devolviéndole, como un espejo, toda su complejidad y riqueza. El fútbol es lo que es: tiene sus reglas, su objetividad. Pero es más que eso. Como la vida, trasciende su pura realidad objetiva, e incorpora dimensiones estéticas, éticas y aun políticas. A diferencia de cualquier otro animal, que bastante tiene ya con sobrevivir, el hombre se sacude ese afán básico, y se proyecta como artista –imagina, crea, y a veces logra incluso dar forma a la belleza y hacerla visible. También, como ser social, juzga las acciones por su calidad moral –eso está bien hecho, aquello estuvo mal–, y le importan cosas tales como la cooperación, la justicia y la reciprocidad, que son virtudes necesarias para la buena vida social. Finalmente, el hombre es un animal político porque en la vida social hay poder, jerarquía y mando. Pues bien, todo eso –estética, ética y política– lo recrea y refleja el fútbol seguramente mejor y más plenamente que cualquier otro juego colectivo de conflicto y cooperación. Por eso es un juego maravilloso, apto también para la reflexión filosófica. Belleza y utilidad en el fútbol

Cuando miramos a las cosas, podemos identificarlas y describirlas: esto es una copa de vino, por ejemplo, tiene un determinado tamaño, es transparente y su forma es ovalada. Todos esos son detalles o datos de su objetividad, y podemos describirlos con mayor o menor acierto. Pero la forma y la transparencia de esa copa no son casuales, sino que responden a la función que el artífice quiso darle al cristalino objeto: que la copa sea más cerrada por la boca que por la base permite agitarla ligeramente para que el vino circule, se oxigene y desprenda sus aromas sin derramar una sola gota. Que la copa sea de cristal transparente nos permite juzgar al vino por sus colores. El fútbol también tiene una realidad objetiva. Sus reglas definen qué es un gol, qué una falta, qué un fuera de juego, cuántos jugadores hay, en qué espacio se desarrolla y durante cuánto tiempo… Etc. Como en todo juego, las reglas son constitutivas, lo generan, lo dotan de realidad. Sin reglas, o cambiándolas constantemente, no podríamos jugar porque no sabríamos a qué jugamos. Ahora bien, con esas reglas consabidas, empieza el juego: rueda el esférico. A partir de ahí, cada jugada, cada posición, cada movimiento, pretende cumplir la función básica de superar al contrario y/o evitar ser superado por él. Si lo logra, será útil, efectiva, práctica.

Huelga decirlo: la utilidad en el fútbol es fundamental. Lo es porque este juego, como casi todos, tiene un objetivo supremo: ganar, ganar, ganar. Quien no quiera ganar es un mal jugador, un mal entrenador, un mal aficionado. Incluso el espectador imparcial, el analítico, que no va con ninguno de los dos equipos, presupone y exige que esos equipos quieran ganar y persigan con su juego la victoria. Por ello mismo, porque el fútbol no se juega sólo por jugar, sino para ganar, conviene descartar lo inútil del fútbol, lo poco práctico, lo improductivo, lo inefectivo: lo que no sirve para ganar. Gran misterio del fútbol, por lo demás: a menudo lo práctico y lo efectivo es lo que retrasa el gol, dando un paso atrás para adelantar dos, dando un rodeo para llegar adonde la línea recta es el camino más largo, frenando ahora para acelerar después, conteniendo al principio para atacar en otro momento, cansando al equipo contrario para superarlo cuando las fuerzas le fallen, etc. La impaciencia, la precipitación, la unilateralidad, la previsibilidad… Todo eso es lo improductivo en el fútbol. En rigor, lo es también en cualquier faceta interesante de la vida: sea descartado, apartado, sea reducido a su mínima expresión.

Sea como fuere, esa realidad objetiva que con toda su funcionalidad forma si se quiere la base del fútbol, no es todo el fútbol ni haría de este juego la maravilla que es. Porque el fútbol, además, tiene una insoslayable dimensión estética. También la copa de vino la tiene: dos copas pueden ser igualmente útiles para realizar sus funciones básicas, pero una es más bella que la otra, y es la que elegimos. Lo mismo, con mucha más variedad, ocurre en el fútbol. Un jugador inicia un regate y sale a trompicones: ha conseguido su objetivo, se fue del contrario, el movimiento ha servido. Sin embargo, le faltó algo. Otro jugador pone la pierna en posición heterodoxa, golpea mordida a la pelota, y ésta atraviesa la portería tras ser casualmente desviada por un defensa. Ha sido gol y, sin embargo, a la jugada le faltó algo. Un equipo se ha cerrado atrás, renunciando a la pelota como si le quemara, mandándola arriba para que su punta la corra a ver si por fortuna engancha alguna. El equipo no sólo evita perder sino que, efectivamente, su punta marca el gol de la victoria. El juego de ese equipo logró el objetivo supremo: ganó. Pese a ello, le faltó algo.

