Carta a todas y todos los facundos

Gerson Ortiz

Facundo: Vos estás muerto, lo reconozco, y yo no tengo costumbre de hablar con los muertos, pero vos sabés que cuando digo tu nombre no me refiero a vos solo y con exclusividad. Quizá pueda, como vos, hablarle a otros y otras por medio tuyo como vos me hablaste a mi sin jamás mencionar mi nombre. Esa es la razón de mi escrito.

No puedo negarte que sentí (y siento todavía) un dolor infinito al verte allí tiradito y por primera vez inmóvil. No puedo negarte que lloré tu muerte como lloré la de mi padre y como sólo he aprendido a llorar cuando amo. Sí, Facundo, yo te lloré tanto a vos porque vos ya no eras un hombre, vos ya eras la transmutación más pura del arte, que es aquella que va de la idea a las palabras y de estas a los hechos: “Ama hasta convertirte en lo amado, es más, hasta convertirte en el amor”, dijiste.

Te conocía a los 14 años. Tu voz se oía ya cansada, sin embargo, con el tiempo fui aprendiendo que no eras vos el viejo, en realidad era yo el que lo oía todo mal y vos no te libraste de eso. Ahora pienso que soy menos sordo que entonces.

Facundo, yo no creo en eso que la gente suele usar muchas veces para justificar su mediocridad y que llaman “destino”: ¿cómo podría creer que tu destino era venir aquí a que te mataran los negociantes de la maldad de los que tanto hablaste? ¿Cómo?

Mirá Facundo, esto del destino te lo comento porque la gente anda hablando cosas (así es mi país) como, que todo pudo evitarse porque el plan era que vos viajaras en otro vehículo, pero vos no quisiste, vos dijiste: “yo viajo con vos porque soy igual a vos”. Y ante eso, cuentan, que te dijeron que viajaras en la parte trasera del carro (donde iba el otro tipo que sobrevivió) porque era peligroso, pero vos dijiste: “no, pará, que yo viajo adelante porque me encanta ir viéndolo todo, siempre hago esto, no seas pelotudo…”.

“Es tan corto nuestro paso por este planeta que es una pésima idea no gozar cada paso y cada instante, con el favor de una mente que no tiene limites y un corazón que puede amar mucho más de lo que suponemos”, dijiste. ¿Decime Facundo, qué o quién, puede contra un hombre libre?

Ojalá pudieras verte ahí, igualado a cientos de hombres y mujeres que como vos el sábado, caminaban en medio de una guerra estúpida que nadie es capaz de parar. Vos que sos tan querido por la mitad y media del mundo terminaste tus pasos justo ahí donde los terminan “los nadie”. Te igualaste a los choferes, madres, estudiantes y campesinos de mi país que mueren en la absoluta inocencia de su existencia. Moriste justo así como mueren decenas de niños y niñas de hambre porque el Estado no quiere hacer nada para impedirlo.

Y bien, Facundo, me marcho. No te digo adiós ni hasta pronto. Me sigue doliendo tu asesinato, pero te confieso esto último: no me da vergüenza ser guatemalteco ni me da vergüenza ser humano, me da rabia, eso sí, pero me indigno y por eso escribo esta breve memoria.

Cuando escribiste una de tus más famosas canciones, a mi país se lo comía la guerra interna. Cuando vos regresaste a tu país del exilio, yo nací. Cuando la UNESCO te nombró mensajero de la paz, la guerra terminaba oficialmente, pero sin voluntad política para desarticular las estructuras que te quitaron la vida y se la han quitado, desde entonces, a más de 1 millón de personas, es decir que la paz nunca se asomó aquí y sin embargo, vos quisiste venir a hablar de ella.

Desde tiempo atrás me aludieron tus palabras: ?”La sociedad humana está tan mal por las fechorías de los malos, como por el silencio cómplice de los buenos”. Gracias Facundo por recordarnos, incluso con tu cobarde y condenable muerte, que es imprescindible e inexorablemente fundamental ir cada día tras la utopía de un mundo mejor. Te veré en la próxima canción hermano, un abrazo.

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