Una sociedad de hipócritas

Manoel Alvarez PúblicoGT

En repetidas ocasiones he manifestado mi descontento y total rechazo a la hipocresía, no solo de las personas, sino de la sociedad guatemalteca misma, hace tan solo tres días tuve una experiencia, que sinceramente, hizo que le pusiera mucha más atención al tema.

En mi labor periodística, tuve que acudir a cubrir una nota roja, lastimosamente, y como me dijo el compañero fotógrafo que me acompaño, fue un caso de los que pasan una vez cada año o más.

Sucede que entre a trabajar a las 7 de la mañana, cinco minutos más tarde escuchamos tres detonaciones de arma de fuego, a los segundo se escucho una ultima descarga, al salir a la terraza para ver que era lo que había pasado, me percate de un cuerpo que estaba tirado en una acera a un par de metros.

Inmediatamente avise a mi compañero de turno y fuimos al lugar donde había pasado el ataque, cuando llegamos nos topamos con una escena devastadora y que no solo recordarme me causa una gran tristeza.

Cuando llegamos, solo estaban presentes dos vecinos del lugar y las dos hijas de la víctima, que trataban desesperadamente de reanimar a la mujer que se encontraba tirada de bruces en la banqueta en medio de un charco enorme de sangre.

La víctima, la cual no mencionare su nombre por respeto, era una señora trabajadora de 46 años de edad, que tenía un negocio por el lugar, recibió tres impactos de bala en la cara y otro en el cráneo, que recibió cuando se desplomo producto de las tres primeras heridas.

La acontecimiento fue simplemente devastador, su hija mayor de 19 años intentaba desesperadamente reanimar a su madre que se encontraba agonizando, luego su hija menos de 12 años entre lagrimas y gritos volteo la cara de su madre.

Lo que pasó a continuación, jamás podré olvidarlo mientras tenga vida, la madre de las angustiadas hijas, aun estaba viva, pero el movimiento de su hija hizo que pudiera ver directamente las tres heridas de bala que tenia en la cara, al moverla claramente pude ver como partes de masa encefálica salían de las heridas.

Lo peor de todo no fue eso, sino ver la mirada de la mujer, estoy seguro que aunque estaba inmóvil y herida mortalmente pudo escuchar los gritos de angustia de sus hijas, la forma en que miro a sus dos hijas en ese preciso momento hizo que me dieran una mezcla de sentimientos que no puedo describir con palabras.

Presencié una de las peores cosas que se pueden ver en la vida y que lastimosamente es tan común en nuestro país, observe como una mujer y madre, moría de manera violenta, lenta y agónica en frente de sus hijas que no podían hacer nada para salvarla.

Cuando tome conciencia de mi mismo nuevamente, me percate que ya había alrededor de la víctima entre 30 o 40 personas, que solo podían ver, más no ayudar en lo más mínimo, simples mortales que eran testigos de lo podrida que está nuestra sociedad.

A los 15 minutos llegaron los bomberos, que al constatar que la mujer aún tenia signos vitales la trasladaron a un hospital, minutos después con información de otro colega periodista me entere que la víctima falleció antes de llegar al centro asistencial.

Al recabar información me entere por medio de vecinos y familiares que el ataque fue producto de una extorsión que la mujer se negó a pagar, que la víctima trabajaba arduamente todos los días para salir adelante con su familia.

En pocas palabras era una luchadora, que siempre trabajó por darle lo mejor a su familia y que como cualquier persona no merecía morir de una forma tan cruel e inhumana.

Los víctimarlos, según una persona que presencio el ataque, eran dos hombres de menos de 20 años, que solo ejecutaron a la víctima y se esfumaron entre las calles y desaparecieron, inconcientes tal vez de todo el dolor y sufrimiento que le provocaron no solo a la víctima sino a la familia.

El femicidío que presencie esa mañana de viernes, hizo que reflexionará del daño irreparable que la codicia y la insensibilidad que el humano puede provocar a sus semejantes.

Ataques como ese suceden a diario, se cubren por los medios y pasan a ser una estadística más, un daño colateral de la violencia que se vive en el país y que parece no molestar a nadie, pues era solo una simple mujer.

Pero lo que más me indigna es que al siguiente día del ataque se publicaron, en varios medios, fotos de la desaparecida Cristina Siekavizza, solicitando información de su paradero y más tarde en las redes sociales me percate de que un grupo de personas manifiestan a favor de la víctima.

Quiero dejar en claro que no es que me enoje que busquen a Siekavizza y a sus hijos, me enoja el hecho de que las masas lloren a mares y exijan justicia por el posible femicidio de esta joven mujer, que también es un acto abominable.

Me enoja que la mayoría de gente que hace contacto en las redes sociales y opina en los medios por el caso, nunca la conoció, jamás interactuó con ella, pero como fueron persuadidos por los poderosos medios, lloran y exigen justicia “SOLÓ” por ella.

¿Qué pasa con el resto de víctimas que hay a diario en el país? ¿Acaso su sangre derramada le es indiferente a la sociedad?

Me indigna que muchos se enojen y expresen su solidaridad con la familia Siekavizza, pero nunca harán lo mismo con la familia vecina que sufrió la perdida de un familiar en similares o peores condiciones.

Lastimosamente somos una sociedad de hipócritas, que nos dejamos manipular por los pocos que tienen acceso a medios masivos de comunicación, que pueden impulsar una búsqueda a nivel nacional, pero jamos nos afectará que sigan matando a cuanto trabajador honrado haya de manera sádica e inhumana.

Ojala y algún día tomemos conciencia de que todos los seres humanos tenemos derechos y oportunidades, que las barreras sociales no deben importar cuando se trata del respeto a la vida y que debemos contristarnos cuando cualquier persona muere de forma violenta, sea rica o pobre.

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