Lo que en todos estos casos faltó fue la belleza. Porque el fútbol, como la vida misma, encierra esa aspiración estética. Entre dos cosas igualmente útiles preferimos la más bella; y a menudo preferimos la más bella aunque sea menos útil. También en el fútbol. Consentimos un regate feo si ha sido útil, pero preferimos el bello, limpio, elegante. A veces, sólo a veces, preferimos incluso el bello regate, aunque termine en nada, simplemente porque nos hizo disfrutar. Un golazo es casi invariablemente aquél de bella factura, una buena jugada es una jugada bonita, un buen juego es la mayoría de las veces un juego que despierta nuestro sentido estético, que da gusto ver.

Se puede vivir sin belleza, sin duda, pero no se puede ser feliz sin ella. También se puede jugar al fútbol sin crear belleza (desgraciadamente, el juego feo es más abundante que el bello), pero entonces tampoco el fútbol nos hace felices (puede servir a lo sumo para desahogar pasiones, pero no nos enriquece). Porque, al decir de Stendhal, la belleza es como una promesa de felicidad. La falta de proporción, de gracia, de armonía -en definitiva, lo feo- es como si nos agrediera, porque en el fondo le quita el sentido a las cosas, o una parte esencial de su sentido: no acabamos de entender su necesidad. Parece un capricho absurdo de su creador, y por eso necesita una justificación, algo que nos lo explique. Lo bello simplemente se agradece. Un fútbol feo también es en buena medida un fútbol sin sentido. Su única justificación es: “no pudimos hacerlo mejor, porque el contrario lo impidió”. Un fútbol armónico, por el contrario, preciso y equilibrado, con variedad de registro y cambio de ritmo, con jugadores atrevidos que dominan la pelota, con movilidad concertada y capacidad de sorpresa. Un fútbol así –con ideas, imaginación y creatividad– puede llegar a ser una obra de arte. No sé si la belleza existe o es una proyección de nuestra sensibilidad; pero tengo para mí que sólo el ser humano es capaz de contemplarla y gozar de ella. También de quererla, buscarla y crearla. Entonces, creándola o disfrutándola, nos hacemos mejores, porque en ese momento –en la creación, en la contemplación- convivimos con lo perfecto. Si a lo bello le quitamos o añadimos algo, lo estropeamos. Por eso la belleza y el arte tienen algo de divino, de inspiración divina. También el fútbol a veces raya la perfección, y parece como tocado por los dioses. No se le puede añadir ni quitar nada. Entonces, nos hace felices o nos promete felicidad, como cualquier otra obra de arte.

Entre utilidad y belleza siempre hubo tensiones irresueltas, y conviene dejar las cosas claras. En el fútbol, como seguramente en la vida, tiene prioridad lo útil sobre lo bello. Si la belleza se interpone en el camino de la satisfacción de nuestras necesidades básicas, aprendemos a convivir con la fealdad: ¡qué remedio! Pero sería un enorme error –error que suelen cometer el mal jugador y el mal entrenador, ambos conformistas- si al jugar al fútbol nos conformáramos con lo útil y renunciáramos al arte que implica jugar bien, al reto de la belleza. Si el fútbol se deslizara por esa pendiente acabaría estrellándose. No. El reto del fútbol –uno de ellos, en realidad– es resolver esa tensión mediante un buen equilibrio entre lo bello y lo práctico. Y en ayuda de esa resolución, conviene constatar el siguiente hecho, un hecho que los malos entrenadores no acaban de ver, a saber, que el mal fútbol –el feo– gana menos partidos que el bueno. Y viceversa: los grandes equipos de fútbol, los que más goles metían y más partidos ganaban –desde el Santos de Pelé, el llamado ballet blanco, y la selección brasileña de 1970, hasta el Bayern de Beckenbauer o el Milán dirigido por Sacchi; desde el Madrid de Di Stéfano o el de la quinta del Buitre hasta el Dream Team de Guardiola; desde el ballet azul de Millonarios en los 50 o la Máquina del River en los 40, hasta la Argentina de Maradona o la Naranja Mecánica de Johan Cruyff, desde el Manchester del Trebol hasta la Juventus de Platini o el Benfica de Eusebio–, todos ellos son los que mejor fútbol han hecho y más belleza han creado.

Pero entendamos bien qué es la belleza en el fútbol. La belleza no es la figurita ni la filigrana ni el lucimiento vano. La belleza en el fútbol es un contraataque rápido que con tres toques precisos acaba en gol. Esa jugada es bella porque se ejecutó con velocidad y precisión, y resultó imparable. La belleza está en las botas de un jugador que, en equilibrio de potencia y coordinación, consigue fintarle limpiamente a uno, recortarle a otro, escapándose por velocidad de un tercero, para al final dar un pase de gol o atreverse él con el disparo. Bello es un cabezazo certero en el que el futbolista se eleva por encima de su contrincante, mide los tiempos, gira correctamente el cuello e impacta con decisión. Y bello es asimismo un disparo seco que entra por la escuadra, o un amago que nos quita al defensa de encima, un control bien orientado, una triangulación imposible para el contrario, una parada en la que el portero vuela y llega donde nadie lo esperaba. En cierto modo, la belleza es lo extraordinario en el fútbol. Por eso sorprende, al contrario y al espectador.

