Los crímenes de guerra no se borran con un golpe de semántica

Por Louisa Reynolds –

Hablar de genocidio, según afirma el general Otto Pérez Molina, en entrevista con Martín Rodríguez Pellecer, de Plaza Pública, es “querer magnificar las cosas, querer seguir en ese tema, querer meter figuras que no sucedieron, querer seguir reavivando el enfrentamiento armado interno”.

Y es que lógicamente a Pérez Molina le encantaría pasar a la siguiente página del libro de Historia, que nadie “siguiera en ese tema” que tanto le incomoda y que de una vez por todas se callaran las voces irritantes que se empeñan en hacerle preguntas que preferiría no contestar.

Los estrategas y asesores de Pérez Molina, bien versados en el arte de esconder y maquillar realidades desfavorables para el candidato, o en “comunicación estratégica” y “manejo de medios” como prefieren llamarlo, le han aconsejado mantener la discusión sobre los crímenes de guerra que se cometieron durante el conflicto armado, en el campo de la semántica.

De esa manera, nos enfrascamos en un debate sobre la definición de la palabra genocidio, con la esperanza de que al eliminar esa desagradable palabrita, súbitamente desaparecerán las osamentas de los 317 civiles no combatientes que fueron asesinados en el área Ixil, cuando Pérez Molina era uno de los comandantes de la Fuerza de Tarea Gumarcaj que allí operaba.

Pérez Molina afirma: “Exterminio de una población por razones de etnia o una religión no sucedió (…) Aquí no se fue a decir “todos los kakchiqueles o los k’iche’s o los ixiles van a ser exterminados”, argumentando que los mayas ixiles del Quiché no fueron exterminados por el hecho de ser indígenas sino porque supuestamente apoyaban a la guerrilla.

Le sugeriría al candidato patriota que revise el capítulo 2, volumen 3 del informe “Guatemala: Memoria del Silencio” de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico (CEH), en el cual se detalla la definición de genocidio y se expone lo siguiente:

“El elemento subjetivo o intención de destruir al grupo ha sido interpretado por la jurisprudencia internacional en el sentido que: “la intencionalidad que es particular al crimen de genocidio no necesita ser expresada claramente (y que ) puede inferirse de un cierto número de hechos, tales como ‘la doctrina política general’ de la que surgieron las acciones previstas en el artículo 4 (…), la reiteración de actos destructivos y discriminatorios” (artículo 854).

Es decir, el hecho de que el Estado de Guatemala nunca manifestara explícitamente que tenía la intencionalidad de aniquilar a los mayas ixiles por su condición étnica, no significa que no hubo genocidio.

El genocidio se infiere de “la doctrina política general”, es decir de la infame estrategia de “quitarle el agua al pez” implementada por el régimen de Efraín Ríos Montt y detallada claramente en el Plan Sofía, de la cual surgió “una reiteración de actos destructivos y discriminatorios”: la destrucción de 26 aldeas, 10 masacres, 67 muertes violentas, con un saldo de 317 víctimas mortales de población no combatiente y 9 mil desplazados.

La CEH también recalca: “Es muy importante distinguir entre “la intención de destruir al grupo total o parcialmente”, es decir la determinación positiva de hacerlo, y los motivos de dicha intención. Para que se configure el tipo genocida, basta la intención de destruir al grupo, cualquiera sea el motivo. Por ejemplo, si el motivo por el cual se intenta destruir a un grupo étnico no es de carácter racista, sino sólo militar, igualmente se configura el delito de genocidio” (Artículo 855).

Más claro imposible. En Guatemala sí hubo genocidio y ese es un hecho que no se puede barrer bajo la alfombra manipulando términos y definiciones.

Fuente: www.louisamarinareynolds.blogspot.com/

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