Contra el anatema del orgasmo

Por Paco Gómez Nadal

Hay víctimas de las luchas justas de la sociedad. Daños colaterales de las exigencias de igualdad, de dignidad, hasta de un poquito de respeto. En la lucha antiminería pierden los celulares y computadoras; en la lucha por la salud global, pierde el magnífico placer de fumar en un día de lluvia dentro de un café acristalado; en la lucha por la equidad en los puestos de empleo, pierde, a veces, la inteligencia del que no tiene característica excluyente alguna, y en la lucha antripatriarcal ha perdido el orgasmo.

El orgasmo, o-r-g-a-s-m-o, ha sido anatemizado por los mayores defensores del patriarcado y por algunas de sus mayores enemigas y enemigos. Parte esta satanización de un error: identificar el orgasmo como algo meramente femenino. Los hombres nos corremos, eyaculamos, nos derramamos… pero parece que no tenemos orgasmos. Gorilas condenados por el mismo patriarcado a encontrar placer en apuntarnos tantos como orgasmatrones de las mujeres a las que seducimos.

Decía que el orgasmo ha sido vilipendiado por todas y todos. Los curas, esa especie castrada por definición conceptual, han arremetido contra el orgasmo porque éste supone placer, puro placer sin control, vuelo sin paracaídas en territorios más desconocidos que el paraíso que ellos invocan. Se coge, se tira, se folla para parir, pero no para ese delirio de colores, de pequeños cristales astillados por todo el cuerpo, de nanopérdida de voluntad que es el orgasmo.

Algunos grupos feministas, y los famosos terapeutas de lo ajeno, animaron durante años a la mujer a liberarse del orgasmo coital (sano consejo) pero algunas o interpretaron como una especie de celibato político ante el margen restringido que les daba el onanismo o los juguetes eróticos.

Hoy, aquí, ante los ojos del Dios libidinoso y de las Vírgenes lascivas del planeta, proclamo el Derecho Universal al Orgasmo. Al que sea, en todas sus formas y presentaciones, siempre que sea propio, único, incompartible, irrepetible, necesario, húmedo, al límite, orgasmos de noches alcoholizadas sobre los pubis de los amantes, orgasmos vespertinos del reencuentro, orgasmos rápidos buscado con ansiedad en la cocina, orgasmos mentales, soñados, anhelados, planificados, improvisados, orgasmos infantiles (que los hay), orgasmos de vejez (de los que debería haber más), orgasmos no identificados, orgasmos encaramados a la locura, orgasmos todos pero nunca burocráticos, forzados, fingidos, dolorosos, innecesarios.

No consigo imaginar una manera mejor de conocer a mi pareja que esos segundos en que su cuerpo prescinde del mío, en el que todos sus tendones y músculos se arquean en una tensión inimaginable para físicos y doctores. No consigo reproducir la sensación del propio orgasmo en ninguna actividad humana. Las hay que proporcionan ternura, emoción, pasión o calentón, pero no pueden llevar a ese indescriptible instante de pureza, de ser, de no desear, de morir y nacer de nuevo en la piel única que lo provoca. La petite mort es un nacimiento, un enraizamiento, un vivir más allá de las limitaciones que nos impone el cuerpo (el cuerpo que nos han vendido).

Si quiero anatemizar el orgasmo patriarcal. Ese que sólo se produce ante la erguida arremetida de lo que obsesiona a muchos hombres, ese que debe ser fingido porque si no lleva al fracaso, ese orgasmo amarrado con cadenas metálicas a la penetración, a la vagina, al pene, a lo menos básico de los instintos.

Los instintos básicos son los de lamer, acariciar, chupar, restregar como animales nuestro cuerpo al otro, o nuestro cuerpo a nuestro cuerpo. El orgasmo originario es el cérvico uterino (no el clitorial) y la represión de la relación de la mujer con su útero por parte de la cultura dominante patriarcal ha alejado a la mujer del deseo y a privado al hombre de conocer a la mujer.

Orgasmo, orgasmos, capacidad de amar-se y de amar. Es mentira que una vida sin sexualidad desarrollada y sin orgasmos placenteros es igual de vida. El deseo está en la base del hecho de ser humanos, el cuerpo es nuestra más frágil y mágica posesión. La única en realidad.

En este momento, en lugar de estar escribiendo sobre la palabreja debería estar en esos momentos únicos en el que la danza de los cuerpos, la distancia entre las pieles y la humedad en labios, sexo y pliegues pronostica la marea que el orgasmo convertirá en breve y poderoso tifón. Ay. Salud.

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