Talento, confianza y pedagogía

En realidad, ese fútbol sorprende porque crea, porque es creativo. Por el contrario, el fútbol feo suele ser un fútbol previsible antes que sorpresivo; destructivo en vez de creativo, mecánico más que orgánico, deslavazado más que articulado. La belleza es lo que salva al fútbol –como a la vida– de la rutina, de su mecanización, de su previsibilidad. Por eso es tan difícil de alcanzar. Porque la belleza está ligada al talento, que es un bien escaso. La elegancia de Zidane, su cadencia de cisne y sus controles exquisitos, formaban parte del innato talento del jugador argelino. La soberanía de los jugadores monárquicos –Beckenbauer, Hierro, Van Basten, Redondo-, la magia de los magos, la potencia de los potentes, la velocidad de los veloces, la inteligencia de los inteligentes, la astucia de los astutos. Todos esos eran rasgos de su talento futbolístico. Y el fútbol total de los jugadores totales, los Messi, Maradona, Cruyff, Di Stéfano, Pelé: mágicos, potentes, rápidos, astutos e inteligentes. La belleza del fútbol está ligada al talento de sus jugadores, y cuanto más tienen, mejor juegan, más creativos son y más nos sorprenden, rompiendo los planes, las tácticas y las expectativas del contrario. A veces, los de más talento, hacen real, no ya lo difícil, sino lo que a simple vista parecería imposible. Son magos, son artistas. Crean.

Cualquiera puede jugar al fútbol. Bien, pocos. Verdaderamente bien, unos cuantos elegidos. Sin embargo, es esa minoría de jugadores con talento, es esa aristocracia del fútbol, la que impide que el fútbol sea un espectáculo aburrido, monótono y unidimensional. Sin ellos, el fútbol estaría hecho sólo a la medida de las pasiones del hincha y la rivalidad entre clubes. Sería un juego harto primitivo. Sin ellos, el fútbol quedaría reducido a la estadística fría: número de goles, frecuencia de lesiones, horas de juego, kilómetros recorridos, pelotas recuperadas, pases fallidos, etc. Eso en lo que se refugian los entrenadores mediocres. Sin ellos, el fútbol no sería más que esfuerzo y lucha. Pero el talento crea la belleza, y la belleza permanece. Son en efecto los grandes goles, las buenas jugadas, las paradas espectaculares, incluso los pequeños detalles técnicos, los que se guardan en la memoria y se recuerdan en los videos y se suben a internet. Lo que en el fútbol es más fugaz es lo que más se retiene y rememora. Con esto no quiero desmerecer ni el esfuerzo ni la lucha (luego retomaré este aspecto del juego), tampoco la organización ni la disciplina táctica. Todo eso es útil, es incluso necesario. Y lo útil, lo efectivo, lo práctico, ya lo dije, es básico. Pero ello no quita para que el buen fútbol requiera de un equilibrio entre utilidad y belleza donde el talento y la creatividad tengan el lugar de honor que se merecen; sin olvidar, claro está, que la belleza improductiva es tan mala para el fútbol como la utilidad sin belleza. Y no es un equilibrio utópico porque el buen fútbol –que es el más bello– es también, ya lo dije, el más efectivo y práctico.

Ahora bien: no se puede crear belleza sufriendo. La creatividad en el fútbol va ligada a la experiencia de la diversión. Decía Baressi, el mítico central del Milán, que el secreto del juego del Barça de hoy es que sus jugadores –magníficos jugadores llenos de talento– se divierten. No es que hagan muecas ni payasadas para hacerse reír los unos a los otros. No: se divierten jugando. Y aquí la promesa de felicidad que encierra su buen juego, es realidad cumplida en ellos mismos. Son felices así, jugando bien al fútbol. Póngaseles a dar patadones con el único fin de alejar el balón de su campo, oblígueseles a destruir el juego del contrario y no crear el propio, convénzaseles de que lo principal en el fútbol es correr más que el contrario (y no hacer correr más al contrario detrás de un balón que te obedece a ti más que a él)… Rápidamente veríamos a Xavi, a Iniesta, a Messi deprimidos, víctimas de las directrices de un imbécil que no sabe de fútbol, que estropea el fútbol, que le arrebata lo mejor del juego, su belleza práctica.

