Donde hay opinión pública

¿Hasta dónde llega la credulidad de la ciudadanía? ¿Dónde está el límite de las tragaderas de un lector?

Era como una maldición que se repetía con matemática regularidad. Todo novato del gremio periodístico que volvía de Londres engolaba un poco la voz cuando te explicaba las dos verdades incontrovertibles, que debías aprender para ejercer de conocedor del mundo británico. La comida inglesa era una mierda, pero tenían la mejor carne del mundo. Luego resultó lo de las vacas locas y ya nadie osó decir nada exuberante de las carnes inglesas, por lo demás excelentes.

La segunda revelación afectaba al meollo de la profesión periodística. “La prensa amarilla británica impresiona. No porque venda mucho, sino porque está muy bien hecha. Es verdad que parece basura, pero los reportajes están muy trabajados, hay mucha investigación detrás y además van muy bien escritos”. El ex primer ministro Gordon Brown, que ha sufrido en carne propia los efectos de los tabloides ingleses, definió a esa parte notable del gremio periodístico con muy poca palabras, casi como un titular: “Unos delincuentes sin escrúpulos”.

La prensa amarilla, o el amarillismo en la prensa, es un tema recurrente en el gremio periodístico, aunque tratado siempre de una manera peculiar. Los “amarillos” siempre son los otros y, a diferencia de la Gran Bretaña, aquí la prensa amarilla no sólo no gozó de las mieles del éxito sino que tiene muy mala fama entre todos aquellos que practican el amarillismo en otras facetas de los medios de comunicación, verbigracia, los tertulianos de radio o televisión. Lo más cercano al amarillismo en España, que yo recuerde a bote pronto, se limita al semanario El Caso y al vespertino Pueblo, ambos durante los años cincuenta y sesenta.

Salvo El Caso, que debió ser un buen negocio en una época, al menos para su editor que era un pirata que aún sobrevive a sus propias mentiras, no creo que casi nadie se acuerde de aquellos periódicos “de masas” fracasados. Pueblo tuvo éxito, al menos en los años sesenta, porque disparaba con pólvora de rey; tenía a los sindicatos verticales y al régimen que enjuagaban sus déficits. Lo intentó Sebastián Auger en Barcelona, pero acabó muy mal.

¿Por qué la prensa amarilla no cuajó en España? Quizá porque exige algo que la gente, que en este país  sería compradora ideal de “un tabloide”, no está dispuesta a hacer todos los días. Lo puede hacer de vez en cuando, pero no por costumbre. Leer. Hasta el periódico más basura del mundo, el más amarillo entre los amarillos, el que lleva titulares en rojo y una sola palabra en la portada, hasta ese exige leer la continuación en páginas interiores. Cuando los dispendiosos promotores de Claro, el mayor proyecto entre los que conozco de prensa amarilla en España, tomaron como ejemplo el Bild alemán, había algo que puede parecer chocante y hasta ofensivo, y es que incluso el Bild germano exige ser leído. Hay un esfuerzo, por mínimo que sea, para una actividad del todo insólita: leer frases completas que, por muy simples que sean, constan de sujeto y complemento, y en el caso alemán con subordinadas hasta que llegas al verbo. Fracasó. ¡Y cómo no iba a fracasar entre nosotros!

Algo que lleve letra impresa es difícil que sea de masas en este país. Incluso los semanarios más leídos, tipo Hola, lo son porque se componen de fotografías, y los textos se limitan a ilustrar las imágenes. Por eso triunfó la radio en su momento y por eso ahora arrasa la televisión. No exige ni el más mínimo esfuerzo; hasta el mando funciona con un dedo y sin moverse del sitio. En otras palabras, que la prensa amarilla plantea algunos interrogantes que no pueden despacharse con frases hechas, y uno de ellos, fundamental, es el de la opinión pública. ¿Hasta dónde llega la credulidad de la ciudadanía? ¿Dónde está el límite de las tragaderas de un lector? Permítanme el sarcasmo: mientras estén acostumbrados a leer, no hay nada perdido definitivamente.

