Facundo Cabral y el precio del anacronismo

Foto de FelixElGato AC.

Rafael Cuevas Molina/Presidente AUNA-Costa Rica
Facundo Cabral, el cantautor argentino con cuyas canciones creció toda una generación de latinoamericanos, es asesinado en las calles de la ciudad de Guatemala en la madrugada del día de la independencia de su país.
Es una noticia conmovedora, indignante, vergonzosa para todos los guatemaltecos. Es, sin embargo, la cruda realidad cotidiana de un país en el que este tipo de hechos se vienen sucediendo desde hace más de 50 años. La memoria corta de muchos les hace pensar que esta vorágine de sangre se origina apenas con la presencia del narcotráfico y las maras, de relativa reciente data, pero no es así.
Guardo aún en mi memoria las imágenes de los profesores universitarios asesinados en la década de 1970, baleados en las calles de la ciudad como hoy Facundo Cabral, caídos sobre el asiento del conductor en sus automóviles, acribillados por las bandas paramilitares de extrema derecha que identificaban como subversivo a todo aquel que tuviera un mínimo de pensamiento crítico. Con mi padre, entonces decano de la Facultad de Derecho y luego rector de la Universidad de San Carlos de Guatemala, vi el cadáver de Julio Camey Herrera la tarde del 26 de noviembre de 1971 que había sido asesinado por tres cobardes esbirros. A inicios de ese mismo año, el 13 de enero, acudí con él al velorio de quien, apenas una semana antes, nos había recibido en su casa rodeada de pinos en el sur de la capital, y que había sido cobardemente asesinado en su silla de ruedas en plena vía pública: Fito Migangos, de quien ahora se acuerdan poco cuando se menciona a aquellos que, asesinados o no, arriesgaron su vida por proponer una Guatemala distinta a la que sigue prevaleciendo hasta nuestros días. Apenas unos meses después del asesinato de Julio Camey, Poncho Bauer, a quien visitamos con mi padre en el hospital en donde se recuperaba de las heridas de otro atentado similar, y Rafa Piedra Santa Arandi, debieron partir al exilio porque conformaban una comisión universitaria que investigaba las onerosas concesiones que el Estado guatemalteco haría a la compañía transnacional Exmibal.
La lista de secuestros, asesinatos y vejaciones no solo contra los universitarios sino, en general, contra todos los guatemaltecos, se incrementó con el tiempo, llegando a alcanzar niveles paroxísticos inigualables en América Latina. Se trataba de una arremetida de los cavernarios grupos dominantes guatemaltecos que no podían tolerar la más mínima crítica a la obsoleta y semi-colonial sociedad guatemalteca.
Guatemala es un país en el que hasta la actualidad la mitad de su población sigue siendo analfabeta; en donde pensar en un salario mínimo que permita por lo menos comprar los alimentos básicos es una idea rara; en donde miles de personas deben emigrar hacia los Estados Unidos porque no consiguen trabajo; en donde el racismo sigue entronizado en el sentido común. Un país en donde miles de personas fueron incorporados a grupos paramilitares que se encarnizaron contra sus propios compatriotas empujados por el ejército; en donde el 98% de los delitos quedan en la impunidad; es decir, prácticamente todos.
Guatemala es un país en el que los grupos dominantes y el ejército han utilizado el aparato de Estado para asociarse mafiosamente y hacer dinero ilegítimo a raudales, organizándose paramilitarmente para pelear contra sus contrincantes mafiosos o para reprimir las protestas de la sociedad.
En un país así, el narcotráfico y sus derivaciones violentas no se “importa”, como muchos sostienen, sino que florece naturalmente en tierra fértil. Y no solamente la violencia del narcotráfico o el de las bandas juveniles, sino todas las formas de la violencia, las más irracionales, las más salvajes, las más incomprensibles, como esta que se lleva entre las patas a Facundo Cabral.
Guatemala está pagando el precio de no haberse podido desembarazar del dominio anacrónico de grupos sociales que se quedaron anclados en tiempos coloniales. No se trata de este o aquel presidente, o de este o aquel gobierno sino de taras estructurales mantenidas por gente que no es del siglo XXI y que, para mantenerse en el poder y seguir lucrando con él, son capaces de todo.
Cortos de vista los que creen que una administración gubernamental, un general con aires mesiánicos que promete mano dura, o una señora que pone parches caritativos a los más pobres cambiarán la situación. Equivocados de cabo a rabo los que echan la culpa de la violencia a las narconovelas colombianas. Fuera de contexto los que creen que la culpa es de los jóvenes porque “no se comprometen” o de los viejos porque se quedaron “anclados” en los tiempos de la guerra. Todos esos son factores pero colaterales, subsidiarios, perentorios. Lo central es la estructura arcaica y su mentalidad derivada, una mentalidad de finqueros gamonales perdonavidas, machistamente obsoleta, vergonzosa en cualquier lugar regularmente civilizado.

Guatemala está pagando el precio de su anacronismo y Facundo Cabral es una más de sus víctimas.

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