A su vez: para que los jugadores desplieguen su talento, hagan buen fútbol, creen belleza y se diviertan con ello; para todo eso es necesario que el jugador tenga confianza. La confianza del entrenador que se convierte en confianza del jugador en sí mismo o la refuerza. Un futbolista con confianza tiene fe en su juego, quiere la pelota, se atreve a hacer cosas sin miedo, juega suelto sin mirar de reojo al míster o a la grada, se siente libre. Libre no para la indisciplina, la negligencia o la insolidaridad. Pero sí libre para crear. Esa libertad –sin la que el futbolista se hace un autómata– nace de la autoestima, que a su vez nace de la confianza. Sin confianza, sin autoestima, sin libertad, en el fútbol, como en cualquier otro quehacer de la vida, no salen las cosas bien. Y cuando un jugador no quiere el balón –porque no se siente con libertad ni confianza–, al final el balón no lo quiere a él.

El talento no se enseña; se descubre. Y una vez descubierto, se lo ayuda a crecer. A mi entender, ésta es una de las misiones principales del buen entrenador. Y por eso –creo– es tan importante que haya buenos entrenadores en las canteras de los clubes, es decir, allí donde se enseña a jugar al fútbol, allí donde se forman futbolistas. En la mayoría de los casos, los entrenadores de los primeros equipos –los de los profesionales– trabajan con el talento ya dado, con los jugadores ya hechos. Pero es en las categorías inferiores donde el talento va por delante del futbolista, donde hay niños talentosos que todavía no son futbolistas. Tanto mayor cuidado habrán de poner los clubes aquí, cuidado en elegir entrenadores capaces de descubrir el talento que les llegue y de potenciarlo. De lo contrario, se corre el riesgo de desperdiciar algo que –insisto– es tan necesario como escaso. Incluso si el club mira de soslayo –o de frente– a la pura rentabilidad económica de su “inversión”, que en su derecho está, con más motivo aún debe cuidar el talento. Venderá mejor al futbolista y más beneficios obtendrá.

El talento, no piense nadie lo contrario, es un bien frágil que hay que afianzar. Acabo de decir que no se crea –se descubre–, pero sí se puede destruir. En el niño es más frágil aún, porque todavía no sabe ni lo que es su propio talento. Él mismo tiene que descubrirlo y consolidarlo. El buen entrenador afianzará al buen jugador a base de confianza, de potenciar su autoestima. Porque el talento se saca jugando, haciendo cosas talentosas, atreviéndose. Y sin confianza, autoestima y libertad, como decía antes, esas cosas no salen. Al final, el talento se ofusca y se pierde. Con la confianza, insisto en ello, el jugador se suelta, le crecen las alas y se hace más ligero, se sacude la presión y el cuerpo liberado le rinde más, se siente más ágil, más veloz, más potente, más capaz. Se divierte, es feliz. ¡Y qué importante es que los críos, mucho más los más talentosos, se diviertan jugando al fútbol! Porque si el chaval no se divierte difícil será que aguante los sacrificios y sufrimientos que acompañan a la “carrera” del pequeño futbolista en formación.

Desgraciadamente no siempre es así, y la pedagogía en el fútbol a veces pierde la sensatez. A poco que uno se asoma a ese mundo de las canteras de fútbol, verá que muchos críos juegan con temor y angustia, como aherrojados, porque temen la represalia de su entrenador. Verá que todavía hay entrenadores que obligan –sí: obligan– a los niños a hacer mal fútbol en la falsa creencia de que así ganarán. Verá entonces que los niños no se divierten sino que sufren, que parecen pequeños soldaditos obedientes, más que chavales con desparpajo y descaro; que se quitan el balón de encima en lugar de pedirlo y jugarlo con la confiada naturalidad que dicta su talento creativo. Es una contradicción macabra que el secreto del mejor Barça de la historia sea que sus jugadores se divierten al jugar, y que los críos jueguen sufriendo, viéndose amenazados y temiendo la bronca de su entrenador. En las canteras, más que en ningún otro sitio, los entrenadores deben perseguir la victoria jugando bien al fútbol. Y para ello deben corregir, sí, pero, ante todo, han de lograr que la confianza fluya. Que los niños se atrevan, que se suelten, que disfruten. Darán mucho más de sí, correrán más, lucharán más, jugarán mejor. Lo que un entrenador no saque de un crío a base de confianza –y, por qué no: también de cariño– no lo va a sacar metiéndole miedo en el cuerpo y amenazándolo.

De la estética a la ética

Ahora bien, la dimensión estética no es la única dimensión que eleva al fútbol por encima de su rutinaria objetividad, no es la única que lo salva de la vulgaridad y lo hace algo extraordinario, único, irrepetible. Tampoco hallar el equilibrio entre belleza y utilidad es el único reto que se le presenta al buen futbolista, al buen equipo y al buen entrenador. El fútbol que, como decía, refleja la vida en toda su complejidad, es más que eso, con ser eso ya mucho. Y es más aún porque es un juego atravesado de moralidad. Tiene ética.

