¿Quién necesita el matrimonio?

Svetlana Kolchik*

“No podía hacerlo, no”, murmuró secándose una lágrima, Katya, ejecutiva de mercadotecnia, de 28 años, nacida en Novosibirsk.

Era un viernes después de medianoche, terminaba su tercera copa de Merlot, así que las emociones estaban caldeadas. Nos encontrábamos en un bar céntrico con vista al río Moskova con un grupo de amigos rusos y europeos. Katya nos confesó que aquella misma noche tendría que prepararse para su Gran Día, el casamiento en una iglesia con un espléndido banquete de bodas posterior para 250 huéspedes, si tan sólo ella y su novio no hubieran decidido suspenderlo todo un mes antes.

“Fue horrible, pero me di cuenta de que no estaba lista para un matrimonio”, dijo Katya con sollozos.

Irónicamente o por una extraña coincidencia, esta muchacha jamás pudo encontrar otra audiencia más comprensiva. Tres de los cinco reunidos se habían convertido en novios prófugos en cierto momento de su vida. Peter, de 34 años, propietario de una empresa IT, oriundo de Polonia, cohabitó con una chica durante cinco años y estuvo comprometido durante dos. La pareja hablaba del matrimonio pero nunca estuvieron próximos a casarse y con el tiempo se separaron.

Otro chico, Greg, de 38 años, banquero inversionista de Londres, compró una casa para vivir junto con su futura esposa tras pedirle matrimonio. Enviaron las invitaciones de boda a un centenar de amigos y parientes por todo el mundo para cancelarlo todo dos meses antes de la fecha fijada.
Maria, de 32 años, especialista en relaciones públicas, confesó que había estado comprometida para casarse cuando tenía poco menos de 30 años, pero se dio cuenta de que ella y su media naranja “no estaban hechos el uno para el otro”. Además, dijo que junto con su nuevo novio piensan comprarse un apartamento (tras asegurarse de que hay suficientes habitaciones para los futuros hijos) pero sin contraer matrimonio.

Observo dicha tendencia con mayor frecuencia entre mis compañeros que tienen poco más de treinta años.

Los que no se han casado temprano o los que están divorciados desde hace mucho, aplazan el matrimonio. Muchos viven un feliz concubinato, algunos tienen niños, unos justo como el protagonista de Hugh Grant en la película Cuatro bodas y un funeral, se convirtieron en “monógamos en serie”,  viviendo una relación tras otra, mientras que otros están “en búsqueda de su media naranja” sin tener prisa en ponerse el anillo nupcial.
“¿Quién necesita el matrimonio?”, decía la portada de la revista Time hace unos meses.

Según las estadísticas aducidas en la revista (basadas en los sondeos del Centro de investigaciones Pew), hace 40 años un 70% de los estadounidenses estaban casados mientras que hoy en día son menos de la mitad. Además, el 44% de los estadounidenses menores de 30 años creen que el matrimonio está por desaparecer. Resulta que los estadounidenses se muestran muy tolerantes hacia las parejas no casadas. La aplastante mayoría (al menos el 86%) consideran que un padre y un hijo constituyen una familia y otros tantos (el 80%) dicen que dos personas no casadas y con hijo que viven juntos son familia.

En Rusia, donde según sociólogos, al menos el 15% de todas las parejas viven en concubinato (la mayor parte les corresponde a las ciudades grandes) y el 30% de los bebés son dados a luz por mujeres solteras, la institución del matrimonio sigue perdiendo popularidad también. El reciente sondeo del Fondo Opinión Pública reveló que el 63% de los encuestados creen que dos personas aunque no casadas que viven juntas deben considerarse marido y mujer. Ciertos sociólogos rusos auguran que para el año 2050 el núcleo familiar desaparecerá por completo y prevalecerán hogares monoparentales.

“Si alguien, incluidos nuestros familiares, lo viera importante, seguro que nos casaríamos”, dijo Natasha, empresaria de Moscú, de 35 años, que lleva 17 años con su marido (es la única manera de la que denomina a su pareja) y está esperando a su segundo hijo este otoño. Natasha dijo que nunca ha sentido presión alguna para formalizar sus relaciones, y el desfile en un vestido blanco nunca ha sido su sueño. “Ya somos familia, ¿para qué necesitamos un sello en el pasaporte?”.

Pamela Haag, historiadora y autora del libro recién publicado Matrimonio confidencial: la Era post romántica de esposas trabajadoras, hijos reales, cónyuges sin sexo y parejas rebeldes que reescriben las reglas, asegura que si no reconsideramos fundamentalmente el matrimonio, para qué lo contraemos, si de verdad optamos por hacerlo, qué esperamos de él y cuánto flexibles somos acerca de nuestras esperanzas, puede desaparecer por mucho tiempo.

“Una vida más prolongada y menor capacidad de concentrar la atención pueden conllevar al matrimonio a un estado de decadencia planificada”, escribe. “Sería útil ampliar las simpatías, reducir sentencias y extender la imaginación hacia lo que es posible. En otro caso, pronto caeremos en juicios implacables y rígidos sobre los pros y los contras. O nos resignamos ante la idea de que el matrimonio no vale la pena.”

Yo creo que el matrimonio todavía vale la pena. Pero no como un acto social que prevé casarse porque se supone que uno tiene que hacerlo en cierto período de su vida. Creo que es un compromiso no tanto social sino que emocional y maduro que sirve de base para una unión duradera. Las normas de la sociedad actual cada vez más liberales nos dejan espacio para todo, aplazar el matrimonio y el nacimiento de los hijos, optar por un hogar monoparental, rechazarlo todo. Pero con la falta de límites y una multitud de opciones tenemos inmensas oportunidades para ser creativos en la vida y las relaciones.

Tomado de  RIA NOVOSTI

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