Resistencia

Nada me parece más triste.

Nacemos libres y desnudos. De ahí en adelante todo es un proceso en el que vamos perdiendo libertades y acumulando objetos. Nos llenan de etiquetas.  Nos visten de prejuicios, de buenas y malas costumbres. Nos dan una lista de pecados, un rosario de virtudes. Nos alimentan de dogmas, pretenden universalizar nuestros saberes y placeres. Nos enseñan nuestro rol en la pirámide social. Nos sitúan en un lugar en el mundo. Nos domestican, nos aburren.  Pocas personas logran mantener en el fondo de su ser, la chispa de rebeldía, la resistencia necesaria para moverse en la Tierra sin perder la cordura y la alegría.

Me encanta toparme con la inocencia maligna de un niño que no se reprime  al cuestionar a su entorno.  Me anima ver a una viejita inquieta moviéndose en la red o en la vida con más soltura que sus nietas. Detesto el sistema educativo represor y la sociedad que se esmera en robotizar o uniformar a todas las personas. La rebeldía natural de un ser humano suele ser mal vista, es rechazada, parece un problema para su adaptabilidad. Pero esa rebeldía es motor de la resistencia, y es la razón por la cual aún creo en la humanidad.

Nada me parece más triste que un rebaño de seres humanos domesticados, ellas todas planchadas, ellos todos trajeados. La diversidad es una chispa de energía limpia.  El asombro, la curiosidad, lo inusual nos vuelve más inteligentes, más humanos, más sensibles. Ser revolucionario o rebelde no tiene nada que ver con usar barbita o boina del Che o rechazar las reglas ortográficas.
Para mí, la creatividad, la sorpresa es una medicina contra la mediocridad de la vida cotidiana. No sé qué haría si no pudiera convertir la maldición gitana en una bendición, cambiar este miércoles por un sábado, convertir el lunes en domingo o viceversa.

Lucía Escobar / Lucha libre laluchalibre@gmail.com

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