Un jugador dio un buen pase de gol, pudiendo haberse arriesgado él mismo a disparar. “¡Qué buen pase!”, decimos, pero a la vez, y más aún, alabamos la generosidad del jugador. Otro regatea y regatea y regatea hasta que le quitan el esférico. Podemos alabar el buen regate del jugador, pero a la vez lo condenamos por “chupón”, por egoísta. Ese mismo jugador, al ver que le arrebatan la pelota, se revuelve y corre a recuperarla haciendo un esfuerzo adicional. Entonces alabamos su entrega. Nos gusta que los jugadores se apoyen, que compartan el esfuerzo, que no parasiten a los compañeros. Alabamos, en definitiva, la cooperación, que es el principal valor moral de un juego de equipo. Por eso tenemos poca paciencia con el individualista. Ahora bien, como ocurría con la tensión entre utilidad y belleza, que había de resolverse en un equilibrio que incluyera a ambas, la cooperación en el fútbol tiene que buscarle acomodo al egoísmo del individuo. Un jugador, por bueno que sea, no puede contra once rivales: y necesita del equipo. Viceversa: un equipo muy cooperativo necesita del talento individual y del atrevimiento puntual de sus jugadores tomados aisladamente. Un equipo será un mal equipo si juega para un jugador, por bueno que sea. Un jugador será un jugador incompleto si siempre juega para el equipo. La cooperación es un valor, pero el fútbol no es un juego de hormigas cooperativas. Es un juego de equipo formado por 11 individuos idiosincrásicos, con sus 11 espacios de libertad y responsabilidad. Así, uno de los principales retos morales del fútbol es dar con el equilibrio entre lo colectivo y lo individual. Nuevamente, el fútbol refleja la vida, la vida social, a la que se le presenta desde sus orígenes el mismo reto: dar con el equilibrio entre el bien privado y el bien público, entre los derechos del individuo a hacer su propio juego, a perseguir sus metas, a meter sus goles, a ser feliz; y los derechos de la comunidad a la cohesión, la armonía social y la felicidad pública. Algo, por cierto, muy difícil de conseguir.

Pero hay más ética en el fútbol, además de la asociada a la generosidad y la cooperación. Un jugador va al choque y no se arredra. Le alabamos la valentía así como despreciamos al jugador cobarde que se aparta o quita la pierna. A la vez, vemos a un defensa entrar sucio, con la intención de hacer daño, y eso nos irrita. Queremos valentía pero también juego limpio, que es tanto como decir juego noble. Por ello mismo desaprobamos que los jugadores finjan una falta e intenten engañar al árbitro. El fútbol es un juego de picardía, pero queremos que sea un juego verdadero, sin fingimientos, sin mentira, honesto. Tres virtudes éticas: valentía, honestidad y nobleza. No son virtudes cualesquiera sino centrales para el buen fútbol. Porque en la medida en que el fútbol se hace feo, suele –en esa misma medida– hacerse sucio, deshonesto e innoble. Como la vida social en general, que se vuelve fea cuando se enturbia y se torna hipócrita y mezquina.

Hay más aún. La ética del fútbol incluye también los rasgos de carácter y los valores ligados al amor propio. El principal de ellos es el orgullo, al que en la jerga deportiva suele denominarse pundonor. Un jugador sin orgullo bajará los brazos al primer revés del juego, o al primer grito de la grada. El que lo tenga, por el contrario, sacará fuerzas de flaqueza y luchará hasta el final. El orgullo es la principal fuente de competitividad y casta en el deporte, tanto más necesarios en el fútbol cuanto que aquí hay un rival enfrente. La rivalidad hace necesario el orgullo, en el fútbol como en la vida.

Ahora bien, el pundonor no debe confundirse con la soberbia, también nacida del amor propio. El jugador orgulloso se dice a sí mismo: “por mí que no quede”. Pone su honra en el juego, se juega su honra. El jugador soberbio se cree mejor que el contrario, lo sea o no, está engreído, tiene complejo de superioridad. El orgulloso no quiere ser humillado por el rival, y lucha. El soberbio resulta despreciativo –vulgo: chulo–, y cree tener derechos especiales, privilegios especiales al reconocimiento ajeno, con todo un pozo sin fondo que rellenar, el de su vanidad. Por ello resulta de entrada antipático. Muy al contrario, el orgullo es compatible con la modestia. En general, el fútbol –la ética del fútbol– pide jugadores orgullosos, pero modestos, sencillos. Porque la entrega, la capacidad cooperativa, la solidaridad, la generosidad, parecen virtudes propias del que no se cree superior; al tiempo que el orgullo permite al jugador modesto no arredrarse, y sacar lo que lleva dentro.

Es verdad que el fútbol tolera al jugador arrogante, pero en la medida y sólo en la medida de su excelencia. Y si el jugador es genial –como lo fueron Cruyff o Maradona–, entonces puede incluso llegar a celebrar su sobresí. El mundo del fútbol reconoce la excelencia –no es un mundo envidioso– y permite que el talento redima de los excesos del amor propio. Pero, ay, del que no sea excelente o genial y se lo crea: con ése el fútbol, dentro y fuera de la cancha, es inclemente. Lo mismo, ni qué decir tiene, vale para el entrenador pagado de sí mismo: cuídese de honrar su engreimiento con buen juego y buenos resultados. De lo contrario, será insoportable.