¿Se puede manipular a la opinión pública de la misma manera, es decir, con la misma facilidad, desde una prensa amarilla que a través de una cadena televisiva? Yo creo que no, porque el impacto de la pantalla es muy superior y apenas si hay elementos de distanciamiento -valga la pedantería brechtiana- entre lo que se ve y el encandilamiento que produce. Nosotros no tenemos ningún problema de prensa basura de masas, sí de televisión basura, y aquí es donde entramos en el meollo del asunto. Si existe una prueba contundente de la fragilidad, por no decir inexistencia, de opinión pública en España es la imposibilidad de abordar la televisión basura y las falsedades manifiestas en las informaciones.

¿Cómo se aborda la frustración? Divirtiendo a la gente, y cada uno se divierte según su nivel mental, cultural o biológico; en esto sí que las clases en España están muy mezcladas. Basta comprobarlo en el fútbol. Han surgido como setas los ideólogos de la unidad de intereses entre aficionados de un mismo club. ¿Quién se lo iba a decir a Gonzalo Fernández de la Mora y su crepúsculo de las ideologías, que le iban a montar chiringuitos teóricos en base a once tipos que hacen virguerías con un balón?

Detengámonos en la historia del insólito cierre del dominical News of the World. Un grupo de delincuentes periodísticos sin escrúpulos llevan al menos diez años comprando y vendiendo basura. Basura de “alto standing” para todos los públicos, pero sobre todo manipulando a la opinión no sólo conforme a sus intereses periodísticos -vender más diarios- sino a sus intereses de oligopolio mediático. El grupo Murdoch en Inglaterra es impensable sin la victoria de Margaret Thatcher y John Mayor. Tony Blair tuvo que pagar a Murdoch un suculento peaje para que colaborara en su victoria y hasta le consultó la invasión de Iraq, que fue jaleada por el grupo de tal modo que hay quien asegura, sin pizca de ironía, que el propio Murdoch formaba parte del Gobierno. (Por cierto, ¿no colocó el tal Murdoch a nuestro Aznar cuando dejó la presidencia?). Todo, en fin, dentro del comportamiento mafioso, que ahora se denomina juego de intereses.

Pero hubo elementos que lograron desencadenar una reacción social sin precedentes, porque no hay precedentes de que un magnate de los medios cierre un semanario que vende casi tres millones de ejemplares. Porque no lo cierra ante la amenaza de que se le vaya la publicidad; no digan tonterías, si eres capaz de vender dos millones ochocientos mil periódicos todas las semanas,  bajas las tarifas y hay hostias para colocar anuncios. El mercado es implacable. Y estaba The Guardian, que llevaba años denunciando el periodismo sin escrúpulos y las escuchas ilegales.

Lo nuevo fue el giro de la opinión pública a partir de alguien, como The Guardian, que se cansó de demostrar que los Murdoch habían traspasando los límites de la legalidad en la mayor de las impunidades, y todo se vino abajo. El laborista Tom Watson, una de las víctimas favoritas de los medios de comunicación británicos de Murdoch, lo expresó de manera contundente: “La repulsa de la ciudadanía es la que ha logrado el cierre del dominical. Una victoria para la gente decente”.

Una pregunta periodística obvia por más que sea embarazosa. ¿Podríamos en España tener una reacción semejante de la opinión pública? Se puede optar por varias respuestas, lo cual confirma que lo jodido no está en hacerse preguntas sino en tratar de responderlas. Primera, entre nosotros no se da ningún caso de medios de comunicación basura, ni en prensa ni en radio ni en televisión. Segunda, si llegara a ocurrir, nuestros probados tribunales pondrían coto a tales desmanes. Tercera, la competencia empresarial en los medios hace imposible que alguien se extralimite. Cuarta, los códigos deontológicos de nuestras asociaciones de periodistas harían saltar las alarmas a la primera irregularidad. Y aún podría encontrar una quinta, referida al rigor con el que se asientan los pagos, estrictamente legales, de quienes aparecen en los medios. Y hasta una sexta y definitiva: nuestra carne es cojonuda, y siempre lo será.

Gregorio Morán es un columnista habitual en el diario barcelonés La Vanguardia. Veterano resistente y luchador político en el clandestino Partido Comunista de España bajo el franquismo, Morán  es un periodista de investigación que ha escrito, entre otros, libros imprescindibles para entender el proceso que llevó en España de la dictadura franquista a la monarquía parlamentaria actual.
La Vanguardia, 17 julio 2011

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