La dualidad soberbia-orgullo en el fútbol es la que nos hace disfrutar de forma especial cuando el equipo chico (con bajo presupuesto, consciente de su modestia) sale al campo y vence al equipo grande. Disfrutamos porque codificamos ese resultado como una lección moral: la soberbia del equipo grande es castigada con crueldad, mientras que es premiado el pundonor del pequeño. En cierto modo, se hizo justicia. El equipo grande salió al campo con ínfulas de señorito, ensoberbecido, sabiéndose superior, y cometió el error de despreciar al contrario. No corrió lo suficiente, no apretó los dientes, no se tomó el juego en serio. Esto no lo perdona la ética del fútbol.

El carácter de un jugador –que es decisivo en el fútbol– va con él, lo trae él al campo, lo lleva en sus genes. Nuevamente, como el talento, se descubre y se canaliza y potencia. Propiamente, la valentía o la nobleza no se enseñan, pero sí se pueden alimentar. Hay nutrientes del buen carácter. Y nuevamente es labor del buen técnico seleccionar a los que tienen madera, no sólo técnica o física o mental, sino también moral. Y a partir de ahí, corregir y nutrir. Esa es su labor, una labor decisiva. Negativamente, un buen entrenador debe corregir la deshonestidad y la violencia en el juego: el juego sucio. No el juego valiente, recio y viril, pero sí el violento. Esto a mi entender es básico en la pedagogía moral del buen fútbol.1 Positivamente, debe nutrir el orgullo –y con él la sana competitividad– de los jugadores potenciando la identidad de grupo, el sentido de la pertenencia del jugador a un grupo que lo trasciende: su equipo. Y en lo posible, su club.

La primera persona del plural –“nosotros somos, nosotros perdimos, nosotros vencimos”– debe ser la persona con la que el jugador construya su gramática deportiva. Esa identidad colectiva –el lenguaje del grupo– es la que hace compatible el orgullo con la modestia, y evita los egos superlativos, al tiempo que potencia los valores cooperativos del juego. El orgullo, que ahora es de todos, porque todos formamos una unidad, me contagia como individuo; mi pertenencia a esa identidad colectiva me hace sentirme más fuerte en la totalidad.

La identidad colectiva y la identificación del futbolista con el equipo (y con su club) es algo que desgraciadamente está cercenando la comercialización, la creciente conversión del fútbol en un negocio. Los futbolistas a menudo parecen más mercenarios sin patria –eufemístico: profesionales– que jugadores ligados a sus clubes por vínculos emocionales no reductibles a interés material o económico. Cambian de equipo con tanta facilidad como muda la fisonomía de los propios equipos. Esa mudanza, esa falta de continuidad, está dando al traste con parte de la vieja ética del fútbol, una ética ligada a la identificación del jugador con el club como entidad simbólica, a la integración del futbolista en la tradición del club, a la relación de pertenencia a una institución con historia.

Entre tradición y mercado hay una insoslayable tensión difícil de resolver: otra de las muchas que atraviesan a este juego. A la tradición uno se adhiere como persona y a cambio recibe sentido y seguridad emocional: pertenece y se comprende a sí mismo. El mercado es impersonal: allí uno entra como consumidor o vendedor racional, y compra o vende mercancías buscando el mayor provecho propio. El fútbol, que siempre tuvo una dimensión comercial, ahora parece mercantilizado en exceso, y los jugadores van quedando reducidos a mercancías sin identidad, sometidas a las fluctuaciones de precios del mercado, a los caprichos de la oferta y la demanda. Creo que en lo posible convendría des-mercantilizar el fútbol y recuperar los viejos valores de la ética identitaria, porque el fútbol también es tradición, historia y pertenencia. Tal vez la actual crisis económica tenga ese efecto beneficioso: veremos.

Sin embargo, fuera del campo, en la grada, los rasgos identitarios conspiran contra la ética del fútbol. Porque el fútbol no sólo lo juegan los jugadores. El fútbol es un espectáculo que integra al espectador. Y éste tiene también su orgullo, y su identidad colectiva. Ahora bien, al identificarnos con un equipo, con un club, cargamos de emotividad y pasión nuestra mirada del juego. Más aún, la rivalidad hacia otros equipos y clubes sobrecarga esa emotividad con los contrastes ardientes del amor y el odio, la mismidad y la alteridad. Y hay que reconocer una cosa: sin esa emotividad, aun sobrecargada, el fútbol, que refleja la vida, tendría poca chispa. En general: vivir es amar y odiar, apreciar y despreciar. Y apasionarse por algo –ya sea una idea, una convicción o el equipo de nuestros amores– presupone que estemos dispuestos a defenderlo contra cualquier opositor. La pasión es potencialmente belicosa. Sin embargo, esa mirada apasionada, cogida en la dialéctica del amor al equipo propio y el odio al rival, al menos al eterno rival, hace del espectador un hincha, y le arrebata a menudo la claridad de su juicio moral. Seguro que el hincha del Barça tolera que un jugador suyo finja una falta si con ello su equipo cobra ventaja frente a su eterno rival. O el hincha del Madrid consiente un penalti injusto si se lo pitan contra el Barça. Las identidades fuertes des-moralizan el fútbol. Sí: pero sólo hasta cierto punto. Ese mismo hincha del Barça preferiría ganar al Madrid sin esas innobles artimañas. Y ese otro hincha del Madrid prefiere una victoria clara, limpia y contundente, sin penaltis injustos. Por eso hay gradas y gradas. Hay gradas que son abducidas por su pasión identitaria, y todo lo toleran con tal de que gane su equipo. Y hay gradas más autoexigentes moralmente dispuestas a aceptar la superioridad del rival, y llegado el caso incluso lo aplauden.

Los rasgos identitarios no sólo atentan –o pueden hacerlo– contra la moralidad del fútbol. También lo hacen contra su estética. En la historia reciente de los enfrentamientos Madrid–Barça quedó meridianamente clara una cosa: el Barça era muy superior, jugaba mejor al fútbol, creaba más belleza, y por eso ganaba con claridad. Esta situación quedó reforzada cuando, al poco de fichar a Mourinho, el Madrid recibe un rotundo, contundente, inapelable 5–0 con, qué sé yo, cerca de un 80% de posesión de balón por parte del Barça. La herida que dejó esa derrota fue profundísima, porque no fue una derrota sin más, sino la constatación de una superioridad manifiesta del rival azulgrana, que venía precedida por humillantes derrotas anteriores. La identidad del madridismo estaba en juego. Se corría el peligro de que una afición acostumbrada al liderazgo tuviera que asumir su condición subalterna. ¡Demasiado! Era preciso cortar la hemorragia al precio que fuera. Y ésta fue la misión que hubo de cumplir Mourinho desde entonces: recobrar la autoestima del madridismo, como paso previo a la recuperación de su identidad de equipo hegemónico, cosa que todavía está por ver. Recobrar la autoestima pasaba por impedir no tanto una nueva derrota como, ante todo, una nueva humillación.2 Ésta no se volvió a producir, pero para ello, como fue el caso, el Madrid tuvo que renunciar a la belleza del juego y concentrarse básicamente en destruir el juego del contrario. El madridismo agradece la sutura de la herida, y que la hemorragia moral fuera cortada de raíz. La hinchada madridista entiende la urgencia de la operación y perdona todo lo demás, incluido el juego más bien pobre de su equipo.

Más allá de la ética, más allá de la estética, el fútbol es un juego emocional anclado en la dialéctica amigo–enemigo de la identidad. Y ante eso, la belleza y la nobleza, pueden ser pobres argumentos. No siempre se puede ganar haciendo un fútbol exquisito y sutil. Con todo, esa suspensión del juicio moral y del estético es y debe ser excepcional. Porque los equipos deben tener filosofías de juego propias y atenerse a ellas, y no hay mejor filosofía de juego que la del buen fútbol. Si el fútbol del actual Barça maravilla es porque alcanza el fin práctico supremo –ganar– mediante la belleza de un juego noble y cooperativo, fingimientos de ciertos jugadores aparte (que la grada, dicho sea al paso, debería condenar). Por eso el juego azulgrana se ha convertido en un paradigma futbolístico que está marcando una época. Y si, además, el Barça maravilla como club es porque ha dado también con el otro equilibrio entre mercado y tradición. Pocos jugadores hay más identificados con su equipo que lo jugadores de este Barça. La explicación es sencilla: han sido criados en la casa, se han socializado primariamente como culés, pertenecen al club, a su historia, sienten sus colores. Y aunque todos ellos están en el mercado, la mayoría vive el club como una segunda familia. La pedagogía en el fútbol empieza a edad temprana. Y como la vida misma, es un permanente ejercicio de socialización.

De la política en el juego

Decía más arriba que el hombre es un animal político porque en la vida social hay poder, jerarquía y mando. Lo mismo ocurre en el fútbol. Hay equipos más poderosos que dominan al contrario. Hay equipos tan poderosos que resultan hegemónicos. Poder, dominación, hegemonía: palabras claves del léxico político. Pero además de eso hay en el fútbol algo parecido a formas de gobierno, a regímenes políticos. Veamos.

El fútbol es el más democrático de los juegos. Si por demos entendemos pueblo, y si dejamos que el pueblo incluya a los pobres, entonces la democracia impera en el fútbol porque es el deporte de los pobres. Ningún otro deporte ha penetrado tanto en la favela, en el arrabal, en el barrio obrero. Un puñado de chiquillos mal calzados o descalzos se juntan en cualquier rincón del mundo y echan un partido con que sólo tengan algo esférico, ni siquiera un balón, que compartir, perseguir y meter entre dos piedras, que bien valen de portería. Ningún deporte ha sacado a más gente de la pobreza. Y como la pobreza se empecina en su vocación de universalidad, y se extiende como una mancha de aceite por doquier, allí le sigue este juego democrático del balompié.

Pero no es un juego igualitario. Antes bien, es un juego meritocrático y, en esa misma medida, jerárquico. De pequeños, dejábamos elegir los equipos a los dos mejores del grupo, echándolo a pares y nones o a los pies. Entonces, cada uno iba eligiendo al siguiente mejor para terminar invariablemente escogiendo al considerado peor. Y ése, cruel destino meritocrático, acababa casi siempre de portero (pues era raro que alguien tuviera la vocación de parar y cubrir la portería). A partir de ahí, los buenos jugadores ejercían el mando constituyendo una suerte de aristocracia: ellos se buscaban, pedían la pelota, driblaban y chutaban. Y si fallaban, no pasaba nada. Los buenos eran admirados y, en consecuencia, gozaban de amplio respeto, un respeto que a menudo se prolongaba más allá de la cancha. Con infantil naturalidad, los niños creábamos una suerte de gobierno de los mejores, una pirámide de mando aristocrática. Y la cosa funcionaba así porque no podía funcionar de otra manera: estaba en la naturaleza de las cosas.

También el fútbol profesional, democrático por su origen, es aristocrático en su despliegue cotidiano. En todo equipo, el talento sobresale y marca la diferencia. Ése que puede solucionar un partido, ése cuya ausencia se nota, ése que hace la parada decisiva. Ése lleva galones especiales, su mérito lo encumbra. Si hay varios, tenderán a formar lo que Panzeri llamó una camarilla, un equipo dentro del equipo, una oficialidad dirigente, un grupo gobernante. Son mejores, mandan más, ganan más. Lo saben. El resto del equipo también. Y lo saben el entrenador, el cuerpo técnico, la presidencia, la grada. Es un hecho innegable y evidente.

Nuevo reto –político– del fútbol: integrar a la camarilla en el equipo, sin que los jugadores de base recelen de sus afortunados compañeros, y acepten su propia subalternidad. Porque sin la conformidad de la base del equipo, tampoco hay camarilla, ni gobierno, ni dirección en el terreno de juego. Como en toda jerarquía, el problema político decisivo es el de la legitimidad de la autoridad. A menudo el fútbol hace la diferenciación con naturalidad y el jugador inferior reconoce y acepta la superior excelencia del compañero. Si la diferencia salta a la vista, la cosa se resuelve fácilmente. El problema surge cuando la jerarquía no se decanta por sí sola, porque hay mucha igualdad, y todos están más o menos en un mismo rango de calidad. Entonces la legitimidad del mando es frágil, se cuestiona fácilmente y la obediencia o la conformidad de la base no están garantizadas.

Tal vez ésta sea una de las misiones centrales de todo buen entrenador: mantener cohesionado al grupo ayudando a legitimar la jerarquía o manejando con sutileza la excesiva igualdad. Hacer que la aristocracia no degenere en oligarquía, motivando a los mejores para que no se duerman en los laureles; e impedir la guerra civil cuando el mando está en cuestión.

¿Requiere ello de poderes absolutos por parte del entrenador? El fútbol contemporáneo está creando una nueva forma de gobierno: la monarquía absolutista del entrenador, una suerte de Leviatán capaz de imponer la paz interna y hacer que el equipo se dirija como un solo hombre hacia el único objetivo importante: la victoria. El fútbol así transita por diversas formas de gobierno: la democracia por su origen, la aristocracia por su dinámica interna, y la monarquía por la necesidad de una jefatura externa. El problema es que igual que la aristocracia puede degenerar en oligarquía; la monarquía puede degenerar en tiranía.

Que los equipos necesitan de un entrenador es obvio; que el entrenador debe tener poder también es obvio. Pero, ¿acaso ese poder debe ser despótico? Un poder despótico es un poder arbitrario, que se ejerce sin dar explicaciones y admite cualquier capricho. ¿Debe el entrenador ejercer un poder así?

Yo creo que no, no sólo por razones morales, sino porque además no funcionaría. El buen entrenador ha de saber ejercer ese poder con sabiduría. Y creo que un entrenador sabio es aquél que se gana la obediencia de sus jugadores porque sus jugadores creen en él. Entonces, sólo entonces, tendrá verdadero poder, porque lo ejercerá con autoridad, es decir, será un poder legitimado en el respeto y la confianza de los que lo acatan. Cuestión de pedagogía política. De otra manera, tarde o temprano, habrá un motín a bordo y los jugadores, seguramente los que forman la aristocracia del equipo, su camarilla, se rebelarán.

Tomado de Rebelión

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